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Canción de Navidad

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Los villancicos no son un juego de niños. En cada uno de ellos está la esencia de buena parte de nuestra cultura. Son la mejor expresión del sentimiento navideño que año tras año invade nuestras casas, une nuestros hogares y reconcilia al hombre moderno, cuando vive al margen de Dios, con la inspiración cristiana. Es inevitable encontrar el verdadero sentido de la Navidad, buscar lo que hay detrás de tantos brindis, abrazos y luces de colores dorados. Los villancicos, esas canciones populares que retratan cada escena del Belén, nos recuerdan la historia. Nos traen al presente el origen de todo. Para los diversos gustos, evidentemente, están los colores. Pero siempre me he sentido atraído por los villancicos que dejan al margen el jolgorrio y alegría desmedida y comparten el gozo de contar la buena nueva con la melancolía humana que invade muchos corazones en las fiestas navideñas. Cada 24 de diciembre la luz de la noche tiene otro color. Cuando anochece son muchos los hombres que se alegran y también muchos los ojos que se empañan. Las notas melancólicas de ‘Noche de paz’ reflejan el verdadero sentimiento navideño. Está triste la tierra, fría, oscura y nevada, pero está alegre el corazón del cristiano. De todas las tradiciones navideñas, cargadas de enorme simbolismo, hay una que resulta especialmente emotiva. Tal vez es una de las que peor está soportando el paso de la modernidad: las familias reunidas entonando villancicos al calor del hogar. No es un juego de niños, ni una escena de película antigua: es una de las más grandes expresiones de la tradición popular de siglos atrás. Y de todos los villancicos hay uno que siempre me ha emocionado desde la primera vez que lo escuché. José Luís Perales firma su autoría. Es probablemente una de las canciones navideñas modernas más bellas. Hablo de “Canción para la Navidad”: “Navidad es Navidad / toda la tierra se alegra / y se entristece la mar. / Marinero, ¿a dónde vas?, / deja tus redes y reza, / mira la estrella pasar.” En esta conocida canción se nos recuerda que estas fechas son un buen momento para tirar del freno y valorar lo que nos rodea. Refleja ese sentimiento que inexplicablemente invade el corazón del hombre estos días: la necesidad de hacer el bien. La atracción de hacer algo bueno por los demás y renunciar a nuestras prioridades para palpar las necesidades ajenas. Eso es también la Navidad y ése es el sentimiento que reflejan todas esas canciones que reviven el nacimiento del Niño Jesús. Como cada Navidad nos volverán locos. Nos cegarán con las luces comerciales, con las ilusiones en metálico y tratarán de reducir el sentimiento más religioso a la mayor frivolidad humana. Pero de la mano de todos esos villancicos de siempre sabremos sobrevolar el caldo consumista evitando pringarnos de ese “vacío de la vida cotidiana”, que decían los Stukas al hablar de otro asunto, pero que hoy me ha venido bien acercar a este artículo. Sólo reconociendo el verdadero sentido religioso o histórico de los festejos de estos días lograremos escapar del “vacío de la vida cotidiana”. Cada año tenemos una nueva oportunidad de ser mejores personas. Con la misma ilusión con la que el niño pega su nariz al cristal de un escaparate en la tarde de Reyes. En nuestra mano está hacer brillar más ojos. Como en cada villancico. Por Navidad.