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Tribuna libre

Clinton y/o Trump encontrarán una América distinta a la que piensan cuando entren en la Casa Blanca

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Por supuesto, siempre ha habido incertidumbre sobre el resultado final en unas elecciones presidenciales norteamericanas.

Un artículo de...

Jorge  Díaz-Cardiel
Jorge Díaz-Cardiel

Socio Director General de Advice Strategic Consultants

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Es un país muy grande, con 323 millones de habitantes y una gran diversidad racial, amén de las diferencias entre el Norte y el Sur -heridas no cerradas de la Guerra Civil, 1861-1865-, además de la polarización ideológica entre progresistas y conservadores y el cada vez mayor abismo que separa a los ricos de los pobres. 

En 1960 (Nixon contra Kennedy) y 2000 (Gore versus Bush) los resultados fueron muy ajustados y el vencedor no pudo cantar victoria hasta tener una certeza total de haber conseguido la mayoría absoluta de delegados del Colegio electoral: el sistema electoral americano es indirecto. Los votantes registrados eligen a unos representantes que, a su vez, votan quién será el presidente. Cada estado tiene asignados un determinado número de delegados en función de su población: California, Texas y Nueva York tienen muchos delegados, versus otros estados con poca población. Parece obvio, pero el sistema se ha convertido en un problema porque, al fin y a la postre, la elección la deciden una docena de estados con muchos habitantes y delegados y el resto de la nación puede sentarse en el sillón a ver los resultados en la televisión.

Las elecciones de 2016 no son como las de 2004, 2008 y 2012, en que hubiera sido una sorpresa mayúscula que las encuestas -bastante fiables en Estados Unidos, muy poco sesgadas por lo general, por los medios de comunicación- no hubieran anticipado el resultado. En los últimos doce años, la sociedad americana ha cambiado por completo. Valores que se creían inamovibles, hoy se ponen en tela de juicio, como el famoso “American Dream”, reservado para los privilegiados, dicen los seguidores del senador socialista Bernie Sanders.

Las guerras de Iraq y Afganistán, con sus casi cuatro millones de soldados heridos en el cuerpo y en el alma, con depresión, angustia, pánico y ansiedad, afecta a millones de familias, cuyas vidas están sumidas en la tragedia. Cierto, se han creado -entre junio de 2009 y junio de 2016- 15 millones de empleos y la economía crece al 2,2% de media, lejos del 5% de la época de Bill Clinton. El poder adquisitivo de las familias solo creció en 2015 y aún no ha recuperado los niveles previos a la crisis (2007-2009). Aunque haya pleno empleo (5% de tasa de paro), los puestos de trabajo creados son precarios, temporales y mal pagados… Puedo seguir con datos negativos, pero baste decir, para cerrar este capítulo, que el 70% de los norteamericanos toman antidepresivos. Al menos tiene una cosa buena: por contraste con España, donde se mira como a un tipo raro a quien sufre de ansiedad, en Norteamérica el nivel de estrés es tan elevado, que se presupone que el vecino toma Xanax (calmante) como nosotros paracetamol. En realidad, también tengo noticias para los españoles: según el ministerio de Sanidad, el 70% de los españoles sufre de ansiedad, angustia, pánico o depresión. Lo que no dice el ministerio es si toman pastillas, supongo porque son caras y no quiere financiarlas…

Esta es la América que encuentran Trump yHillary Clinton. En los años setenta se vivió una depresión colectiva de la que, en mala hora, habló públicamente en televisión el presidente Carter, quien tampoco era precisamente la alegría de la huerta. Tuvo que llegar Ronald Reagan con su optimismo patológico para convencer de que “el sol sale de nuevo en América” o “en América vuelve a amanecer” y el tipo era actor y no hombre del tiempo. Pero acertó y les devolvió a los norteamericanos la autoestima. Clinton la atornilló con lo que puede hacer más feliz a un norteamericano: dinero en el bolsillo, empleo de calidad, buen sueldo, movilidad social…, sin la Unión Soviética, Estados Unidos era la única superpotencia mundial.

“Not anymore”. Chinos y rusos quieren un sitio en la mesa. Los emergentes, aun en recesión, desean ser tratados como iguales. El norteamericano tiembla, porque pensaba que era miembro del pueblo elegido, habitante de “la ciudad que brilla en la colina”, como solía denominar Reagan a Estados Unidos. Ha tenido que venir Trump, sin conocimientos de economía, ni historia, ni sociología, ni relaciones internacionales ni nada que no sean, por este orden “el ladrillo, los casinos, los campos de golf y las bancarrotas”, para poner orden. Quizá tenía que haber puesto en primer lugar las bancarrotas, porque el fulano ha vivido seis. Y cinco suspensiones de pagos. En Wall Street tiemblan, cuando oyen su nombre: “¡Qué viene Trump a pedir dinero: corred, escondeos!”.

Trump promete prosperidad, empleo, seguridad nacional, garantiza “to make America great again”, lema que los republicanos llevan utilizando desde que murió Reagan, culmen del poderío americano en la historia. Y muchos, fuera del sistema durante años, quieren creer en un hombre políticamente incorrecto que dice lo que le viene a la cabeza y que, coincidentemente, es lo mismo que ellos piensan: que los musulmanes son enemigos en tierra propia, que están hartos de atentados en suelo americano, que hay que acabar con ISIS radicalmente, devolver los empleos de la industria, manufactura y energía a los norteamericanos, en vez de subcontratarlos a los chinos y, por supuesto, echar a los hispanos ilegales e impedir que vengan nuevos latinos. El quién barra las calles, recoja la basura o prepare las habitaciones de los hoteles es una pregunta sin respuesta para el americano que, apoyando a Trump, vive en un tráiler, tiene un rifle y echa de menos a un hijo muerto en Iraq.

A pesar del partido republicano, de la oposición de sus líderes, del aparato y los intelectuales conservadores, Trump sigue en la carrera electoral y, tras los dos primeros debates, pisa los talones a Hillary Clinton en estimación de voto.

Es difícil saber qué piensa Hillary. Y mira que la conozco bien. Pero a los banqueros les dice que -ojo, a puerta cerrada y previo pago de medio millón de dólares por una hora de charla- está a su favor y del libre comercio, pero en los mítines electorales -especialmente con los jóvenes y seguidores de Sanders-, afirma lo contrario. El 70% de los norteamericanos considera que Clinton no es de fiar, es deshonesta y mentirosa. Y que diría cualquier cosa con tal de que la elijan presidenta, su sueño desde que era niña. Su electorado está muy bien dibujado: mujeres -Trump ha perdido al 53% del electorado, que es femenino y “lo va a tener difícil”-, negros, hispanos, asiáticos, judíos, musulmanes, la mitad de los católicos -aquellos que dan más importancia a las cuestiones sociales sobre las morales- y clase blanca trabajadora vinculada a los sindicatos.

En julio, Clinton ganaba a Trump por 20 puntos en estimación de voto. A mediados de octubre, le saca entre 2, 4 y 8 puntos, según la encuesta de que se trate. En teoría, Clinton debería ganar; pero ella representa las políticas del pasado, más allá de los escándalos de los emails, Bengasi (Libia) o la vida sexual de su marido, intensa donde las haya. Y el electorado americano no quiere “lo tradicional”, ni en la izquierda ni en la derecha. Si se descuida, Clinton podía haber perdido las primarias ante un viejo socialista, Bernie Sanders. Me han dicho que en la tumba de Reagan resonaban cabezazos. Y, de 19 líderes convencionales republicanos, la gente de la calle elige al único que no es político, Trump, que no para de decir improperios que gustan al personal.

He pasado los tres últimos meses en Estados Unidos. He hecho cientos de encuestas y recorrido 35 estados. En todos sitios he visto una cosa: encabronamiento (significa, enfado de tamaño mayúsculo) inconmensurable por parte de la gente de la calle. Con este dato en la cabeza, a ver quién es el guapo/a, que se atreve a anticipar el resultado de las elecciones americanas.

Jorge Díaz-Cardiel. Socio Director General de Advice Strategic Consultants. Economista, Sociólogo, Abogado, Historiador, Filósofo y Periodista. Ha sido Director General de Ipsos Public Affairs, Socio Director General de Brodeur Worldwide y de Porter Novelli International; director de ventas y marketing de Intel Corporation y Director de Relaciones con Inversores de Shandwick Consultants. Autor de más de 5.000 artículos de economía y relaciones internacionales, ha publicado más de media docena de libros, como La victoria de América, Éxito con o sin crisis y Recuperación Económica y Grandes Empresas, Obama y el liderazgo pragmático, La Reinvención de Obama, Contexto Económico, Empresarial y Social de la Pyme en España, entre otros. Es Premio Economía 1991 por las Cámaras de Comercio de España.


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