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Tribuna libre

Carta abierta a Pilar Ruiz Albisu

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Quiero que sepa, Pilar, que somos muchos los que le agradecemos su entereza, su fortaleza moral, su ejemplo de dignidad

Estimada Señora: Permítame, en primer lugar, subrayar el encabezamiento de esta carta. La llamo Señora, porque lo es, de los pies a la cabeza. No tengo el honor de conocerla personalmente; sí a su hija Maite y teniendo en cuenta que “de tal palo, tal astilla”, ya sería suficiente para saber como es la madre. Pero es que además he seguido todas las cosas que ha dicho, de palabra o por escrito, desde que ETA asesinó a su hijo Joseba Pagazaurtundua en febrero del 2003, y he de decirle que tiene usted una talla humana y moral impresionante.   El otro día me emocionó y me llenó de pena y de dolor verla a las puertas del hotel donde se reunieron los dirigentes del PSE con los de Batasuna. Vi en su rostro, no el enfado, no la indignación, ante la inmoralidad que estaban cometiendo los actuales responsables de los socialistas vascos al reunirse con una formación política ilegalizada por formar parte de un entramado terrorista. No, lo que vi en su cara y percibí en sus palabras era algo más profundo; era el inmenso dolor y el desgarro interior de una madre a la que los terroristas de ETA le han arrebatado de su lado a su hijo y que al cabo de muy poco tiempo de eso, se encuentra con que los compañeros del partido en el que militaba Joseba y al que usted ha votado siempre se reúnen con el brazo político de esos terroristas que le asesinaron vilmente en Andoaín.   “Con mi hijo no se juega” dijo usted a las puertas del hotel, en un grito desgarrador que debería de remover las conciencias de quien desde el Gobierno y desde el PSOE están planificando y ejecutando tanta indignidad. También los llamó usted a los dirigentes del PSE y entiendo que al Presidente del Gobierno, “traidores” y “sinvergüenzas”. Y tiene usted razón, porque aunque me consta que en la lengua que mejor se expresa es el euskera, supo emplear perfectamente el castellano para definir las conductas de Zapatero, de Blanco, de López de Eguiguren, y de todos aquellos que están “mojados” hasta las cachas en este proceso de negociación con la banda terrorista.   Por cierto, debió usted de “acertar” plenamente con sus palabras, porque ya sabrá que una de las televisiones gubernamentales, en este caso TVE, no emitió sus palabras. Eso, lisa y llanamente, se llama censura y manipulación señor Moraleda, señora Cafarell, señor Llorente y demuestra que son ustedes de quinta división, porque lo que han hecho es intentar acallar la voz de una víctima del terrorismo. Y eso es, sencillamente, mezquino y miserable.   Asimismo me dio mucha pena Pilar que tuviera usted la impresión de que estaba muy sola a la puerta de ese hotel. “¿Dónde están las víctimas?”, cuentan las crónicas periodísticas que preguntó. Mire, quizás ese día en concreto y en ese lugar sí estuvo usted físicamente muy sola. Pero no tenga ninguna duda que somos muchos –como se ha demostrado fehacientemente este último año- que estamos al lado de ustedes, de las víctimas del terrorismo. Somos muchos los que queremos, en la medida de nuestras modestas posibilidades, acompañarlas, aliviarlas en su inmenso dolor, demostrarlas nuestra solidaridad y, sobre todo, apoyarlas moralmente en su triple reivindicación de “memoria, dignidad y justicia”.   Son tiempos muy duros Pilar y, sobre todo, lo son para ustedes, lo cual me parece tremendamente injusto, porque ¿además de perder a un hijo, como es su caso, por qué tiene usted y el resto de las víctimas del terrorismo que soportar y ver lo que estamos soportando y viendo que está haciendo este Gobierno con la banda terrorista ETA? ¿Por qué tanto desprecio? ¿Por qué tanta humillación?, señor Presidente del Gobierno hacia las personas que más han sufrido la lacra del terrorismo.   Quiero que sepa Pilar que somos muchos los que le agradecemos su entereza, su fortaleza moral, su ejemplo de dignidad. Personas como usted son las que hacen mantener viva la esperanza de que esta sociedad nuestra resista y reaccione ante tanto atropello. Y, por último, quiero también que sepa que no está sola en su dolor. Siéntase muy acompañada por muchas personas anónimas y desconocidas para usted, que el otro día nos conmovimos al verla en televisión. Y como creyente, cuente también con el consuelo y con la ayuda de mi modesta oración, por usted y por el eterno descanso del alma de su hijo Joseba.