Sábado 10/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Crispación y desconcierto

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Dos constantes en la sociedad española actual que se están convirtiendo en compañeras habituales de la vida ciudadana: crispación y desconcierto, irritación y perplejidad. Tenemos una sociedad crispada de la que saltan chispas demasiado a menudo y, al mismo tiempo, una ciudadanía que se mira a sí misma desconcertada y perpleja como si no se reconociera en la imagen que cada día le devuelven los medios de comunicación. Una sociedad que ve perpleja cómo el encargado de ayudar, apoyar, alentar y consolar a las víctimas del terrorismo brilla por su ausencia en un acto, el que sea, de esas mismas víctimas. Una ciudadanía que contempla con asombro la agresión cobarde de unos desalmados a un miembro del Gobierno, precisamente al ministro que más se distingue por la defensa a ultranza de los valores que enmarcan las actuaciones de las propias víctimas del terrorismo. Peces Barba, el flamante Alto Comisario, dice que sólo irá a las manifestaciones cuando haya muertos (?). Dios quiera que nunca veamos a Peces Barba en una manifestación pero, de una u otra forma, su ausencia hace un ruido clamoroso y es muy difícil de justificar. Las agresiones callejeras a personalidades de la política pasan ya de castaño oscuro. Desde la agresión a Fidalgo, a la que sufrieron en Barcelona Piqué y Rato, o las más o menos orquestadas contra Aznar y Trillo, se están haciendo costumbre en muchos de los "incontrolados" que pululan en toda concentración de más de mil personas. ¿Incontrolados? La agresión al Ministro de Defensa, José Bono, es, además de una canallada como todas las demás, una equivocación grave. Bono tiene, como todos, sus virtudes y sus defectos, pero entre estos no está el morderse la lengua cuando se trata de hablar de terrorismo o de defender a las víctimas y entre aquellas sí que están las de hablar claro sobre la realidad de España, de su unidad y de lo que supone el concepto de Patria. Posiblemente la sociedad española no esté enferma, pero sí hay una parte de nuestra sociedad que lo está y la convivencia diaria con un enfermo puede ser heroica y en muchos casos lo es, pero también puede crispar a quien está al lado del enfermo. Como siempre, los políticos de uno y otro lado se han apresurado a tirarse los trastos a la cabeza. Declaraciones que no contribuyen, precisamente, a clarificar la situación y sí arrojan gasolina en el incendio o en las brasas que puedan quedar. Nada de esto es fácil de asimilar por el hombre de la calle que se pregunta perplejo cuándo se va a normalizar la vida política.

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