Miércoles 18/10/2017. Actualizado 17:43h

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Desvivir una ciudad

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Vivir en una ciudad es solamente habitarla: avecindarse en alguna de sus calles. Vivir una ciudad es conocerla: aventurarse por cada una de sus calles.

Vivir en una ciudad es solamente habitarla: avecindarse en alguna de sus calles. Vivir una ciudad es conocerla: aventurarse por cada una de sus calles. No siempre se dan ambas circunstancias. Desvivir –si se me permite el verbo– en una ciudad es sencillamente mudarse, coger los bártulos y plantarse en otro municipio. Desvivir una ciudad es ir extrañándola y, quizá por eso, mitificándola.

Durante casi una década, yo viví en Madrid y viví Madrid con una intensidad variable. Hace unos años que resido fuera y, aunque vuelvo con cierta frecuencia, recorro Madrid ya siempre con los pasos tasados del visitante que debe regresar. Ese regreso imperativo me enajena lo que una vez fue mi barrio, me hurta el disfrute moroso de los rincones preferidos, me arrebata la libertad del brujuleo. Sujeto a horarios de retorno, uno aprende que vivir una ciudad es enseñorearse no solo de su espacio, sino, acaso más, de su tiempo.

Esta conciencia aguda de estar desviviendo Madrid me ha asaltado después de revolver en el enorme y maravilloso cofre de alhajas audiovisuales que es el archivo de RTVE en Internet. Así he vuelto a ver, once años y medio después de su emisión, el programa que dentro de la serie Esta es mi tierra se dedicó a la capital. Paco Umbral iba festoneando, con su prosa y su presencia, las tomas de una ciudad que por entonces era la mía.

Salía Lhardy, y acaso por delante acababa de pasar yo aquella tarde. Sacaban AZCA, e igual el sábado anterior me había tomado una copa en Torre Europa, o acaso iba allí a tomármela el siguiente. Que el Retiro, pues mañana mismo me acerco a ver rebullirse los barbos en el estanque, puede que dijera para mí, que no me acuerdo. En fin, había una sincronía perfecta entre el encapsulado tiempo televisivo y un tiempo personal de posesión mansa, reconfortante, despreocupada, por entonces, de cuanto las imágenes mostraban.

La sincronía está ya rota sin remedio, aunque solo fuera porque el propio Umbral, transeúnte y narrador de aquel Madrid, quedó transfigurado por la muerte en espectro de archivo y biblioteca, poses y palabras eternamente repetidas, cuando en aquel fin de siglo al que llegó un siglo tarde, aún era posible verlo –uno lo vio– cruzar meditabundo la glorieta de Bilbao con una mano por dentro de la pechera del gabán, mientras con la otra sujetaba la correa de la literatura, a la que llevaba orgullosamente de paseo.  

Desvivir una ciudad –Madrid, cualquiera otra– es un conjunto de privaciones. La desvivimos cuando se va alguien que nos la contaba y, así, nos la ensanchaba. La desvivimos cuando, tras un tiempo de ausencia, se nos emborrona ese callejero antes tan nítido. La desvivimos al suplir con el recuerdo una ignorancia –y mejor así– de derribos, traspasos, recalificaciones. La desvivimos cuando al querer revivirla nos damos cuenta de que hay que hacerlo con prisa porque el tren sale a las diez. Es lo mismo con cualquier reviviscencia. Siempre hay un tren que sale presto de una estación nocturna, un tren que no espera y que no vuelve.

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