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Caza al musulmán

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Me impresiona la figura de Oriana Fallaci, una italiana bronca y sanguínea, residente en los Estados Unidos, con un pasado muy agitado y trágicamente enferma de cáncer. Este último dato, parece haber marcado su existencia.

 

Oriana rompió un silencio de décadas con motivo del 11-S. La célebre escritora italiana vive gran parte del año en Manhattan totalmente aislada. Pero el destino quiso que, el 11 de septiembre, el Apocalipsis se abriese a poca distancia de su casa. Desde ese momento, se desató una tormenta colosal. A Fallaci se le acaban los días y parece que no tiene nada que perder.

 

La ha tomado con los musulmanes. A juicio del que esto escribe, hasta más allá de lo que dicta la sensatez. Precisamente uno de sus libros con los que rompió su voluntario exilio vital (“La fuerza de la razón”) parece haber sobrepasado algún límite cuando un juez de primera instancia de Bérgamo (norte de Italia) acaba de considerar que contiene expresiones ofensivas contra esa religión.

 

El juez ha acogido la petición de Adel Smith, presidente de la Unión de Musulmanes de Italia, que el 8 de abril del pasado año presentó una querella contra Fallaci por algunas afirmaciones contra el Islam reflejadas en esa obra. Pero eso a la Fallaci no le importa. Declara que no se presentará al juicio porque, según ella, “éste es el típico caso en que se procesa a las víctimas y los asesinos siguen libres”. Los asesinos. Así, en general.

 

Mientras tanto, para buena parte de la prensa española este lunes ha pasado inadvertida una noticia que quedó “sepultada” bajo el “no” francés a la Constitución Europea y la victoria de Fernando Alonso en Alemania. Es el caso de Jawad Juoadar y Mohamed M., dos marroquíes que el domingo pasado se jugaron la vida en Cataluña por salvar a una familia que se ahogaba, a la vista de un puñado de transeúntes españoles que pasaban por el lugar de la tragedia.

 

La familia viajaba en un coche que circulaba por un camino junto al canal industrial de Manlleu. El vehículo se aproximó tanto al borde para dejar pasar a otro vehículo que circulaba en sentido contrario que metió dos de sus ruedas en el borde, se ladeó, se venció por su peso y cayó al canal que bajaba lleno de agua.

 

El accidente fue presenciado por varias personas que estaban paseando por allí, una zona habitual de ocio en esta época para los vecinos de Manlleu y para excursionistas, y que fueron las primeras en dar la voz de alarma. Pero quienes saltaron al agua fueron los dos magrebíes que habían dejado un partido de fútbol en una cancha cercana para interesarse por lo sucedido. Salvaron a un niño que estaba atrapado junto a dos mujeres y otro menor.

 

Oriana Fallaci se “juega la vida” cada día, pues menudo son los islamistas radicales. No voy a utilizar ni una línea de esta tribuna a defender a un Estado (así, en general) que no permite tener una Biblia en casa, ni siquiera a los cristianos o no musulmanes; a un gobierno (así, en general) que profana y quema los libros religiosos que las fuerzas de seguridad confiscan a la entrada del país o en las redadas que practican en ceremonias cristianas privadas.

 

Efectivamente, poseer una Biblia en Arabia Saudí puede ser motivo de pena de muerte, arresto o deportación; está prohibida la importación o exhibición de cruces o símbolos píos de otras religiones; y los programas de televisión que muestran clérigos, cruces o estrellas de David son censurados.

 

Pero tampoco voy a aplaudir a la Fallaci. Todo lo contrario. La “caza al musulmán” predicada en nuestros días desde algunos púlpitos, merece el mayor de mis rechazos. Lo sucedido este fin de semana en Manlleu demuestra que también entre los musulmanes hay quien se juega la vida pero en otro sentido bien distinto.

 

Y sobre todo: ¿con qué argumentos se queda la italiana para censurar a los intransigentes si ella misma se comporta como tal?

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