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Tribuna libre

Cavaco en la sastrería

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Ser plusmarquista de los metros vallas es uno de los recuerdos de la juventud que se hacen carne útil en la madurez. Ahí está Cavaco Silva, crecientemente joven, gloriosamente delgado, recargado para los nuevos tiempos como una aparición cibernética. Las presidenciales portuguesas han seguido el planteamiento de una redención patriótica y la respuesta de Cavaco ha sido "un Portugal más grande". Cavaco tiene el perfil irreprochable, la sonrisa recién blanqueada y una rigidez que parece seriedad. De este modo, en la campaña electoral a nadie se le hubiera ocurrido omitir el tratamiento de "Professor Doutor". Hay en Portugal otra forma de la política; más académica, más fiel al libro de estilo que aconseja no quitarse el terno y la corbata ni en verano para que no accedan los descamisados al poder. Barroso es otro ejemplo, encargado allá en Bruselas de la geometría de los patrones de la Unión. A ninguno le falta el don de la diplomacia, la huella de solvencia, el arte de caer siempre de pie. A cambio, en Portugal puede llegar a primer ministro un pusilánime como Sócrates, quejoso de blandura, con espalda magra para levantar tanta crisis y un aire más semejante al del galerista posmoderno que al del patricio senador. Es el paso de la alpaca a la chaqueta de cuero. En cohabitación forzosa, Cavaco y Sócrates han de usar ahora la tijera experta del recorte en Portugal. Siempre cuesta recordar el nombre del primer ministro portugués -cargo muy volátil- pero Cavaco ha sido el más duradero y más feliz. En lo que respecta a la elección presidencial, se ha acudido a las glorias patrimoniales del país con la misma actitud de las familias que empeñan la plata y los muebles viejos porque vence una letra. Era una clase de políticos ya amortizados, exangües, llegados para salvar a la patria en lenta ruina. Hemos asistido a la resurrección de los muertos: con una autobiografía de por medio, Cavaco se encontraba retirado y Mário Soares -hombre de vientre expansivo- volvía al exilio en Lipp, dormitaba abrazado al Premio Carlomagno o intercambiaba heterodoxias con Carod en la sede de su fundación lisboeta. A su edad, según se ha comprobado, se interpreta con laxitud el sentido del ridículo. Por delante de Soares ha quedado Manuel Alegre, poeta patriótico, progre con sustancia y socialista sentimental con todos sus peligros. Tipos como él gozan de la atribución de integridad tan sólo porque buscan lo imposible. En realidad, fue Cavaco quien incrementó la función pública en un país de funcionarios y corredores de seguros. En las páginas del Expresso, los veterocomunistas portugueses han dicho que “acabamos de elegir a un mudo para la Presidencia”. Inhábil para la retórica, por suerte Cavaco es poco capaz para la demagogia. Esto lo saben quienes le han votado por no rezarle a San Judas Tadeo la novena. Cavaco es recordado por su “déjenme trabajar” y por aquel ostentoso derrape de arrogancia que fue decir “yo nunca me confundo”. A partir de ahora, con la gravedad presidencial, ha de quedar decorativo en el momento de los himnos: no en vano, Cavaco se viste en los mejores sastres de Lisboa, ciudad de esplendores teatrales, de maquillaje y tramoya que poetizan la ruina. Él y José Sócrates van a necesitar mucha sastrería entendida como arte del apaño.

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