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Tribuna libre

Cuba y la crisis mundial de los alimentos

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El engrosamiento de los precios de los alimentos ha significado para algunos países, como Cuba, una verdadera catástrofe agudizadora de la pobreza y el hambre.

Desde hace algún tiempo está presente un aumento constante de los precios de muchos alimentos, en especial cereales y oleaginosas, lo cual ha incidido, a su vez, en un impresionante encarecimiento de productos derivados como los lácteos, cárnicos, aceites comestibles, entre otros.     

Esta coyuntura ha beneficiado a muchos agricultores e incluso a países productores de alimentos que han visto elevarse sus exportaciones a niveles altos y con gran rentabilidad, es el caso de Brasil y Argentina, en una lista relativamente larga de agraciados.

Sin embargo, al mismo tiempo, este engrosamiento de los precios de los alimentos ha significado para segmentos poblacionales en partes del mundo y países en su conjunto, una verdadera catástrofe agudizadora de la pobreza y el hambre, con turbulencias sociales en algunos que podrían incrementarse si la comunidad internacional no toma medidas concretas de ayuda. Una situación derivada, por lo general, de malas políticas que, en tiempos de grandes progresos tecnológicos en materia agropecuaria, desatendieron la producción de alimentos, o inexplicablemente destruyeron los avances logrados por otras generaciones en esa actividad, como es el caso de Cuba que de país exportador neto de alimentos fue transformado en importador del 84,0% de sus racionadas necesidades.                

La actual crisis mundial de los alimentos es muy compleja. No solo por los elementos apuntados, sino también por la interacción de múltiples factores provenientes tanto de la demanda, como de la oferta.   

Desde el lado de la demanda está el notable incremento del consumo en populosas naciones, como China y la India- con el 40,0% de la población mundial-, al conjuro de prodigiosos crecimientos del PIB que han permitido la sustancial reducción de los niveles de pobreza. China en apenas 30 años de reformas se ha convertido en la segundo potencia económica del planeta si se calcula su PIB en Paridad de Poder Adquisitivo (PPA) de Estados Unidos, según el Fondo Monetario Internacional. Como consecuencia, si China en 1997 tenía un consumo per capita de 9.5 litros de leche, en 2007 fue de 32 litros, casi 4 veces más, y se prevé un 15,% de crecimiento anual en el futuro; proceso alentado por el aumento de los ingresos de la población y de la influencia de modelos de vida occidentales, según datos de la FAO.

Podrá imaginarse el volumen de piensos necesarios para alcanzar la demanda de productos lácteos y por consiguiente de oleaginosas, cereales y harinas de origen vegetal y animal, sólo para satisfacer este requerimiento alimentario, en una nación con más de 1,3 miles de millones de habitantes. La India, a tenor con el alza de su potencial económico, ha incrementado las importaciones de alimentos en tres veces en los últimos 10 años.           

La disminución de los niveles de pobreza también se evidencia en otros países asiáticos como Viet Nam, unidos a los avances logrados con anterioridad por Japón y los famosos “Tigres”. En América Latina pueden constatarse progresos importantes en la reducción de la miseria en países como Chile, Brasil y otros. En el subcontinente y el Caribe la pobreza ha declinado del 48,0% del total de los habitantes en los años 1990 al 37,0 % en la actualidad; un porcentaje inaceptable, al igual que en otras partes del mundo, pero que indica una tendencia al avance hacia un mundo sin hambre ni menesterosidad. 

La demanda también se ha ampliado con el uso de plantas oleaginosas y cereales en la producción de biocombustibles, con sensibles presiones al alza sobre las cotizaciones de los alimentos. Una situación que ha sido diferente con el empleo por Brasil de la caña de azúcar para la elaboración de etanol, sin efectos negativos en la producción azucarera y el precio del azúcar. Con la aparición de tecnologías de segunda generación basadas en el empleo de la celulosa existente en desperdicios de cosechas, como podría ser el bagazo y la cachaza del procesamiento de la caña de azúcar, y elementos de la biomasa de plantas más fáciles de cultivar, resulta probable una considerable disminución de los alimentos como fuentes para producir combustibles.     

Desde el punto de vista de la oferta tampoco han faltado factores impulsores del aumento de los precios de los alimentos. Entre éstos se encuentra un imparable encarecimiento de los combustibles fósiles con incidencia negativa sobre los costos de producción, transporte y distribución de los alimentos, así como los perjudiciales efectos de los cambios climáticos en la agricultura. A ello se añaden elementos financieros y comerciales, como la debilidad del dólar estadounidense y movimientos especulativos centrados en el alza de los precios de los alimentos.     

En este preocupante escenario resulta urgente la toma de decisiones por parte del gobierno cubano para enmendar radicalmente una política agraria que ha conducido a la nación a la absoluta dependencia del exterior en un asunto tan estratégico como son los alimentos. Ante una delicada y peligrosa situación, que todo indica se mantendrá y eventualmente podría complicarse más, ha llegado el momento de los hechos concretos. Hay que proceder a la liquidación del nefasto latifundio estatal que ha transformado los campos en inmensos marabuzales. Debe entregarse, sin mayor dilación, la tierra a quienes deseen cultivarla con plena libertad, en beneficio propio y de todo el país.   

Con consignas, lamentaciones y argumentos sin contenido será imposible resolver la problemática agrícola. Tampoco resulta racional continuar con la práctica de condenar a factores externos por problemas generados por errores internos. Los niños tienen dificultades para tomar leche y los cubanos en general no consumen carne por la absurda destrucción de la ganadería vacuna que llegó a tener más de 7,0 millones de cabezas y ahora no sobrepasa a los 3,8 millones, según las dudosas estadísticas oficiales. Hoy Cuba, la otrora azucarera mundial, increíblemente importa azúcar para enfrentar el racionado consumo. Una de las tradicionales instalaciones insignias de la industria procesadora de alimentos, La Conchita, fundada en los años 30 del siglo pasado y orgullo de la provincia de Pinar del Río, ha tenido que depender de la importación de miles de toneladas de tomate de China, coco de Sri Lanka y guayaba del Brasil para seguir funcionando; hechos que se repiten frecuentemente con las provisiones de alimentos demandadas por el turismo. Estos son ejemplos de una larga lista de daños ocasionadas a la agricultura. La tierra, su fundamental sustento, ha sido masivamente degradada por un manejo altamente inadecuado que ha ocasionado la reducción de la fertilidad de normes áreas a lo largo y ancho de la isla. Todo por la obstinada aplicación de un sistema disfuncional y bloqueador del enorme potencial productivo presente en la campiña cubana.           

La alternativas que Cuba enfrenta ante el creciente aumento de los precios de los alimentos son evidentes: proceder a la aplicación de una reforma radical de las relaciones productivas en la agricultura y a la liberación del potencial existente para aumentar la oferta de alimentos de procedencia interna y exportar los excedentes, o sufrir las consecuencias de una coyuntura internacional que no parece tener término cercano.