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Tribuna libre

De re rústica – Esplendor de Portugal – Epístola sobre los beneficios espirituales del Oporto

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Donde el autor se dedica a digredir amenamente sobre las dulzuras del campo y las aún mayores dulzuras del oporto, con el elevado tono clásico-moral que reclaman tales asuntos.

Querido amigo,

Te gustará saber que ahora soy el hombre feliz que escribe en una biblioteca junto a un patio, como más o menos quería Cicerón. A través del ventanal hay un sol de caramelo y un aleteo de tanto pardal que vuelve a su enramada. La hora es imprecisa pero -sin duda alguna- esto es la tarde: naranjos y limoneros que cuajan lentamente, palmeras del paraíso y un damero de encinas –sol y sombra- que se pierde hasta el río en suavidad de ondulación. Más allá, las luces de Portugal serán un temblor en medio de la noche y para entonces tendré la duda de si las estrellas están cerca o estas luces quedan lejos. Todo lleva, pues, a la paz del hombre culto que se retira ‘con muchos pero doctos libros juntos’, a seguir una vida según los prestigiosos preceptos de fray Luis. En realidad, tengo la excitación espiritual de un niño hiperactivo, con esa energía que por puro espejismo nos llevaría a escribir el Quijote en un par de horas o a conquistar México sin salir del gabinete. No es, no es desagradable estar aquí, sin cortados urgentes, sin el pocillo de ansiedad de las llamadas, sin el taxi que no llega, sin el olvido traidor del paraguas cuando llueve.

Me he acercado a la bodega y he comprobado que en el campo todo es más: el peso va por arrobas y el vino –gracias al Cielo- va por cajas. Espero a unos amigos y me he puesto a leer las simplezas que Simon Schama tiene que decir sobre Bernini. Después, he tomado una de las mejores decisiones que puede tomar un hombre en cualquier momento: me he acercado a servirme una copa de oporto. Entre las ventajas –todas espirituales- del oporto está el que es el único alcohol que permite leer o escribir al tiempo que se bebe, y ahora mismo pone un destello de colores sabios, bien mullidos, junto al azul tecnológico del ordenador. Por unos días, me predispongo a vivir la vida en pantalón de pana, como un gentleman farmer, en compañía de porqueros y pastores pero también con Horacio y con Virgilio y un infinito de Leopardi en cada cerro. Las bellotas ya han granado y -homo oeconomicus al fin- me alegra ver en cada una unos céntimos de euro, cuando un proceso de salado y resurrección convierta en jamón a un tosco suido. En cuanto al oporto, digamos que favorece el mayor agrado que puede conocer el hombre: un gozo entreverado de serenidad, con una punta alcohólica para darle vida. En el campo es fácil pasar de la paz al tedio y el oporto viene a ser algo así como el pienso del espíritu. En fin, el sol cae mansamente y los gatos acechan ya la inocencia sin pecado del gorrión. Como diría Julio Iglesias, la vida sigue igual. Verás que no hago más que frecuentar los clásicos.

Fui destetado con oporto y proclamar mi amor por el oporto es cuestión de tanta trascendencia personal como afirmar ‘soy toxicómano’ o ‘soy parricida’ o ‘soy cristiano’. Por supuesto, no te pido que me comprendas sino que me creas. He bebido mucho menos oporto del que debiera haber bebido, en tanto que el malestar contemporáneo guarda poco acuerdo con los ritmos potatorios de un buen vintage. Es muy de lamentar en el entendido de que el oporto no se bebe tanto por gozo sensual como por aprovechamiento moral: puede decirse de modo inequívoco que la ingesta comedida de oporto afina al hombre, y no me hago ninguna ilusión respecto a mi bondad –ninguna-, pero de no haber tomado oporto sería sin duda un tipo más intransigente y más cruel. A veces tiendo a pensar que el Dios del cielo ha reprimido su justificada ira contra el hombre al ver que el hombre – um bicho da terra tão pequeno!- era capaz de una obra tan bien hecha, cooperación perfecta de paciencia y providencia, siempre cambiante y siempre igual, bueno de joven y mejor de viejo, complejo sólo en la medida en que es amable. A estas alturas, Lisboa me parece cada vez más un lugar evitable y pestilente pero todavía siento una coz en pleno pecho al ver el polvo del tiempo posado en los viejos oportos –Burmester, Kopke, Fonseca Guimaraens- con algo entre el romanticismo y la novela gótica y las humedades de una Lisboa imaginada. Abrir una botella de oporto es someterse a verdades sorprendentes de orden cosmológico, con la gratitud humana de la historia. No en vano, no pocas de las bodegas llevan ahí desde antes de que Velázquez pintara las Meninas. A esto deben de referirse los portugas al hablar –en la exageración del himno- del esplendor de Portugal.

Por suerte, en Portugal se bebe poco oporto aunque se regala mucho, y por aquí no faltan esos solemnes amigos portugueses que regalan una botella que a su vez les regalaron. Es merced del cielo que casi siempre se equivoquen y de pronto aparezcan con una botella que –por pura cupiditas- me saca cada ojo de su órbita, de modo que el regalo se agradece con media docena de reverencias, ceremonial muy al gusto del tipo medio portugués, que es un señor harto ceremonioso, además de mostachudo. En una ocasión, nos regalaron un ‘vintage’ de mi año de nacimiento: por lo general, con los oportos viejos –y este, ay, empezaba a serlo- hay que tener el cuidado que uno tiene con un lactante pero no vi más solución que llevarlo a Madrid en una mochila. Al llegar, vi que la botella tenía un agujero y la mochila pija de Stone Island quedó inútil aunque con el mejor olor de las maderas nobles y un discurso emanativo de frutas concentradas. El oporto era de mi año y menos mal que no lo interpreté bajo el prisma de la superstición sino que, tout simplement, sacrifiqué diez gallos negros en una encrucijada para evitar el mal fario. En otra ocasión, llevé una botella de Churchill’s a una cena y se me cayó al salir del coche, perfumando así una calle entre siniestra y anodina del barrio de Ventas, ascendiendo al cielo en aromático sacrificio. En fin, o tengo las manos untadas en sebo o una propensión a joderla con el oporto venerable. En todo caso, nunca conviene abrir una botella de oporto agitándola como si uno acabara de ganar el Tour de Francia.

Tengo el paladar absolutamente malcriado y el oporto que ahora me hace compañía no es más que un tawny de diez años de la casa Taylor’s. De todos modos, la felicidad es un acorde de conformidad con el mundo y no deseo más gloria que esta gloria que hay, cortesía de los señores Taylor, Fladgate y Yeatman. Por lo general, estos tawnies me gustan con veinte años de madera y no con diez ni con cuarenta: con diez son unos babies y con cuarenta empiezan a tener un matiz cansado, acoñacado, sin ese empujón vital que tienen a los veinte años. Un problema grave del buen oporto es que –de alguna manera- las botellas parecen beberse solas.

La primera regla con el oporto es evitar el oporto blanco –salvo para algún cóctel perverso-, el oporto ruby y el oporto, en fin, que uno encuentra añejándose bajo los tubos fluorescentes de un Carrefour. Tratemos con santidad las cosas santas. El oporto más generalizado es el Late Bottled Vintage, que suele gustar una barbaridad a todo el mundo y que yo, en cambio, detesto –me causa un tedio inexplicable, me deja un sabor de decepción. El tawny pasa muchos años –de cuatro a cuarenta- en ‘pipas’ de madera y después se embotella. El ‘vintage’, que es la excelsitud del asunto, es un vino que procede de una sola añada que además es una añada excepcional. Al contrario que el tawny, el vintage no hace más que frotarse un poco en la madera y envejecer después durante décadas –cuando no durante siglos- en la botella de vidrio. Discúlpame si me explico mal pero siempre he sido partidario de que divulguen ellos.

Hoy existe la moda del infanticidio con el oporto vintage, cuando no la moda del aborto: beber muy jóvenes los vinos que debieran beberse muy ancianos. Incluso las bodegas elaboran así, según la impaciencia del gusto americano. Beber vintages prematuros está bien pero está mucho peor que beber vintages maduros, por la misma razón por la que una ciruela en sazón es más sabrosa que una ciruela verde, aunque sin duda es menos excitante. Hasta ahora, sin embargo, el oporto era reverente pero no excitante: oh tiempo, oh costumbres, por volver a Cicerón. También hay gente que postula beberlo con chocolate pero ni el oporto necesita chocolate ni el chocolate necesita oporto.  

Del oporto vintage sólo puede hablarse como de Cervantes o de Shakespeare, en términos absolutos. Eso fastidia cualquier digresión en tanto elimina el matiz y caemos en la credulidad y el entusiasmo. Pero he ahí que hay alguna breve cosa en el mundo capaz de vencer todo el desencanto previo y sobreponerse a las teorías del desengaño preventivo. Esa cosa es, por ejemplo, el oporto vintage –y a mi entender hay pocos asuntos más serios que uno pueda sostener o traerse entre manos que una copa de oporto vintage mientras leemos a Plutarco. Bebámoslo en copa de cáliz generoso porque beberlo en catavinos castra su expresividad y viene a ser como tocar a Bach con un banjo. El oporto vintage es como las mujeres suecas, algo siempre bueno y ejemplar y excelso por sí mismo: aun así, son muy recomendables los de Taylor’s, los de Fonseca, Burmester, Quinta do Infantado, Quinta do Noval, Kopke, Niepoort y Dow’s. He ahí una nomenclatura que reúne los oportos de origen inglés, los de origen portugués y holandés. Hay también alguna casa de prosapias alemanas.

La fiebre del oporto ha sido siempre sostenida, desde que esa sed sin saciar de los ingleses comenzó a importar vinos del Douro por problemas con Francia. El vino viajaba mal y se decidió encabezarlo, es decir, añadirle aguardiente vínico. Así nació el oporto, por equivocación o por milagro, ese vino que faltó al bueno de Horacio y al no tan bueno de Montaigne, y del que el primer ministro Pitt el Joven se bajaba varias botellas cada día. Hoy el jerez está para beberse en ferias andaluzas y en geriátricos ingleses y el oporto se mantiene al alza, cotizando a precios de dolor de corazón. La mayor nobleza del oporto, sin embargo, es que siempre promete menos de lo que al final nos da.

Querido amigo, tú, que eres una persona muy leída y muy bebida, sabrás que el oporto tiene su ‘coté anglais’, es decir, que al pensar en el oporto en seguida pensamos en chaquetas de tweed y en petimetres de buen college que al cabo del tiempo morirán de cirrosis. El oporto nos remite a estancias invernales y una comodidad y placidez de otra época: he ahí la razón por la que en realidad ahora bebemos poco oporto, un vino dulce que no llama la atención por lo dulce y un vino de postre que va muy bien con algunos quesos pero que en realidad es mejor solo, como vino de merienda, cuando no como ‘vino da meditazione’, preferiblemente mientras uno conversa junto al fuego y acaricia la cabeza de un mastín. Ahí, con un Noval Nacional del 61, es fácil pensar en vendimias de otro tiempo y en las comunicaciones no elegíacas del pasado y del presente porque el oporto, al final, es otra manera de conjugar la juventud. En realidad, el oporto es el mejor vino del mundo porque es también el más agradable, como una perfección esférica, con un serenísimo imperio sobre las arrogancias del Sauternes. Es el único vino que también bebemos con el alma, y que une Inglaterra y Portugal en la intimidad de un trago que no acaba. Te digo lo que diría a un hijo mío: no dejes de beberlo si aspiras a un moderado estilo, a ser hombre de virtud. Los amigos llegan. Fuerte abrazo.