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Dichosos nuestros ojos que vieron Balmoral

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Dichosos nosotros, cuando en Madrid aún había más bares que parquímetros y era lícito aspirar a una felicidad cortés

Dichosos nuestros ojos que vieron Balmoral cuando en Madrid aún había más bares que parquímetros y era lícito aspirar a una felicidad cortés, liberal y relajada. La de sentarse -es un ejemplo- al mediodía y calmar la taquicardia con el escalofrío de un martini y un periódico de valor relativo ante el gozo del instante. Todo volvía entonces a un discurrir armónico y sin daño, con un ruido de hielo y coctelera y el solo nerviosismo de comerse el plato de aceitunas. La luz se iba dorando al través de los whiskys y los brandys, hasta una contextura de miel. Esa era una hora de prodigio en Balmoral. Después, de un solo salto, uno podía ir al Centro Riojano a almorzar -es otro ejemplo- caparrones con matanza, plato de sencilla contundencia. La copa previa en Balmoral daba a la digestión un punto de facilidad y de alegría. Luego había un sopor muy dulce en el paseo, con las tiendas que vuelven a abrir y la despreocupación de andar sin motivo mientras todo el mundo camina codiciosamente para algo. Fumábamos un puro, con la determinación de ser felices. La “sobria ebrietas” nos devolvía al trabajo poco a poco. Cuentan que lloraba el más joven de los camareros cuando lo común es que llore el cliente ante la santa paciencia de un buen barman, al mezclar la bebida y la moral, pasadas las ilusiones de la afabilidad alcohólica. En el móvil repicaron los mensajes -“Balmoral cierra, Balmoral ha cerrado”- con un sonido de gravedad fatal. Hasta entonces, todos se habían conducido elegantemente, con evitación y prudencia, porque Balmoral pertenecía al género de cosas que no cambian nunca, como el ritmo de las estaciones, los pasteles del domingo o la visita a esa tía abuela que nunca se termina de morir. Lo de menos era ver a poetas pijos o a periodistas de derechas, por lo general dipsómanos. Balmoral ha sido la mejor acepción de una ciudad donde siempre habrá alguien con el gesto magnífico de echarle unos hielos a su copa de Borgoña. Ahora ya pertenece a ese otro género de cosas tan perfectas que sólo pueden pervivir en el recuerdo. Han sido horas y horas, copas y copas en Balmoral, con el arrullo de la amistad y la conversación, en terreno placentero donde se habían mezclado la voluntad y la historia, la ginebra y un suspiro de vermú. Balmoral era un empeño humano tan conseguido como un orfeón o una orquesta sinfónica, con la perfección del concepto y —ante todo- las copas más sabias y cuidadas de Madrid. Nunca lo visitaron los futbolistas ni los bárbaros, ni se ha de organizar un botellón-protesta por el cierre. Pronto habrá un “parking” para todoterrenos deportivos donde hubo Balmoral, vetusta gloria de los bares y los barmen, con esas avutardas disecadas que guiñaban un ojo cuando alguien llegaba a los seis whiskys. Más veneno tienen las nostalgias.