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España

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Aunque el español es crítico por naturaleza, a veces un país se merece un aplauso, una visión real, pausada y alejada de los prejuicios nacionalistas que nos chupan la sangre.

He tenido que atravesar media España para acudir a Madrid a los conciertos de VII Aniversario de Popes80.com, que se celebran estos días. El viaje, siempre pesado y largo, se me ha hecho algo más incómodo por las inclemencias del tiempo, que por estas fechas no perdona nunca, haya o no haya cambio en el clima. Mientras yo entraba en la capital gastando asfalto, por el aire, el gorila rojo pasaba sobre La Zarzuela, apurando bien el vuelo rasante, para tratar de que, con la vibración, al rey se le caiga la corona en la taza del desayuno. No lo ha conseguido, pero la anécdota, no sé por qué razón, me ha servido para pensar en el lugar en donde vivimos y en lo que somos. Porque aunque el español es crítico por naturaleza –aunque más en la boca que en la cabeza-, a veces un país se merece un aplauso, una visión real, pausada y alejada de los prejuicios nacionalistas que nos chupan la sangre y atontan el pensamiento.

He contemplado España, así, desde su capital y he celebrado por dentro haber nacido aquí. Vivimos en uno de los lugares más cómodos del mundo para casi todo. Con un clima excelente, con una historia digna de un gran país, con cientos de rincones por donde perderse y disfrutar de la paz, de la tranquilidad, de la historia, de la naturaleza. Uno lo celebra con más ganas al asomarse al telediario y comprobar como en tantos sitios del mundo la vida es un suplicio: si no es el hambre es la guerra, y si no es la guerra, son los gorilas rojos. No te dejan en paz, no levantas cabeza. Y aquí, sin embargo, aún queda gente dispuesta a luchar por la libertad, por los derechos, por convertir el circo parlamentario en un verdadero estado democrático que pueda presumir de ello, y no avergonzarse de un pasado bastante más digno que el de muchos de nuestros vecinos europeos.

 

España, además, conserva, pese a quien pese, una honda conciencia moral y un profundo sentido histórico que nos vincula a aquellos valores tradicionales que no se deben perder. Pero al tiempo, no cierra la puerta a todas las nuevas oportunidades que llueven en nuestra economía, en nuestra sociedad. Estamos demasiado cansados de escuchar sus razones a los nacionalistas y separatistas, y olvidamos, quienes nos sentimos españoles, que no cometemos ningún agravio exponiendo también, con tranquilidad y satisfacción, las excelencias de la patria que nos da cobijo.

España, además -y es una de las cosas de las que estoy más orgulloso- cuenta con un legado artístico, y una actividad musical, presente y pasado, de un nivel envidiable. Un legado que, de haber sido bien gestionado a lo largo de los años, estaría mucho más expandido internacionalmente. Contamos con una amplitud de estilos musicales extraordinaria, porque somos una nación que nunca se ha cerrado tercamente a sus raíces, sino que ha celebrado también la evolución artística, la experimentación, la libertad del talento personal, el mestizaje como elemento enriquecedor de la cultura, y que no ha consentido por ello desprecios a la propia tradición.

Muchos de nuestros mayores lucharon o vivieron una guerra civil que está olvidada. Pese a quien pese. España ha hecho una transición a la democracia, se ha posicionado frecuentemente contra el terrorismo de toda clase y condición, y como país –con independencia de lo que puedan hacer en un momento dado los efímeros habitantes de La Moncloa- se ha situado cientos de veces del lado de quienes defienden la libertad, la democracia y en contra de los liberticidas y dictadores.

España, fuera de los despachos de los políticos y lejos de los zulos, es una nación unida. En el bar, en la calle, en el pueblo, allá donde no ha llegado la corrupción y la manipulación intelectual –que es quizá la gran cara oscura de esta gran moneda- de los que viven de sembrar la división, la gente quiere y desea seguir disfrutando de una España que reconoce, respeta y adora la diversidad cultural de sus regiones como elemento conformador de su esencia, y matiz enriquecedor de su figura.

Así que hoy, por un día, no quiero prender fuego a este país tan azotado a diario por políticos y columnistas, muchas veces con el único criterio de sus intereses personales. Hoy, prefiero pararme a contemplar España y sus cosas y disfrutar de cada uno de los rincones y de las victorias de esta gran nación.

España es, en resumen, un país estupendo para vivir. Lo único que le falta a España, o más bien a su Selección, es ganar un maldito Mundial, o una mísera Eurocopa. Pero eso ya es otra cuestión.