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La proactividad aporta libertad para elegir nuestra actitud frente a las circunstancias, la diligencia añadirá el amor en esa actitud.

Asistía a un curso de Gestión del Cambio pagado por el hospital donde trabajaba. Duraba dos días. El primero la conductora de la dinámica grupal preguntó qué competencias preferíamos en nuestro equipo. Dije que la diligencia. Ella me miró como su fuera un marciano recién aterrizado procedente de Saturno en un Simca 100 bailando el Harlem Shake .

Me dijo que sonaba a antiguo, a catecismo de primera comunión represivo y que ahora se llamaba proactividad. Mostré mi desacuerdo. Que no son lo mismo y que no es un dilema: una u otra. Prefiero las dos: diligencia y proactividad.

Si Viktor Frankl, a quien se atribuye el término de proactividad, viera la "proactividad-productiva-procapital-probeneficio" en la que se profesa una alocada fe irracional, volvería a escribir "El hombre en busca de sentido" para intentar salvar a los nuevos alienados de la esclavitud de esta falsa "competencia".

Si alguna vez has ido a un bar, un hospital o has solicitado atención en un organismo público, seguramente ya sepas cómo prefieres ser tratado con proactividad, con diligencia o con las dos.

Defendí mi postura en el curso. La proactividad aporta libertad para elegir nuestra actitud frente a las circunstancias, la diligencia añadirá el amor en esa actitud. Lo que proponía Frankl sería una competencia que permite adelantarse con responsabilidad, sin anticipar por miedo. La diligencia facilita mantenerse en esa acción. La proactividad permite actuar con acción dirigida personal, no como reacción a algo que ha ocurrido. La diligencia enriquecerá esa acción con modos y maneras que cuenten de verdad con las personas. La primera permite ir hacia lo correcto con ingenio, activa el inicio de la acción. La diligencia lleva a lo bueno, con amor, respeto y cuidado de uno mismo y de los demás.

Si tienes algún amigo en consultoras agresivas podrás observar cómo algunos actúan con altísima "proactividad", que les permite avanzar rápidamente dejando cadáveres a su paso. No deseo esa actitud a nadie en su equipo de trabajo.

En una ocasión dirigí un equipo al que animaba siempre a que llegaran al más alto grado académico, el doctorado. Un día celebrábamos un cumpleaños de uno de ellos a la hora de la comida. Una psicóloga me escribió: "Carlos, si no tenemos sesión, voy a aprovechar para quedar con el director de tesis a la hora de la comida. ¿Qué te parece?".

Era un mensaje de proactividad, activo, hacia la producción, se adelantaba, buscaba el beneficio con iniciativa, se exigía con responsabilidad. Pero se olvidaba de las personas. Le animé a que con diligencia reajustara el plan e intentara hacer las dos cosas: disfrutar en el cumpleaños y tener la reunión. Así lo hizo. Con un equipo así, es una gozada.

La diligencia permite que lo que se lleva a cabo, ya sea proactivo o reactivo, se haga con plena conciencia de que lo que se hace, se hace con un motivo, con un interés, con un proyecto: el de amar la trama del proceso, amar el camino que se ande y amar a las personas con las que se actúe. Promoverá la lealtad, la constancia, la creatividad y lo bueno, más allá de la productividad medible. No sólo piensa en el "para qué", sino también en el "para quién".

El segundo día del curso la conductora de la dinámica del grupo comenzó hablando de la diligencia. Se ve era una mujer proactiva.

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