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Tribuna libre

La Conferencia de París atrae la atención mundial sobre el cambio climático

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Arranca la Conferencia de París sobre el futuro del clima justo cuando se cumple el aniversario del nombramiento de san Francisco de Asís como patrono de los ecólogos: lo hizo Juan Pablo II el 29 de noviembre de 1979 con la carta apostólica Inter Sanctos.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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No deja de ser coherente que otro obispo de Roma, que eligió aquel nombre para su pontificado, haya publicado la primera encíclica papal sobre el cuidado de la naturaleza, casa común de sus habitantes. Y ha recordado ese compromiso ético de los creyentes en diversos momentos de su actual y nada fácil viaje por Kenia, Uganda y República centroafricana. Al cabo, debe existir una nueva solidaridad del norte con el sur también en este campo.

Lo menciono por el gran espaldarazo que la encíclica Laudato si! ha supuesto para tantos líderes, dirigentes y ONG que llevan adelante una lucha firme en esta materia, decisiva para el futuro de la humanidad. La tarea es difícil porque, a pesar de tantas evidencias científicas, las políticas contemporáneas tienden a subordinar el largo plazo a las necesidades electorales más inmediatas. De hecho, la abundancia de reuniones y pactos internacionales de las últimas décadas no ha impedido un aumento de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero en un 45% desde 1990.

La conferencia de París se conoce como COP21, síntesis de las sucesivas sesiones entre las partes en calidad del Protocolo de Kioto vigente a partir de 2015, aunque aprobado años antes, que se celebran desde 1995. No resulta nada fácil llegar a un consenso cuando participan 195 países tan diversos entre sí. Pero la negociación multilateral tiene gran influencia en la opinión pública. Al menos una vez al año, todos los medios le dedican espacio y comentarios, y va calando la necesidad de soluciones. Estos días, además, tiene el morbo de las batallas contra los manifestantes ilegales, prohibidas las demostraciones públicas por razones de seguridad tras los brutales atentados de París. Y refleja siempre el deseo profundo de que los organismos mundiales contribuyan a la solución de los problemas globales del planeta, como si estuviera cercana la utopía del gobierno universal.

El nudo gordiano es la actitud de grandes potencias no dispuestas a renunciar a su soberanía. No aceptarán la obligatoriedad de lo aprobado en París, aunque recoja medidas anunciadas ya por los propios gobiernos. Lo seguirán entendiendo como consejos o principios que cada Estado aplicará según sus necesidades y criterios. Obviamente, sin capacidad coercitiva, no es propiamente jurídica una norma internacional. Y no se olvide que, por ejemplo, Estados Unidos no ha ratificado el protocolo de Kioto.

Sin embargo, las cuestiones ecológicas están cada vez más presentes en las decisiones políticas, así como en las grandes orientaciones empresariales, con independencia del tamaño de los Estados o de las compañías mercantiles. Ciertamente, los ineludibles informes de “impacto” pueden convertirse en mero requisito burocrático más. Pero los jueces podrán dictar sentencias duras al aplicar leyes penales cada vez más exigentes.

Por lo demás, se recuerda estos días que los avances del derecho internacional han sido siempre lentos. Basta pensar en que, a comienzos de este siglo, Suiza no era miembro de la ONU, o China no había sido admitida en la Organización Mundial del Comercio. Pekín se sigue resistiendo a cumplir exigencias comunes, pero ya desde dentro de la OMC y, por consiguiente, con la firmeza de requisitorias que no debería echar en saco roto.

Tampoco los problemas ecológicos se resuelven de un plumazo, dentro de una sociedad tan compleja. Afectan a sectores variados de la vida social y económica, no sólo a la energía, al transporte o la agricultura. Y las decisiones son tomadas por un número amplísimo de personas: políticos y funcionarios estatales, regionales y locales, así como empresarios y organizaciones sindicales. Se dan muchas interferencias, pero se producen también sinergias positivas, desde la política a la economía, y viceversa.

Sin duda, COP21 contribuirá a dar un nuevo empujón a proyectos y cambios ya en marcha en muchos países y sectores. Y, a falta de autoridades capaces de urgir coactivamente el cumplimiento de los acuerdos, aumentará la sensibilidad de los ciudadanos, con evidentes repercusiones en programas electorales o en simples decisiones de consumo. Sin olvidar nunca que, en el plano ético, está en juego la propia pervivencia de una humanidad solidaria. Tras el estupor del 13-N, París vive días de esperanza para lograr un gran pacto que sustituya en 2020 al Protocolo de Kioto.

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