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Tribuna libre

Esqueletos en el armario de la democracia de EEUU

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Serán nuestros hijos quienes sepan a quiénes evita hoy EEUU el castigo y cómo los utiliza para sus propios objetivos

Nunca me he hecho ilusiones respecto al trabajo que realizan los servicios secretos de cualquier país del mundo. Es un trabajo muy peculiar que, además, se realiza al margen de cualquier control social, lo cual, inevitablemente, conduce a abusos. Por si fuera poco, las labores que desarrollan son determinadas y encargadas por los políticos, quienes nunca han sido un dechado de probidad. Algunos suponen que los servicios en cuestión escapan con regularidad al control del poder político, pero pensar así es como creerse un espejismo: los servicios de inteligencia a menudo se ven obligados a actuar como pararrayos cuando sobre los políticos se ciernen nubarrones. Suele utilizarse el siguiente esquema: los políticos encargan secretamente una tarea, los agentes la cumplen, mas si estalla un escándalo, éstos últimos procuran borrar las huellas y asumen toda la responsabilidad y rara vez se hacen del dominio público los nombres de quienes encargaron la acción.   De esa desgracia no se salvan, lamentablemente, ni la democracia desarrollada, ni las numerosas instrucciones o comisiones especiales, ni los comités del senado. Los EEUU y la CIA son un ejemplo típico. En los últimos tiempos, por poner un ejemplo, se vincula a la CIA con una serie de escándalos, algunos de los cuales voy a recordar.   Quizá el más ruidoso fue el de información falsificada sobre la existencia en Iraq de armas de destrucción masiva que, según se dijo, la Casa Blanca recibió de la CIA. Es difícil de creer. La Casa Blanca recibía aquello que quería recibir, pero fueron los servicios secretos los que tuvieron que responder por la mentira de los políticos.   No hay duda de que la escandalosa idea de organizar cárceles secretas en los territorios de varios países de la Unión Europea también surgió con el visto bueno de la Casa Blanca. La base militar de Guantánamo, transformada en prisión para los sospechosos de estar involucrados en el terrorismo, tampoco es criatura de la CIA, sino, en primer lugar, de los políticos, que saben perfectamente dónde se están los detenidos. La base en cuestión es una zona de arbitrariedad. Las protestas de las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos no dieron ningún resultado, por lo que el más reciente escándalo —el suicidio de tres retenidos— parece ser muy lógico. Dado que para un musulmán fiel el asesinato es un pecado muy grave, las tres muertes no pueden calificarse sino de enigmáticas: para el fundamentalista una cosa es dinamitarse junto con un enemigo (real o supuesto), y otra completamente distinta, quitarse la vida en la propia celda, utilizando una soga hecha con la ropa de prisionero. Los estadounidenses tendrán que reconocer tarde o temprano que fueron ellos quienes llevaron a esas personas al último grado de desesperación.   Pero dejemos en paz al señor Bush. Son vicios hereditarios, los escándalos en torno a la CIA surgen con regularidad, independientemente de quién ocupe el Despacho Oval. Ojead los periódicos viejos y descubriréis una serie de hechos interesantes. Por ejemplo, que Osama ben Laden es criatura de la CIA... sólo que esa arma estalló al cabo en manos de los propios estadounidenses.   Generalmente, el escándalo de turno se enciende sobre un fondo de pruebas indirectas: los agentes de la CIA siempre logran liquidar las directas. Ésa es la razón por la que los escépticos acostumbran a albergar dudas, digan lo que digan los medios informativos. Los datos fidedignos pueden obtenerse sólo de archivos. Pero, lamentablemente, éstos se abren rara vez y sólo pasado mucho tiempo. Es verdad que hasta los archivos viejos de la CIA son un auténtico tesoro, por ejemplo, hace poco fue “borrada” la estampilla de “secreto” de 174 carpetas de un archivo de la agencia relativas a la segunda guerra mundial. Esos documentos, igual que los que dejaron de ser secretos en 1998, prueban que EEUU y sus servicios de inteligencia mantenían contactos directos con el Tercer Reich. Son también de gran interés los documentos sobre la utilización de criminales nazis después de la guerra por parte de servicios secretos estadounidenses. Para la CIA trabajaron, por ejemplo, cinco asesores de Adolf Eichmann, obersturmbannführer de la SS y jefe del “departamento judío” de la Dirección Imperial de Seguridad. Tras la derrota de la Alemania de Hitler, 23 criminales nazis recibieron la propuesta de colaborar con la CIA y mientras Israel hacía todo lo posible por localizar a Eichmann, culpable de la muerte de millones de judíos, los EEUU, cuyos dirigentes conocían su lugar de residencia desde 1952, callaban. Sólo en mayo de 1960, los agentes israelíes pudieron identificar a Eichmann en la Argentina y llevarlo en secreto a Israel, donde lo sometieron a juicio y lo ejecutaron.   No hay excepciones. Tanto los regímenes totalitarios y autoritarios como la “ejemplar” democracia estadounidense han acumulado una colección de esqueletos en sus armarios familiares. Pero serán nuestros hijos quienes podrán saber a quiénes evita hoy EEUU el castigo y cómo los utiliza para sus propios objetivos. Lo cual es muy de lamentar.

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