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Tribuna libre

Estrellas en su casa

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A la hora en que escribo estas líneas, hay cientos de grupos anónimos encerrados en sus locales de ensayo. Al terminar, unos hablarán y soñarán con un futuro de éxitos, otros ya ni eso, simplemente saldrán corriendo.

 

Algunos han abandonado todo por la música. Otros compaginan las horas ensayo con trabajos temporales o estudios. Algunos han grabado ya sus primeras maquetas soñando poder grabar su disco algún día, otros ni tienen canciones propias. Algunos son ya tan viejos como anónimos, otros están empezando. Los que llevan más tiempo en el mundillo están cansados, han perdido la ilusión. Los más jóvenes no saben por donde empezar.

 

Con frecuencia me envían correos electrónicos desesperados. Hay historias para echarse a llorar. Grupos que exigen reconocimiento –como si yo tuviera la culpa de su fracaso-, bandas que suplican compasión o grupos que prometen ser líderes de ventas. “Lo nuestro, un negocio redondo”, dicen.

 

Yo les escucho, cuando puedo. Creen que,  por Popes80 o bien por mi discreta experiencia con Los Elegidos, puedo hacer algo por ellos. Suelo explicárselo a la gallega: “Algo podemos hacer todos”. Y es verdad, cualquiera puede hacer algo por ellos.

 

A veces les pido que me envíen sus canciones, por lo que pueda pasar. Previamente les explico que, por suerte, no soy un cazatalentos, ni me dedico al complejo mundo del management de artistas. Lo más que podré hacer es recomendarlos a una discográfica que no me hará mucho caso, publicar algo sobre su grupo en algún sitio o, en contadísimas ocasiones, presentarlos a los lectores de Popes80 como una joven promesa de gran calidad. Suponiendo que realmente lo sean.

 

La verdad casi siempre duele. Lo cierto es que, por su culpa o por culpa de la industria, la mayoría no tienen ningún futuro a nivel profesional. Para colmo, a muchos se les han subido ya a la cabeza los minúsculos éxitos locales, bastante accesibles para los grupos noveles. Por lo que tratar con ellos es contradictorio: es como hablar con una estrella internacional que nadie conoce.

 

Admiro sin embargo a los que aman la música. Hay grupos jóvenes que no aspiran a nada más que a seguir disfrutando a cada canción. Por supuesto, desearían ser conocidos en todo el mundo y vender millones de discos. Pero creen, como yo, que lo primero es lo primero. Cuando alguien se mete en una banda de música es porque le gusta. Para los otros ya hay concursos absurdos y academias de televisión que te teledirigen al triunfo.

 

Me dan lástima también los que son realmente buenos. Porque no sólo no cuentan con la ayuda de nadie para salir adelante, sino que además deben luchar contra su propia economía (es carísimo montar un grupo) o contra diversos enemigos inesperados.

 

Aunque hay algo que me molesta de muchos grupos noveles. Se quejan, entre otras cosas, porque eso es algo que va ligado a la propia naturaleza del músico. Pero se quejan mucho, se quejan por todo. Viven lamentándose. Pero no salen de su local de ensayo. No tienen imaginación para buscar salidas alternativas. Tocan muy bien, pero no tocan nunca. Salvo en su maldito reducto lleno de polvo: son incapaces de soñar y lanzarse a actuar fuera de su local de ensayo. Son estrellas en su casa.

 

A muchos grupos de rock se les ha pegado el pringue de OT: quieren el éxito sin mover un dedo. Sin embargo, para actuar en muchas salas, para llegar a un público, para rentabilizar de verdad todas esas horas monótonas de local de ensayo, hay que moverse, luchar con imaginación y empeño y aguantar muchos portazos... Hasta que un día, alguna puerta importante, sin esperarlo, se abre. Y aún así, no siempre sale bien.  Y no siempre esa puerta se abre. Pero el fracaso, vivido así, sabrá más a triunfo que a derrota. Y el camino recorrido habrá sido mucho más emocionante y meritorio.