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Tribuna libre

Enamorarse de oídas – Poetas de otro tiempo – Sentimentalismo ayer y hoy

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De la locura de amor de los egregios amadores queda el caso ejemplar del trovador que se enamoró de oídas y terminó peregrino en una playa, muerto de suavidades y naufragios, con la dulce imaginación y el dulce nombre todavía en sus últimos alientos.

Nada tan grato como amar sin esperanza, según la vieja escuela del dolor, pero morir de amor demora mucho y es una maceración lenta de la que sólo son capaces espíritus inhabituales y selectos, propensos a la exageración de los poetas. En todo caso es un exceso de finura para la España poligonera, donde dos se conocen y enamoran al bailar el ‘baile del gorila’ y los billets d’amour de las novelas galantes dejan paso a la síncopa del sms que resume en la concisión de un ‘molas mazo’ lo que en esas mismas novelas –entonces atrevidas- se llamaba enardecimiento y pasión. Al novelista-entomólogo le llevaba quinientas o mil páginas explicar estos movimientos del alma hasta que Galdós acuñó una declaración precisa, emocionante y breve: “tú, mujer para mí”. Es en Misericordia y funcionó.   En los años de la amada-enemiga, los contactos oculares eran eléctricos o químicos y concedían castigo o galardón. Después llegaría la tórtola fiel que bebe viuda en la fuente fría, y el poeta Ausias March que, “lleixant a part l’estil dels trobadors”, les reprocha sobrepasar la verdad por acaloramiento. Aquel March de seriedades fúnebres estaría siempre con el alma carcomida en el debate de lujuria, amor y contrición. Tal vez tuvo demasiado tiempo libre pero por esos ocios tenemos sus poemas. Con mayor escepticismo, Céline opinaría que el amor es el infinito puesto al alcance de los caniches: he ahí una amargura degenerada y muy ajena a cualquier sábado-noche en Balzac o El Viejo León, donde el amor aún merece, con justicia, tanto crédito, entre velas de romanticismo muy pragmático –ese género de velas que quitan de la cara las arrugas y ponen en los ojos no sé qué destellos de ilusiones. Sería el escenario para Moonriver pero ya es una estética que claudica igual que vive su crepúsculo Julio Iglesias, crooner de las clases medias, carabina canora de tantos bailes en bodas de las que surgen otras bodas: al final, el mundo está poblado de Avalons y España de Penélopes, y Panamá de niños llamados Usnavy, como sus padres que tardan en volver. En la naturaleza, en fin,  está que los notarios sueñen a perpetuidad con odaliscas, que la cartera se enamore del portero, que se busquen –como quería Ovidio- los iguales para que el tiempo lleve a Dios a ligar la vida en una entraña y de algún modo se reproduzca ahí la intimidad sagrada, el reflejo trinitario, la cueva de Belén.   En tiempos más liberales, las serenatas de noche y las cuerdas al balcón tendrían en Machnún y Layla la equivalencia arábiga de Romeo y Julieta. En el XX español está Rosa Krüger, ideal samaritano y maternal, tan lejos del Pasternak estudiante que paseaba su estupor amoroso y solipsista por Marburgo: “yo te llevé conmigo, sabida de memoria, / repasándote por la ciudad mientras vagaba”. Son las acepciones del amor, contenidas todas en un libro: “Si quieres saber más que el demonio, / lee Sánchez: De Matrimonio”. Un Stendhal dado al fracaso y un Casanova dado al éxito también pueden dar lección de antiguo mundanismo.   El Leopardi más doliente y erudito se fijó en una modesta costurera de nombre Silvia y a Proust le parecía que Albertine era una mujer y a la vez muchas mujeres. Saba el triestino comparó a su mujer a “una blanca polluela”. López Velarde, exseminarista, ardió por Fuensanta (y otras tantas) en un ambiente de ciudad cerrada, novenarios de sábado y músicos kioscos. Es el poeta más expresivo de la lengua castellana, del todo fundamental para el requiebro: “te fuiste con mi rapto y con mi arrobo, / agitando las ánimas eternas / en los modismos de tus piernas”. Como González-Blanco, López Velarde fue una derivada gloriosa del modernismo que llevó a Samain a establecer genealogías de milagro a propósito de la existencia de las mujeres rubias y llevó a Darío a amar princesas ideales y mujeres imposibles –o al revés-, de párpados cárdenos, también rubias y tristes como su champaña allá en París, donde estaba tan en boga la clorosis como en seguida lo estaría la histeria. Aún se conservan postales de cándida ortografía de su mujer real, una abulense que ayudó a contrapesar los fatalismos del padre y maestro mágico, liróforo cirrótico.   Francés de la provincia, F. Jammes es el poeta de una Francia campesina, perdurable y católica, con alegrías sencillas de domingo de Ramos. No es de extrañar que sea poco leído, y sin embargo ahí está su catálogo de delicadezas y amores ya desleídos en el tiempo que pasó: “j’aime dans le temps Clara d’Ellebéuse, / l’écolière des anciens pensionnats…” En Jammes están esas “écolières d’alors / qui avaient des noms rococos”, notablemente “Clara d’Ellebéuse, Éléonore Derval, / Victoire d’Etremont, Laure de la Vallée, / Lia Fachereuse, Blanche de Percival, / Rose de Liméreuil et Sylvie Laboulaye”. Son nombres imaginarios y sabrosos, con el olor a viejo de los libros de devoción donde, quizá, una de esas muchachas dejó no por azar una violeta junto a la estampa de santa Margarita María de Alacoque. Las muchachas de Jammes vuelven del internado mejorando verano tras verano, poniendo zozobra y nueva sensación en los mozos del lugar. Son gozos de la edad del costumbrismo. En cuanto a cosmopolitismo, algún año después llegaría la Fermina Márquez de Larbaud para perfilar la estrella eterna de las adolescencias y los internados y el sorprendente amargor de tantas calabazas. Allí el estudiante enamorado pasa el pabellón de Colombia ante Fermina para ser un punto más grato a esos sus ojos. En Madrid 2006, es común en ciertos ámbitos que al preguntar dónde estudiaste todavía se refieran al colegio.   “Iremos por paseos retirados / en tardes de verano y de domingo: / diciéndonos en lánguida cadencia / las cosas que se dicen al oído”: este sentimentalismo arropado y en tono menor es el propio de Andrés González-Blanco, exseminarista también, poeta a la vez maldito y provinciano, en perpetua combustión amorosa por las niñas que cosen tras la ventana y al poco tiempo profesarán de monjas teresas o bernardas en un convento de la vieja ciudad episcopal. Son las mismas niñas que hoy vuelven, recién egresadas del Mater o del Sagrado Corazón, del Pureza de María o de Aldeafuente, como un bouquet de apostólicas liliáceas, con algo así como un perpetuo encanto que nos deja al dar dos besos el olor a chicle boomer, a masa de bizcocho y colonia Ralph Laurén. Y ahí está toda la ñoñez y todo el almíbar de ser levemente caprichosas y pedirlo todo porfi o incluso porfiplis, vírgenes prudentes de hábitat cada vez más reducido. Son la repetición de la “belle jeune fille” que se encontró Alain Fournier por las calles más significativas de París, a la vuelta de sus devociones de media tarde. Noche y día pasó en guardia Alain Fournier ante el portal, tan sólo con la falta del laúd de aquellos trovadores, hasta que años después la encontró madre y casada. Es ese el destino de tantas madrugadas del Tex-Mex, cuando todas se retiran porque mañana hay domingo familiar y en el aire flota suspendida la canción última de Paulina Rubio que de pronto canta con la voz piadosa de Beatriz. Muchachas de ayer y de hoy y amor casi maternal que mueve el sol y las demás estrellas y vence estas oscilaciones del otoño con pianos que se alejan y el vago sentimentalismo de otro tiempo.