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Tribuna libre

Ética del carril bici – Fernando de Aranda en Damasco y Palmira – Château Musar

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La bicicleta tuvo su encanto en la hora vanguardista de los caballos de acero y las rosas cúbicas o en los tiempos de heroísmo del Tour de Francia, cuando daban a los ciclistas una cantimplora de vino cosechero y no mariconadas reconstituyentes con sabor lima-limón.

Subían así las montañas con ahínco ejemplar. Entonces la bicicleta surgía de aparear la ingeniería y el verso y el ciclismo era algo a medio camino entre el excursionismo trascendente y la manifestación del buen paysan: se le ponía a pedalear y al poco tiempo ya era una gloria, el muchacho sencillo que recibe en el podio el beso de las sofisticadas señoritas de París y la palmada del presidente de la República Francesa. Si las vanguardias y los fascismos siempre fueron muy atléticos, el ciclismo era cuestión más bien populista –un populismo de tortilla de patatas. En términos de santidad –gran estándar de lo humano-, el ciclista de pueblo sería más semejante a un San Pedro de Alcántara que a un Santo Tomás de Aquino sabio y gordo. O a un Benedicto XVI, pianista y teólogo, cuyo deporte de cardenal jamás fue montar en bicicleta sino acariciar a los gatos sin dueño de la eterna Roma. Los gatos siempre saben en qué tobillos se pueden enroscar.   La mejor noticia del ciclismo en estos años es saber que todos esos modélicos atletas eran del estilo de las vacas hormonadas. Se morían a los cuarenta años, por consumación o suicidio, hartos de muesli, pletóricos de la salud de la normativa moderna: no podía ser de otra manera y ahí casi siempre tenían algo que ver los médicos. También va contra la salud que la alcaldesa de Córdoba haya instalado tramos de carril-bicicleta en la ciudad, como si morir de calor en Córdoba fuese sólo una imagen. Así están los comunistas, en el camino de la heterodoxia a la irrelevancia: primero inauguran el carril bici y después no tardarán en imponerlo. Por lo demás, todo se mezcla; el carril bici y el café de comercio justo, el tuteo generalizado y el atropello literal a las embarazadas, cuando para la demagogia ecologista ya teníamos la policía a caballo, estercando la ciudad.   Esa plaga incesante, esa mixtura maléfica de granizo y de langosta que es Ruiz-Gallardón también pone ahora carril-bici por Madrid. Aquí no hay siete colinas sino muchas más. Es una gran desconsideración hacia los viandantes con miopía, que no han de saber que va a arrollarles un bárbaro vestido con maillot y gafas aerodinámicas de abeja, a cincuenta kilómetros por hora, ajeno al mundo con su ipod, igual que un bólido que llega de un futuro mejor. La ciudad es –no sé en qué orden- para los coches y para los peatones, para la gente que camina y que trabaja: desde luego, no es equiparable el carril-bici a la llegada, en el siglo XIX, de la iluminación por gas. Los ciclistas no tendrán un Baudelaire que los comente. La ética del carril bici va contra el principio social de hacernos la vida más soportable los unos a los otros, contra esa cortesía que es cesión porque la sociedad es vivir con una obligación hacia los demás. Por el carril bici pedalean los bárbaros, cada vez más lejos de la civilización. Una de las peores imprevisiones de ser el más moderno es que eso tampoco es por fuerza lo más útil. El carril bici, por ejemplo, estaba bien en el catálogo de las especialidades holandesas.                                                                  *             *             *   El Ministerio de Exteriores, sección tres culturas, ha editado un libro en español y en árabe sobre Fernando de Aranda, arquitecto madrileño, activo en Damasco y en Palmira hacia la primera mitad del último siglo. Vida de exotismo: su padre fue Músico Mayor de Palacio –con rango de General de División- bajo el sultán Abdul Hamid II en Estambul. Esa era la edad del cosmopolitismo porque estaban en Estambul y había serrallos: de hecho, es la época en que Antonio de Zayas, duque de Amalfi, escribe sus delicuescentes “Joyeles bizantinos”. En cuanto a la arquitectura, nada mejor que la arquitectura bien envejecida de los climas cálidos. Unos años después, de Aranda hubiese sido decó pero todavía debió acogerse a los postulados historicistas como lujo, en mezcla de la casa georgiana con la herencia arábiga. De estos cruces salió sin daño, más aún en los hotelitos particulares como el de la calle Nouri Basha o la Casa al Ayubi. La utilidad social de la arquitectura tenía mucho que ver aún con el imperio del buen gusto. En aquella Siria que recordaba a los dominicos franceses y tenía una “Librairie Universelle”, Alfonso XIII fue huésped del Hotel Zenobia en Palmira, proyectado por Aranda. En fin; en todas las casas de de Aranda sus dan ganas de cenar al fresco, con un magnum decantado de Château Musar, que es el mejor vino del Próximo Oriente -un esqueje del Pomerol en tierras del Cantar de los Cantares.