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Tribuna libre

Células madre embrionarias, ¿qué son?

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La pregunta es clara: ¿por qué ese empecinamiento en un camino destructor, engañoso, carísimo e inútil, sin ninguna razón científica que avale sus promesas?

A veces pienso que alguien engaña y sabe que engaña. Y a veces nos dejamos engañar. En las noticias que recoge la prensa sobre la ley de reproducción asistida, o de la biomedicina, nos encontramos con silencios y medias palabras. Leemos lo que nos dicen de las células madre. Escuchamos cantos, promesas, aplausos. Y en letra pequeña, casi como a escondidas, nos enteramos de que los cantos van dirigidos a unas células madre a las que apellidan “embrionarias”. ¿Sabemos qué son las células madre embrionarias? Me parecía que para opinar, aplaudir o criticar nos podrían venir bien unas pocas ideas.   Si digo que la inmensa mayoría de las células que forman nuestro organismo poseen un cargamento informativo duplicado tal vez sorprenda a algunos. Me explico. En el núcleo de una célula del cerebro, del corazón o de la piel podemos hacer visibles los “paquetitos de información” donde se guarda nuestro DNA. Son los cromosomas. Hasta 22 pares, y otro par más que en la mujer es el XX. En el hombre el XY. Tanto en el hombre como en la mujer, las células sexuales, espermatozoide y óvulo, se quedan con “información sencilla”, un cromosoma de cada uno de esos 22 pares, y también uno de cada pareja de cromosomas sexuales. En el óvulo de la mujer siempre un cromosoma X y en el espermatozoide que aporta el hombre, según el azar, un X o un Y. Cuando estas dos células se fusionan dentro de una membrana común pueden verse durante unas horas los núcleos de una y otra, los pronúcleos. El proceso de fecundación culmina con la formación de una célula nueva, hasta entonces inexistente, con “información duplicada”. Y uno de los pares de cromosomas será XX, y en otros casos XY. Ahí arranca el embrión.   A mí me gusta llamar a esa célula embrión unicelular. Una célula extraordinaria. Indeterminada y abierta. Una investigadora polaca afincada ahora en Inglaterra, Magdalena Zernicka-Goetz, nos ha dado una pista que a algunos ha sorprendido. La primera división celular da dos células desiguales. De una se formarán las cubiertas del embrión, y de la otra el embrión propiamente dicho. Un camino de divisiones cada vez más preciso consigue que se formen hasta las 210 variantes celulares presentes en nuestro organismo. Una maravilla. Cada célula en su sitio preciso. El desarrollo embrionario es una obra de arte. El embrión dista, y mucho, de lo que algunos, con juego de palabras, llaman “acúmulo impreciso de células”.   A los cuatro o cinco días del arranque, algunos desalmados rompen el embrión. En ese momento tiene forma de un pequeño balón y en su interior un grupo de células que llaman masa interna. La acción agresiva del investigador rompe las relaciones precisas de estas células, algo que mantenía su unidad dirigida. Y esas son las células madre embrionarias. La vida de un hombre o de una mujer se queda en el camino.   Algunos pretenden aprovechar la potencia de estas células para arreglar “desarreglos” en un organismo adulto. El resultado, hasta el momento, desolador. Se forman tumores que llaman teratomas, en los que encontramos células de la piel, pulmones, o corazón. Cuando en 1998 James Thompson, de la Universidad de Wisconsin, anunció que había conseguido aislar y multiplicar estas células, muchos vieron en ellas promesas para regenerar tejidos dañados, y también un fructífero negocio. Para muy poco van a servir las células madre embrionarias.   Afortunadamente hay otras células madre, las que están en los tejidos de un adulto, que persisten allí desde que era un embrión. Estas sí que mantienen viva la esperanza, y nos ofrecen ya realidades de curación en la medicina regenerativa. Y además, sin destruir vidas embrionarias para usar sus células como “material”.   La pregunta es clara: ¿por qué ese empecinamiento en un camino destructor, engañoso, carísimo e inútil, sin ninguna razón científica que avale sus promesas?