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Tribuna libre

Constitución o zozobra

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Un esfuerzo tan magnánimo como la transición española hubiese merecido las notas sombrías y sublimes de un réquiem o al menos la íntima piedad de un buen responso. Asistimos más bien a una segunda fermentación del modelo de Estado que madura en bodegas parlamentarias a resguardo de la luz y que plantea las inquietudes de la irresponsabilidad y la inexperiencia cuando no directamente de la inquina histórica.

La reescritura de los Estatutos de Autonomía empeora la reforma en ruptura cuando el momento ante todo aconsejaba evitar el paroxismo, cambiar el maximalismo por la política, revivir el espíritu transaccional de una transición sustentada en acuerdos de voluntades y no en una conjunción fabulosa de los astros. Son las fuerzas más alienadas de aquel magno proceso quienes meditan el propósito o el fraude de modificar la Constitución por la puerta estrecha de los Estatutos.

Ante el grave caudal de la indiferencia parece una grosería insistir en que Madame se muere. Pese a todo, habrá que subrayar el capital moral de un Estado que ha cedido más competencias que ningún otro Estado alrededor, que ha igualado sin homogeneizar y ha nivelado sin oprimir, con la ley como único mito y el exiguo patriotismo del carné de identidad. La propia imperfección de nuestra Constitución ha forzado los consensos para encontrar viabilidad, y ahí tenía entrada la nobleza política de la lealtad y la cesión, la aplicación diaria de la responsabilidad para permitir gobiernos de distinto signo sin una zozobra trascendental de cambio de régimen.

Entre la libertad y la reacción, nuestro constitucionalismo histórico señala paulatinas aperturas e ilustra sobre la disfunción de elaborar textos fundamentales de sesgo partidista o no inclusivo. He aquí lecciones que se olvidan por el esfuerzo de considerar el pasado una ficción envejecida y eludir la objetividad de mucha vida en común. Contra el pesimismo hispánico puede aducirse todavía aquella trama sustanciosa de 1812 que tuvo en 1978 su final feliz. Ahí se resuelve un escenario donde quedan potencialidades por cumplir y donde también encuentran su sitio la patria y la leyenda, con el solo compromiso de considerar la identidad un síntoma de pluralidad y no una diferencia moral irrevocable, de inmediata sustantividad política.

La Constitución era el ecosistema habitable, diverso y uno, bien dotado para su defensa, cuyo símil más real y más risible era el jardín de aromáticas. Hoy queda como último valladar de solidaridad, con una dimensión simbólica de unidad de general conciencia; como la determinación de hacer un país normal sin la histeria del regeneracionismo. Cambiar esta realidad mejorable por un futuro impredecible puede llevar de la euforia a la peor incertidumbre.

Será necesario repetir que España tiene más recorrido y más hondura que la fórmula del patriotismo constitucional, por más que nos aguarden simpatías comparables a la de quien predica el esperanto, la tradición familiar o el ideal de la templanza. Tal vez el uso competencial ha favorecido una equiparación práctica de soberanías, y con ella la vuelta del espectro decimonónico del federalismo: de esa querencia habló Rodríguez Zapatero en el Debate sobre el estado de la Nación, cuando ya todo el mundo cabeceaba, como si coser y descoser le concediera un mejor asentamiento en su gobierno o como si pudiera inferirse un mandato tan ilimitado del último resultado electoral. Más razonable parece no considerar un resto sobrante los votos de la oposición, y exigir de los demás el mínimo del acatamiento.

Otros han de reinventar el iberismo por tensión disruptiva y no por voluntad de unión. Se trata, de nuevo, de un fantasma del diecinueve. Sería un gran efecto de prestidigitación que el PSC urgiera primeramente un aggiornamento del Estatuto para más tarde escenificar la mesura en vista del impulso montaraz del nacionalismo más directo. Todo se amarga con el pensamiento de que la reforma fue calculada para eternizar el victimismo ante una previsible victoria del PP: a la mêlée acudieron entonces las negras juventudes de Carod y una CiU crecientemente desesperada y residual. En Cataluña han sido tradicionales las críticas por elevación a la zarzuela, pero todo se ha convertido en un mal libreto para una mala música, en una intriga cómica con mucho pasilleo, lejana ya cualquier noción de ejemplaridad.

El Estatuto y sus kilómetros de enmiendas conforman una entidad verbosa, un soufflé insostenible de socialismo bondadoso, donde aún queda por incluir el derecho a una relajada micción al aire libre. Para su viabilidad habrá de preverse la importación de funcionarios desde Francia o –más eficazmente- el engranaje completo de un Estado. El artificio se consuma ante el hastío inevitable de la opinión pública y la evidencia de que con un Estatuto nuevo tendremos los mismos problemas viejos pero menos abstracciones a las que culpar. Pese a su mala gestación, se avecina el Estatuto como santo y seña de la política catalana por días sin término.

Habríamos necesitado evitar la inflamación estatutaria y no buscar un calmante tan tardío cuando amenaza la gangrena y se vuelve dañino lo que era innecesario. Una crisis de confianza es el tránsito más fácil hacia una crisis de pánico. Por contraste apreciamos ahora ese ejemplar de la Constitución que todos guardamos en un anaquel desamparado como un modelo practicable frente a la inestabilidad o la mejor enmienda contra la impiedad de cuartear las instituciones. Aún será más útil disponerse a su defensa que preparar el ánimo para la elegía.