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Canciones

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Morían unas vacaciones de los años 80. Media noche cerrada en la carretera. Lluvia intensa a la gallega con manto de niebla persistente. Operación regreso, tal vez. Tráfico denso en todos los sentidos posibles. La Autovía del Noroeste sólo existía en algunos sueños profundos. Coche familiar repleto. Adelantamiento con maniobra indecente del vehículo adelantado. Resbalón, cruce de dos carriles y salida de la carretera. Provincia de Lugo, creo. Una señal de tráfico salta por los aires. Saltos y más saltos campo a través. Por fin, un tronco atravesado providencialmente en el campo frena la irremediable caída por un denivel. Silencio absoluto en el interior del vehículo familiar. En el Sony, ajeno a las terribles circunstancias, suena “Jardín de Rosas”. Registrado y entendido. Esto es una “canción olvidable”. La vivencia de mi infancia relatada anteriormente muestra con nitidez esa situación con la que a veces nos encontramos. Ante un acontecimiento trágico —aunque en mi caso, tan sólo fuera un gran susto sin daños que lamentar-, una mala noticia, una despedida, una “mala racha”, las canciones que nos acompañan parecen agarrarse a nuestros corazones. Y la intensidad del dolor será directamente proporcional a la intensidad del recuerdo y vinculación de aquellas imágenes tristes con esas notas musicales. Científicamente probado, o casi. Hay gente que no es capaz de escuchar determinados discos. Personas que han atravesado vivencias difíciles acompañados de las que, quizá en aquel momento, eran sus canciones preferidas. Que pasado el tiempo y el dolor, son incapaces de volver a oírlas. Todas aquellas canciones que vinculamos a un ser querido que desaparece de nuestras vidas. Todas esas notas y letras musicales que nos trasladan en el tiempo a momentos especialmente buenos o malos. Todas, tras un determinado acontecimiento trágico, preferiremos cualquier cosa antes de volver a escucharlas. Si estás en esta situación, si cientos de los artistas que más te gustaban, ahora te reportan a los momentos más tristes de tu vida, puedes dormir tranquilo, porque tiene solución. Aunque sólo hay una. Mientras no podamos cambiar virtualmente nuestro pasado, la mejor forma de luchar contra estas limitaciones sentimentales involuntarias, es enfrentándose a ellas con la mayor violencia posible. Tal vez, este método sea psicológicamente una barbaridad, por eso en caso de enfermedad tal vez sea mejor acudir a un profesional, pero para todos los demás puedo asegurarles que funciona. Cuando fallece un amigo o cuando se rompe un noviazgo largo quedan decenas de discos y canciones que no nos traerán ya otra figura a la mente que la de la persona querida que falta. Por eso nos invade el miedo a cada acorde, pero la única forma de superarlo es ponerse precisamente a escuchar esas canciones una y otra vez. Hasta que nuestro complejo sistema sentimental detecte nuevas vinculaciones biográficas para esas canciones. Tal vez mejores, tal vez más actualizadas. Es cierto que hay veces que ni así se puede superar el dolor. Es cierto que a veces no compensará. Pero, ¡son tantas las buenas canciones que se pierden por motivos como los citados! Son las que he querido bautizar aquí como “canciones olvidables”. Si su colección de “canciones olvidables” es abundante, no deje pasar más tiempo y arrójese sin miedo a este batalla. Seguro que la vencerá. Y disculpen esta clase práctica improvisada, indocumentada y no solicitada, de solfeo sentimental.