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Despidiéndose de Bush

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La potencia y el lastre de la América que se sabe imperio y que se quiere imperio benéfico es su debate genético entre libertad y responsabilidad.

El antiamericanismo siempre encontrará que el presidente norteamericano del día es el peor presidente de la historia pero ha sido tanto el odio a George W. Bush que casi hay que reivindicar para él la condición humana. Con demasiada frecuencia, se le ha tomado tan sólo por un autómata con botas tejanas, dispuesto lo mismo a romper las porcelanas del Elíseo que a pasarse vídeos con la muerte de niños palestinos. Que no falte un jacuzzi lleno de petróleo ni un billete de cien dólares para encenderse el puro. Como recordaba Revel, la noche del fascismo siempre se cierne sobre Estados Unidos pero sólo termina por tomar tierra en Europa o más allá.

El presidente Bush nunca ha sido un intelectual y no tenía el interés que Chirac, por ejemplo, tenía por las antigüedades japonesas. Bush no lee poesía ni viste chaquetas italianas. Le gusta salir al campo con sus perros, hacer jogging, seguramente hacer hamburguesas los domingos y ver la superbowl. Es posible que durante muchos años apenas distinguiera Uruguay de Paraguay. Curiosamente, la opinión pública está mucho más dispuesta a perdonar el cannabis de unos y el adulterio de otros que las horas de barra de aquel Bush joven que rehabilitó su alcoholismo entre los ánimos de su mujer y los del Evangelio. Quizá se metió a la política porque no valía para otra cosa pero eso le asimila a casi todos –buenos y malos- los políticos. Por lo demás, doctores tiene la CIA para saber dónde están Uruguay y Paraguay o para separar Irak de Irán.

Es una pena que Bush ya sólo esté en la liga de los zumos y las aguas minerales porque parecía lo suficientemente sano y simpático como para tomar con él una copa. De familia tan patricia, Bush nunca ha desmerecido de una cierta ‘gravitas’ aneja al cargo al tiempo que carecía de los envaramientos del sentido del ridículo, casi como si quisiera tomar el pelo a tantas intelectualidades arrogantes y antiimperialistas de ‘rive gauche’. Al menos en eso se parecía al imbatible Ronald Reagan. Por sus enemigos lo conoceréis: Rodríguez Zapatero, Fidel Castro, Hugo Chávez, Saddam, Ahmadineyad, Osama bin Laden, Le Monde Diplomatique. Lo más fácil, claro, era pensar que la Casa Blanca estaba dirigida por un vaquero muy grosero, tomada por unos cuantos millonarios sin piedad, en el afán de repartirse el mundo con contratas.

El 11-S varió el norte de una administración que quería ser al mismo tiempo conservadora y compasiva en política interior y aislacionista en política exterior. La urgencia era la reacción aunque la reacción acarrea errores tan graves cuanto grande es la responsabilidad. Esa es la potencia y el lastre de la América que se sabe imperio y que se quiere imperio benéfico, su debate genético entre libertad y responsabilidad. Seguramente Bush ha sido un mal presidente pero eso es distinto de ser un presidente indigno.

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