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Tribuna libre

Ética aforística del trabajo - Listado de observaciones con crudeza y sin piedad

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Donde se enumeran lecciones de experiencia para tratar y maltratar a los demás, quedar uno bien, hacer del infierno un refrigerio y -de paso- ganar lo que se pueda.

Los empresarios no tienen ningún monopolio, ni siquiera el de la maldad.

Los empresarios no se deben a sus empleados ni a su cliente sino a su dinero. Dicho lo cual, a mí también me gustaría que el mundo fuese más bonito.

No se crea nada. Hay menos don en saber mandar que en saber obedecer. Para mandar puede que valga incluso usted.

Con frecuencia, usted sentirá que la carga es demasiado grande para sus espaldas. Posiblemente acierte. Mucho ánimo, machote.

Para atraer a los mejores empleados no hay nada mejor que tratar bien a los que ya tiene.

La responsabilidad es la conciencia de que, si no hacemos una cosa, puede suceder algo terrible. Sea responsable o sucederá algo terrible.

Ante las decisiones difíciles, piense que suele ser mucho peor tener que elegir si queremos lenguado o rodaballo.

Suspenda la toma de decisiones hasta que se le pase el buen humor.

Es mejor equivocarse que dudar.

Tenga un número dos muy mordedor –y así pasará usted por varón justo y ecuánime.

El empleado ideal es limpio y tiene hijos –y a la gente se la ficha por su cara.

Exíjase mucho más a usted que a los demás. La gente tiene una vida y usted tiene una empresa -y además los demás merecen la confianza que merecen.

“Los días de un hombre lo dicen todo sobre sus noches”, y sus empleados sabrán si usted se acostó tras el telediario o si esa mañana ha necesitado una resurrección asistida. Esto no quiere decir que no salga –puede salir pero cómprese algo para las ojeras cuando las tenga ya por los cojones. Por lo general, un buen aspecto genera optimismo alrededor. Si la gente le ve gestos de voluntad –dejar los puros, perder peso, mejorar su handicap-, entenderán que es usted un hombre positivo y consistente.

La impuntualidad está entre los horrores menos excusables que puede cometer un empleado. Tómela siempre como algo personal.

Procure tener varios trabajos, enredos o negocios. Eso le permitirá quejarse más y ganar más, que son ocupaciones agradables.

Mantenga la tensión de la excelencia porque, si no, será mediocre.

No monte una editorial o una bodega, salvo si su familia tiene mucho dinero que perder.

Lea mucho la Biblia, génesis de todo capitalismo bien entendido. San Pablo, por ejemplo, era un genio del márketing: "hay que ser todo para todos para ganarse a todos". El Eclesiastés, a cambio, sabe de recursos humanos: "el número de los necios es infinito". Soslaye otras partes, como lo del camello y la aguja, etc.

Sea rico o intente parecer rico o al menos dé a entender que quiere serlo. Si ser rico le da igual, escribir resulta fácil y lucido.

Lo normal es que su empresa se parezca en algo a usted y que usted coja mucho de su empresa. Yo conocí en una boda a una empresaria que se dedicaba -con pasión- a la desinsectación. Afirmaba coger las cucarachas con los dedos, es decir, había aprovechado bien su talento para ser asquerosilla. Descubra usted su talento, que puede coincidir con sus defectos.

Lo único importante son los detalles. Uno empieza por pegar a un cliente y después se olvida de perfumar la correspondencia de la empresa.

Aunque parezca mentira, la mejor manera de pasarlo bien en el trabajo es trabajar –una buena carga de trabajo elimina toda conflictividad laboral. Es algo que saben los trabajadores conflictivos que no por azar son los más perezosos.

Algo más de un año en un entorno laboral competitivo y verá que la gente es mala y que -por tanto- no hay que votar al partido socialista.

No dé explicaciones nunca, salvo para abrumar.

En cuanto al dinero, recuerde que lo importante no es ahorrar sino ganar.

Ser sorprendente es la manera más sutil de estar encima.

Trabajar bien es salir con más trabajo del que tenía al entrar. Pavese diría al respecto que, "después de tanto sufrir, la recompensa es morirse como perros". Hay visiones más dulces del asunto pero Pavese escribió "Trabajar cansa".

El único mérito al que debe aspirar es a estar rodeado de los mejores porque su trabajo consistirá -ante todo- en hacer que trabajen los demás.

Gócese en los éxitos porque la verdad es que duran lo que duran.

El Estatuto de los Trabajadores no contempla ningún caso en que esté permitido pegar a un empleado. Tampoco vale mandar que le peguen.

Tenga memoria para todo lo que le digan porque -cuando le piden un aumento- el mecanismo del olvido ya funciona solo. Ingenuamente, creen que por ser tan importante para ellos, basta con decirlo una vez para que usted lo recuerde.

Hay que ser honrado porque sí y porque de algún modo compensa, aunque sea en la otra vida. Desarrolle un horror puritano hacia las malas artes, las astucias, etc.

No grite nunca –así, cuando grite, hará llorar.

En general, cualquiera apaña unos versitos muy pintones pero los electricistas -por ejemplo- son capaces de gestas admirables. La intelectualidad nos lleva al páramo y la acción nos lleva a un deportivo.  

La gente se siente discriminada por comparación a otros. Finja escuchar con atención y -ya a solas- rebaje la parte de vanidad y la cuota de envidia -después no queda nada.

No por estar al cargo es usted más digno o mejor que nadie. Coja la mano de su limpiadora y verá que ella también tiene cinco dedos.

Si en algún momento la jode, tenga el valor de reconocer que el error fue de otro.

Las buenas ideas de sus empleados ya las había pensado usted antes.

Sea imprevisible. Ataque por sorpresa. Varíe su temperamento. Muerda una mañana; a la siguiente, acaricie. Llegue el lunes en bermudas y el viernes con corbata. Maneje estados de confusión porque generan expectación. Sea arbitrario porque la gente mitifica lo que no entiende y de este modo queda claro que usted sabe más y hace las cosas por arte de magia o pacto angélico.

Con frecuencia, la economía parda será toda la economía que necesite usted saber. Sumar y multiplicar, fundamentalmente.

Si usted también tiende a ser una persona desagradable, insultante y -por resumir- bastante odiosa, recuerde que -salvo su familia- nadie tiene por qué soportar su mal humor. En todo caso, la respiración abdominal y una dieta rica en soja obran milagros.

En algún momento, sentirá -sentirá por el estómago y los ganglios- que trabajar es estupendo, que todo marcha bien lubricado, que la gente, de un momento a otro, va a empezar a silbar, que el mundo es una entidad afectuosa. Eso es lo que se llama un espejismo.

Si funda una empresa, procure que aporte algo tangible y feliz a la doliente -pero ansiosa- humanidad. Es decir, intente no poner una empresa de pocería y desatrancos sino una de import-export de plumas de ave, cría de esturiones, academias de solfeo, venta de orquídeas por internet, edición de poesía china, etcétera. Lo imaginativo no compensa casi nunca pero a cambio resulta divertido.

Si una visita o reunión se le hace demasiado larga, hay tácticas disuasorias: envíe mensajitos por móvil, ponga algo de música, mire hacia otro lado, estírese, bostece haciendo mucho ruido, húrguese en la oreja o la nariz. En algunas bodegas de Burdeos, los críticos llegaban y el dueño abría la jaula de los doberman.

Las empresas felices generan dinero. Con frecuencia, su labor consistirá en echar un poco de 'body milk' por la oficina y mover a risa al melancólico.

La autoridad: fínjala, hasta que le salgan canas. Entre estar seguro y aparentar estar seguro la diferencia es mínima. Lamentablemente, mucha gente sabe que con la honestidad pasa lo mismo.

Lo más importante es la buena reputación porque cien comentarios positivos no pesan lo que uno negativo.

En toda oficina hay un chismoso. Procure que trabaje para usted.

El trabajo, en ocasiones, puede ser difícil, durísimo -y usted preferiría estar en una sesión de aromaterapia, por ejemplo. Piense que siempre hay destinos peores -piense que podía haber sido abogado penalista.

Tiene que irradiar una cierta bondad paterna. Usted tal vez tenga un ábaco donde la gente normal lleva un corazón –pero haga el payaso con los bebés de sus empleadas. Lo cierto es que los mejores empresarios tienen grandes corazones y toda jovialidad de espíritu porque un trabajo de incidencia tan plástica sólo puede ser un amor que se sostiene.

Ante las peticiones de aumento, haga ver que el sueldo no es un derecho humano -sino algo que a uno le dan por trabajar.

Sea tacaño hasta la obsesión, sobre todo con lo que parece necesario. A la gente le gusta cambiar de ordenador cada dos por tres -haga ver, a cambio, que eso está entre sus muchos privilegios.

¡Sorpresa! Hay gente con ganas de trabajar y gente sin ganas de trabajar. Usted mismo.

Tenga algún gesto extravagante ante los empleados impresionables –déles un abrazo, cite a una gran rubia en la oficina, déjese ver llevando una guitarra eléctrica, unos esquís. Vaya un día en caballo a trabajar. Tíñase el pelo de color azul cobalto. Todo es bueno con tal de que mantengan su atención en usted.

Las bromas se les hacen a los amigos, no a los empleados.

Si un empleado no le entiende, tenga por seguro que se está haciendo el tonto.

Laboralmente, las cosas marchan bien cuando usted no entiende sus afectos sin su agenda.

Nada de ligues laborales, ni suyos ni de otros. Esas cosas al principio son una bachata y de pronto son un tango -con lo que todo termina en pisotones. En caso de necesidad, la ley no dice nada del uso de bromuro.

No confraternice. No tenga amistad. No tome cañas. No haga confidencias ni pida consejos. Procure que la gente que va a verle no desdiga de la opinión que usted se merece. Elija sólo a una persona con la que desaguar -de preferencia alguien que no se pueda permitir ser indiscreto.

Sea pesado. Usted se cree que basta con decir una vez las cosas. La realidad demuestra que eso no es así, salvo que las diga una vez -pero con látigo. La insistencia es el cuidado y ¿qué hay de malo en que le odien un poco?

Pase a otros todas las invitaciones que le den: a) usted es un hombre ocupado y por tanto codiciado, b) su vida social no necesita alimentarse de su vida laboral, c) el empleado tiene honor en representar a la empresa y posiblemente le gusten los planes interactivos y las copas gratis.

Figure siempre el primero cuando hay tarta de cumpleaños, circunstancia novedosa, estreno o copetín. No les deje divertirse solos. Aproveche, de paso, para hacer apostolado de su propia causa, convirtiéndose en el centro de atención.

Sea todo lo amable que pueda con las visitas. La gente llega sin saber si usted es una persona convencional o si por las noches juega al rol: a cambio, un recibimiento amable, un approach cordial, es algo que recuerda todo el mundo. Por la empresa, incluso, hay que pasar por la humillación de ser simpático.

Tal vez su mesa de trabajo no necesite customización. No siempre hay que ser guay.

Usted, como todo el mundo, tendrá cara de mala leche cuando está serio o cansado. Lo cual, en parte, le viene muy bien, pues a veces basta con sonreír para que alguien venga a pedir algo.

En cuanto al proceso de pedir, empiezan por los ánimos y en dos o tres minutos ya están en el dinero.

El momento más importante del día es el paseíllo a la hora de la entrada. Hay que cuidar el paseíllo, ese momento en que las radiaciones aéreas hacen saber que 'el jefe ha entrado en la oficina'. Son los cinco minutos de repartir palmadas como si uno repartiera caramelos o indulgencias, hacer a uno el gesto de 'kaputt', mirar mal a alguien, sonreír a otro, efundir una mezcla de desenvoltura y determinación.

La igualdad no existe y los mejores reciben mejor trato. En cuanto a los peores: a las tinieblas exteriores.

Pregunte siempre por lo inesperado, del mismo modo que a veces tendrá que pedir lo imposible. Cuando se quejan, es que trabajan.

Los buenos sentimientos, las emociones y aficiones, son vicios privados. En el trabajo, opte por las virtudes públicas: la arrogancia, la ambición, etc.

Recuerde la norma de hacerse el loco con los locos.

(NB a propósito de los locos. Con la edad, la gente termina por parecerse a sí misma y el resultado no puede ser peor. Maniáticos, herméticos, cuentistas, desconfiados como perros largo tiempo apaleados, con la cara deformada por una multitud reincidente de inmoralidades, deseos descompuestos y defectos. Es pasmoso e incluso doloroso y, por cierto, poco esperanzador para mantener tesis buenistas acerca de lo guays que somos todos. Hay que mantenerse joven y rezar cada día la oración del fariseo).

No dude a veces en ser un poco cabronazo porque eso ya se lo van a llamar siempre a sus espaldas. Por seguir con el asunto, usted tiene a su favor que ellos saben que usted es una cucaracha -pero sólo usted sabe hasta qué punto puede serlo.

Lo natural en el jefe es un grado de pomposidad y autoimportancia. No sea apocado porque eso no es virtud pero tampoco vaya mucho más allá de llevar camisas atrevidas.

A veces, ser ejemplar conlleva -ay- el ser heroico. Y a veces ser heroico conlleva -ay- el madrugar o trasnochar.

El cliente tiene la razón -salvo cuando ataca a un empleado, momento en el que hay que pararse a discernir si la ofensa sólo fue malentendido, si el cliente tenía la vanidad muy irritable o si conviene hacerse el servilón. Defender a los suyos es de las cosas más nobles que usted puede hacer –y tal vez su empleado desalmado lo agradezca.

Hay muchas maneras de enfadarse sin gritar y otras tantas de alabar sin pagar más.

Vaya del mejor humor a trabajar porque -al fin y al cabo- el horror tiene un punto muy cierto de emoción. Aprenda de María Antonieta, camino del cadalso. En realidad, hay mucho de bueno en la constatación de que "Dios me hizo cigarra" y haberlo superado.

Con los años, lo mejor y lo más sólido que tenemos son los trabajos hechos, los afectos recibidos y los momentos de gloria sin porqué.

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