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Tribuna libre

El Estatuto, “como sea”

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La característica fundamental del proceso es la opacidad. Sabemos poco y lo que sabemos es contradictorio y además preocupante. Durante todo el proceso de elaboración del Estatuto de Cataluña, las contradicciones, los mensajes a través de los medios, los intereses de los partidos en un momento dado y sobre todo el afán de mantener el poder a todo trance, están condicionando una negociación que da señales de inseguridad y de no saber demasiado a "qué estamos jugando". En los medios políticos -y muy concretamente en el Partido Socialista- existe la convicción de que Rodríguez Zapatero quiere sacar el Estatuto, a toda costa, antes de fin de año. Si en la anterior etapa fue él, quien personalmente, se remangó y desembarazó la situación; ahora puede estar ocurriendo lo mismo. El Presidente del Gobierno necesita el Estatuto. Bargalló acaba de decir que si no hubiera Estatuto sería un fracaso para Rodriguez Zapatero y es muy posible que lleve razón. Se ha implicado demasiado -no sólo con el compromiso de aprobar lo que llegara del Parlamento Catalán- como para ahora dejar que se le escape la pieza de las manos. Pero el problema es saber valorar la importancia de la pieza. Cada vez está más claro que el Estatuto es una especie de entelequia que interesa a los políticos -para bien o para mal- y poco más. En Cataluña interesa más por lo que está restando que por lo que puede aportar al futuro. La preocupación es la imagen que se está dando y cómo puede deteriorar las relaciones de Cataluña con el resto de España; pero, en lo que de novedad tiene el Estatuto, la calle no está demasiado interesada. En estas condiciones asusta -más que a nadie a los socialistas- la prisa del Presidente por tener Estatuto antes del día 30. El "cómo sea" resuena demasiado en los oídos de las gentes del PSOE y son muchos los que se llevan las manos a la cabeza. Las prisas en política son malas, pero si esas prisas van acompañadas de la imprevisión es para preocuparse. Tampoco los partidos catalanes ayudan. La imagen del Partido Popular de Piqué es ambigua. No es fácil saber lo que piensa sobre Cataluña y sobre el Estatuto y mucho menos averiguar qué política van a seguir en un momento dado. La situación es a la baja y el fracaso de los actuales dirigentes está más que cantado incluso en Génova. Por su parte Convergencia y Unió espera el desplante definitivo de Esquerra a los socialistas y recoger algo más que migajas en unas hipotéticas elecciones adelantadas y, la misma Esquerra, mantiene su postura chulesca de que "sin nosotros no hay nada que hacer" desde uno u otro lado. Así las cosas Maragall más parece un convidado de piedra que otra cosa, pero de vez en cuando dice algo y tiene que ser la Vicepresidenta del Gobierno la que salga a deshacer el entuerto. Mientras tanto, ZP sonríe y calla. Cuando alguien calla nunca se sabe si es porque no tiene nada que decir o porque lo tiene todo perfectamente planificado y simplemente espera los tiempos previstos. En cualquier caso, la postura del Presidente del Gobierno contribuye a sembrar inquietud y en el ambiente flota el fatídico "como sea".