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Carta a un nacionalista catalán

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El día que entiendas que los enemigos, según tú, de Cataluña son quienes mejor pueden defenderla, habrás dado un salto conceptual de varios siglos

A quien corresponda (desconozco tu nombre, y además así evito el «estimado»): Te escribo con una sensación de reflujo en el estómago. No creo que deba atribuirla a ningún rechazo visceral de tu ideología, en cuyo caso seríamos idénticos sólo que a la inversa; a mí me gusta rebatir con argumentos. Más bien la achaco al mareo intelectual -he acabado somatizándolo- que me produce viajar con estas líneas en el tiempo. Sí, en el tiempo. Porque a pesar de que somos contemporáneos, vivimos en épocas distintas.

Para que recibas esta carta, deberé enviarla certificada a un destino lejano que se sitúa más allá de todos estos años que llevamos conviviendo en democracia, más allá del franquismo, de la Segunda República, más allá del Noucentisme, del desarrollo industrial, más allá, incluso, de la Ilustración y la modernidad. No sé exactamente en qué arrabal de la Historia te quedaste a vivir con tus ideas, no conozco el código postal de tus principios, pero espero que te lleguen mis palabras. Al fin y al cabo, compartimos estancia en el presente, sólo eso, como podían compartirla en la novela de Mark Twain un yanqui y un súbdito de la corte del rey Arturo. En tu corte, el rey ha acabado llamándose José.

Precisamente al bufón de esa corte, que asumió la condición con orgullo en el título de sus memorias, y a una troupe de ciudadanos valientes, igual de catalanes que tú pero mucho más dignos e infinitamente más sensatos, les debes un agradecimiento que, en tu ceguera, nunca podrás reconocerles. Gracias a esos hombres y mujeres, y a los noventa mil vecinos tuyos que los han apoyado, en el resto de España hemos visto que no toda Cataluña está dispuesta a practicar -por acción o por omisión táctica- el fanatismo lingüístico, la renuncia a una de las dos identidades que conforman la región -o siento, no creo en nacionalidades ni naciones dentro de nuestras fronteras aparte de la española-, o el cínico y ya insufrible discurso del expolio.

Y gracias a esos compatriotas tuyos que se han rebelado contra la tela de araña, inconsistente pero sólida, de tu doctrina nacionalista, quizá notes que en el resto del «Estado» te miren de forma menos aviesa cuando que te oigan hablar en catalán, o que los beneficios de tu empresa descienden menos estas Navidades que las anteriores. El día que entiendas esta paradoja, que los enemigos, según tú, de Cataluña son quienes mejor pueden defenderla, habrás dado un salto conceptual de varios siglos adelante, y encima te va a resultar mucho más fácil hacer nuevos amigos. ¿No crees que compensa, por el bien de todos, que cambies de chaqueta?

Hasta entonces, desatentamente…

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