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Desagradecidos

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Un músico, un artista, puede ser un déspota, un chulo, un idiota, un ignorante, un borde convencido y hasta un traidor, pero nunca un desagradecido. Pierde su sentido el artista cuando no abre sus puertas a quien recibe su arte. Cuando no agradece los favores gratuitos. El favor del respetable, dicen. Decía que un artista puede ser todo eso, sencillamente porque muchas veces va dentro de su propia piel camaleónica. El artista juega con una especie de doble vida. Cerca y lejos del escenario: en muchos casos son dos personas diferentes. Como debe ser, pues así es su trabajo. Pero ni el más idiota de los rockeros del país, con toda la chulería que da sentido a su música, con ese desprecio punk a su público, debe caer en el divismo del desagradecido. Porque su figura, antes idílica, se torna ridícula y despreciable. Su rostro de rockero impecable, su chupa de cuero llena de chapas, se convierte en el pijama de un payaso de circo al que la masa sonríe, pero el individuo rechaza. He pensado en todo esto hoy a raíz de algunos comentarios que me han llegado en los últimos tiempos. Algunas de las personas que trato, que se dedican a la contratación de artistas para locales de diversas ciudades, me cuentan la enorme diferencia de tratar con éste o con aquél músico. Y es verdad. Cuando uno invierte su tiempo en la promoción de alguien valioso, da lástima comprobar cara a cara que su vida y su forma de ser están muy lejos de las maravillas de su obra. El mejor de los artistas se vuelve un pequeño payaso cuando no agradece los aplausos, cuando no trata como es debido a todas esas personas que desde la sombra hacen posible que él, una noche más, esté tocando frente a su público. Hay cientos de historias horribles de estos músicos que se crecen tanto que no son capaces de mirar alrededor sin toparse con el muro de sus hombros. Historias verdaderamente tristes. Que dan pena. Por suerte, también hay miles de anécdotas preciosas de artistas de una sola pieza. Hombres capaces de conservar la humildad a pesar de las ovaciones de miles de seguidores entregados, tras actuar en importantes estadios. Del artista admiraremos siempre su obra, pero individualmente sabremos valorarla aún mejor si se comporta como una buena persona al bajarse del escenario. Al menos, como alguien consciente de que el mérito no es sólo suyo. Ni mucho menos. Lo cantaba Enrique Urquijo en “Ojos de Gata”: “Pero cómo explicar, que me vuelvo vulgar, al bajarme de cada escenario”. Todos los artistas del mundo deberían saberlo. Aunque miles de personas sigan comprando sus discos y admirando sus canciones, en algún rincón del mundo, en alguna comisión de fiestas perdida o en alguna pequeña sala de conciertos oculta en la intensidad de una gira cualquiera, alguien seguirá recordando como tal al artista desagradecido. Cada uno de ellos verá lo que valora. En esta ocasión no estoy de acuerdo con Coti cuando canta que “los errores no se eligen, para bien o para mal”. Claro que se eligen: los artistas y músicos eligen esos errores. Y quizá, se pagan.