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Tribuna libre

Confeti, lujuria, serpentina

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Está visto que hay algunos regentes empeñados en dar al ciudadano gato por liebre. ¿Por qué digo esto? Por ejemplo. Alberto Ruiz Gallardón nos acaba de “regalar” a todos los madrileños una decoración para varias calles de la capital con palabras —muy poco luminosas, aunque brillen- que, a su juicio, resultan evocadoras de la Navidad. “Confeti”, “lujuria”, “serpentina”, “polvorón”, “camello”. Ahí es nada. Todo esto me trae a la cabeza un pensamiento que, contemplando lo sucedido en nuestro país estos últimos meses, se ha ido imponiendo con cierta contundencia: nuestra democracia se encuentra aún en pañales. Quiero decir que se echa en falta cierta madurez, en primer lugar, en nuestra clase dirigente. Basta echar un vistazo al comportamiento de algunos políticos y empresarios a los que corresponde llevar las riendas de la nación para darse cuenta de que hay quien demuestra no estar a la altura de las circunstancias. Empezando por el uso del vocablo “dimitir”. Este es un verbo que en España sólo parece llamado a conjugarse cuando el afectado se encuentre en un callejón sin salida, cuando no exista más escapatoria que el tiro de gracia. Aquí sólo recoge sus cosas y se va por donde ha venido el que ha sido desarbolado por un rival de gran tenacidad, capaz de vencer todas las peripecias del que, al margen de los hechos y su propia conciencia, ha intentado evitar, como gato panza arriba, esa incómoda situación de situarse entre la espada y la pared. Esta actitud es sintomática de esa inmadurez a la que aludo, pues muestra bien a las claras la falta de hombría y responsabilidad de un puñado de conciudadanos llamados a dirigir nuestro futuro y que, lejos de una visión altruista de su misión, consideran que sólo calientan el sillón para mayor gloria personal. Sin querer caer en el error de la generalización sino considerando las revelaciones que van arrojando estas semanas un poco más de luz sobre la penumbra de los hechos, hay que decir que los dos principales partidos políticos de este país han dado, además, muestra más que sobrada de una mezquindad y una estrechez de miras sobrecogedoras. Ante el mayor atentado de la historia de nuestro país, tanto el Partido Popular como el Partido Socialista han intentado sacar rédito del drama y el dolor ajeno, quedando retratados en el empeño. Ojalá que en un futuro no muy lejano pueda saberse lo que unos y otros hicieron y deshicieron esos trágicos días. Nadie debe quedar impune del atropello, también como respuesta ejemplar para las nuevas generaciones. La ruindad no debe salirle gratis a nadie. El Gobierno de José María Aznar hizo comulgar a España con la rueda de molino de una guerra, en aquel momento sólo de dudosa legalidad, pero utilizando unas preocupantes maneras, autoritarias y personalistas, impropias de esa actitud madura y juiciosa que se espera de quien ostenta el poder. Además, quien vivió en primera línea el drama del pasado 11 de marzo y tenía responsabilidades directas en la investigación habla de medias verdades, intenciones torticeras y manipulación de datos por quien gobernaba. Por más que ahora se busque minimizar la propia responsabilidad al comprobar que el contrincante también jugó con las cartas marcadas intentando confundir. El actual Ejecutivo socialista tampoco se salva de la quema. José Luis Rodríguez Zapatero parece dispuesto a contentar a todos con tal de no perder altura, incluso alentando las majaderías del hijo díscolo que más merece un azote —quizá políticamente incorrecto pero realmente necesario para su educación- que un padre que le ría las gracias. Con tal de no perder altura, como decimos, buena parte de la izquierda está dispuesta a utilizar como arma arrojadiza cualquier instrumento punzante, sea la pancarta movilizadora, el SMS vindicativo, unos jueces afectos al régimen, los muertos del Yak 42 o el seguro de vida de un ex ministro. Todo parece valer. El boomerang de la realidad a veces termina colocando a cada uno en su sitio, pero no siempre. La clase empresarial española tampoco parece muy a la altura de las circunstancias. Fuera de nuestras fronteras ya se considera a determinados financieros de la piel de toro como a unos “nuevos ricos”, esos que tras la excelente gestión de un equipo han logrado llenar la alcancía pero utilizan los modos del que no ha acompañado su progreso del adecuado carácter. Y Alfonso Cortina deja paso en Repsol YPF a Antonio Brufau. Y Francisco González resiste, tras los muros del BBVA, el asedio de Del Rivero y Abelló. Y la clase política gobernante alimenta esos “ticks” caciquiles, más propios de épocas pasadas y a la altura de cualquier república bananera que se precie. Democracia inmadura entonces, que requiere —no es bueno pasarlo por alto- una ciudadanía también a la altura del envite. No en vano, gran parte de la clase dirigente no nace coronada: se alimenta de la base. Al menos, reconozcamos que hubo un tiempo en que perteneció a esa extraña clase que conforma el común de los mortales. Por tanto, se podría empezar por abajo, con los ciudadanos haciendo oír su voz y no tolerando más abusos y atropellos. Es fácil comenzar por uno mismo, cuidando las formas y el tono pero no permitiendo, con nuestra desidia y nuestro olvido, que los ultrajes queden a la altura del confeti, la lujuria o la serpentina: convertidos en palabras huecas y falsas.