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Credibilidad y confidenciales

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La credibilidad de los principales confidenciales de Internet es la misma que la de la prensa y los medios convencionales. Con una diferencia: la libertad respira mejor en Internet.

Un importante porcentaje de la audiencia de Internet no sabría distinguir un “confidencial” de una lechuga. Sin embargo son muchos los que se creen capacitados para juzgarlos desde la ignorancia. Es el resultado de la incansable campaña de intoxicación contra la prensa digital emprendida hace años por Cebrián y otros magnates del negocio periodístico tradicional, que no quieren perder ni un centímetro de su millonaria parcela. Opinan desde el desconocimiento más atrevido, desprestigian sin prestigio. La prensa rosa, la obscena prensa rosa española, se permite a menudo el lujo de incluir a los medios digitales en su lista negra de medios sin credibilidad. Pero lo cierto es que si los periodistas tradicionales son los principales consumidores de la información “confidencial” de Internet será por algo. Son ellos también los que más la aprovechan en beneficio propio. Pero son, aunque no lo crean, los que con más insistencia repiten la manida consigna de que “los confidenciales no tienen credibilidad”.

La credibilidad de los principales “confidenciales” de Internet es la misma que la de la prensa y los medios convencionales. Con una diferencia: la libertad respira mejor en Internet, desde la independencia que permite el medio virtual, que entre las comprometidas y estrechas paredes de los grandes grupos de comunicación. Dicho esto, conviene hacer una distinción que los ladradores oficiales de la prensa tradicional no suelen tener en cuenta: los “confidenciales” de Internet son un producto específico con unas características concretas, que poco tienen que ver con las de la prensa ordinaria. Escribo “ordinaria” en el sentido más cotidiano del término, que ya hay que matizarlo todo. Los “confidenciales” tratan de adelantar la noticia, juegan con ese riesgo, pero sobre una base informativa tangible, sobre una pista real. Un rumor fundado puede ser noticia en un “confidencial”. ¿Por qué no?

Viajemos a Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo PRISA. Un gran grupo empresarial, que tiene de todo –incluso en Internet- menos confidenciales. Cuando Cebrián habla de la prensa digital, sus palabras son deseos desordenados. Lo recuerdo con detalle y sarcasmo en el capítulo titulado “Contra la prensa digital” del libro “Un ministro en mi nevera”: Cebrián disfruta hablando de “la patraña de los confidenciales”. Dice que los “pone en marcha cualquiera” y que “no tienen credibilidad”. Lo cuenta a su manera habitual, como si sobre su cabeza reposara el inmutable don de la credibilidad. Pero la credibilidad no se gana insultando, ni desprestigiando al enemigo, sino acreditando hechos y respetando la verdad.

Me ocurrió hace algunas semanas en una conocida emisora de radio. Asistí a una entrevista sobre mi último libro, mencionado hace unas líneas. Era una tertulia amable, un ambiente culto y cordial. Departíamos sobre la clase política, sobre España y sus medios de comunicación, sobre el humor… De pronto, el título de un capítulo confundió a uno de los tertulianos, haciéndole creer equivocadamente que en el bloque “Contra la prensa digital” yo hacía un alegato contra los “confidenciales”. Entonces me comentó, esperando frotar la lamparita de mi complicidad, algo así como “todo el mundo sabe que los confidenciales no dicen más que mentiras”. Como pueden suponer, no encontró mi cooperación para corroborar semejante tópico carente de objetividad.

Hay más. Hace un par de noches tuvo lugar la abrupta irrupción de Melchor Miralles en “El Tirachinas”, en la que demostró que quedan muy lejos ya sus años de oro en el periodismo. En el transcurso de la batalla, el de Veo TV acusó al de la COPE de unas presuntas irregularidades que no vienen a cuento.  Cuando Miralles colgó el teléfono comenzó una tertulia en “El Tirachinas”. Uno de los tertulianos no tardó ni dos minutos en concluir que lo más triste de todo lo sucedido es que Miralles estuviera dando crédito “a una información publicada por un confidencial hace meses”. Y punto. Nadie le discutió su argumento, vacío de toda argumentación. Ni siquiera abrió la boca uno de los presentes, colaborador habitual de un conocido confidencial. De acuerdo, yo tampoco considero creíble la información a la que aludía Miralles. Pero una noticia concreta publicada en un medio concreto no justifica ese desprecio a todos los demás. Igual que una mentira en el As no podría llevarnos a descalificar a toda la prensa deportiva. Se me hace raro extraño escuchar estas sandeces contra los digitales en boca de buenos periodistas. Buenos, sí, pero empeñados en vivir en la Edad de Piedra y en hacer contra los medios digitales lo que nunca han soportado que se haga contra ellos.

Por suerte, muchos lectores de Internet saben distinguir perfectamente la basura de la información valiosa, exactamente igual que lo hacen cuando deciden escuchar una u otra emisora de radio o cambiar de periódico. Así que recordémosle al gremio periodístico, que se cree tan seguro en su redacción convencional, que donde hay más dudas razonables sobre credibilidad es en las titánicas y rígidas redacciones tradicionales en las que habitan. En esas redacciones arcaicas, plagadas de favores pendientes, de intereses personales, de coacciones en cadena, de amistades empresariales peligrosas y de compromisos inquebrantables que adquieren, con sus anunciantes y aliados, mucho antes de comprometerse con la verdad. Porque si hablamos de credibilidad y de bazofia informativa tendremos que hablar de la de todos.

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