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Tribuna libre

Fidel Castro y su “vecinito del norte”

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A Castro no se le puede querer, tal vez incluso se le odie, pero para ser objetivos hay que reconocer varios hechos indiscutibles, como que la Revolución cubana no derrocó una democracia, sino al corrupto dictador Batista.

El 13 de agosto cumplirá 80 años el patriarca de la política mundial, Fidel Alejandro Castro Ruz o, simplemente, Fidel, como lo llamaban desde los tiempos de la Revolución cubana sus partidarios, y también sus enemigos. De estos últimos, los más importantes son los que viven en EEUU, país que en un reciente discurso Castro denominó irónicamente “vecinito del Norte”.   Estos días Fidel también es noticia por su reciente hospitalización al tener que ser operado por padecer una hemorragia intestinal. El martes pasado sorprendía a la comunidad mundial anunciando que delegaba el Gobierno de Cuba a su hermano Raúl de forma provisional.   De todos los líderes políticos hoy en el poder solamente de Fidel puede decirse que ganó a los estadounidenses en todas las batallas. Primero, en 1959 derrocó al régimen títere pronorteamericano de Batista. Luego, en 1961, infligió una rotunda derrota a los invasores en Bahía de Cochinos. Más tarde salió con vida de varios atentados, los cubanos dan una cifra astronómica, más de 600, pero incluso si es una exageración inverosímil, y si de esa cifra se eliminan todos los ceros, seguirá siendo impresionante, porque sus autores no fueron novatos, sino agentes de servicios secretos, auténticos profesionales. Por último, tras la desintegración la URSS, cuando Cuba se quedó sin la ayuda soviética, en el contexto del permanente bloqueo económico, la Cuba de Castro fue capaz, como mínimo, empatar el duelo con la propaganda norteamericana incluso cuando comenzó la fuga masiva, rumbo a EEUU, de cubanos descontentos. Como experto en luchas orientales, el líder paró el golpe pasando al contraataque: envió a tierra enemiga y a manos llenas no sólo a la oposición, sino también a la hez delictiva cubana. Es decir, obsequió a su “vecinito del Norte” con la mafia cubana como si EEUU no tuviera suficiente con la suya propia. Por eso Fidel puede permitirse el lujo de ironizar de una manera condescendiente con respecto a EEUU. David ganó el combate a Goliat, y en más de una ocasión.   A Castro no se le puede querer, tal vez incluso se le odie, pero para ser objetivos hay que reconocer varios hechos indiscutibles.   La Revolución cubana no derrocó una democracia, sino al corrupto dictador Batista. Según todas las leyes democráticas escritas o no escritas, el pueblo cubano tenía derecho a rebelarse contra semejante régimen, y Fidel ayudó a los cubanos a hacerlo. Un hecho elocuente: tras el desafortunado desembarco de los revolucionarios en Cuba, de los 82 iniciales sólo quedaron con vida doce, entre ellos Fidel, su hermano Raúl y Che Guevara. Esos doce fueron capaces de derrocar al Gobierno. Está claro que sin un amplísimo apoyo popular hubiera sido imposible conseguirlo.   Al principio Castro no era comunista y sus relaciones con el partido comunista cubano no eran de las mejores, ni mucho menos. Quienes hicieron comunista a Fidel fueron los norteamericanos que en aquellos años cometieron uno de los errores políticos más garrafales del siglo XX. Fueron ellos los que, al no prestarle oído, lo arrojaron en abrazos de la URSS.   Pero aquí vale la pena hacer una precisión. Pese a la dependencia económica, Castro, a diferencia de la gran mayoría de los regímenes socialistas, no se convirtió en títere del Kremlin. Se le puede acusar de exportar la Revolución cubana al continente latinoamericano, o evaluar desde una óptica distinta el papel que Cuba desempeñó en el Movimiento No Alineado. Pero era su propia opción, no una ajena. La Unión Soviética influía a su manera sobre América del Sur, y los cubanos lo hacían a la suya. En algunos momentos esos dos torrentes se cruzaban, mas no siempre ni en todo, y a veces eran francamente opuestos el uno al otro.   Podemos llegar a decir que hasta cierto punto el romanticismo inherente a los primeros años de Revolución dio un nuevo impulso al socialismo ya caduco y burocratizado de la URSS. A ojos de muchos jóvenes soviéticos, las enérgicas y originales figuras de Fidel y Che Guevara, que era inevitable comparar con las de los clásicos burócratas soviéticos, rehabilitaron la idea socialista. Ellos dos infundieron en muchos una renovada fe en el “socialismo sin corbata” impregnado del desvelo por el hombre. Naturalmente, era una ilusión que poco a poco se esfumó a medida que se fue anquilosando el propio régimen castrista. Lo pasado, pasado. Procede señalar que el recuerdo del Che (tuvo suerte de abandonar ese mundo sin ser afectado por la roña administrativa) perdura en la mente de algunos políticos rusos muy influyentes, aunque son recuerdos no tanto del Che real como de su personaje mítico.   Por más que los historiadores soviéticos se esforzaron luego en atribuir raíces bolcheviques a la Revolución cubana, no hubo nada de eso. Lo sucedido en Cuba hunde sus raíces por entero en la historia latinoamericana. Sólo más tarde, al lado del retrato del cubano José Martí aparecieron (por cortesía) los de Marx, Engels y Lenin, pero estos tres no sirvieron de aliciente al joven Fidel ni hicieron la Revolución con él.   Todo lo dicho es pura verdad. Sin embargo, también es verdad que al ganar las batallas a todos sus enemigos, hace mucho que Fidel perdió la guerra. La vía socialista a la que lo empujaron los norteamericanos no trajo prosperidad ni verdadera democracia a los cubanos. El día del 80º cumpleaños de Fidel, los analistas (siguiendo la tradición del último decenio) discutirán cuánto tiempo podría mantenerse en el poder su hermano Raúl una vez que la vejez, ese enemigo invencible, venza al todavía líder cubano.   La suerte del sucesor de Fidel no será envidiable, porque el actual régimen de Cuba no sólo es autoritario sino también “basado en la autoridad”. Dicho en otros términos, un régimen que se mantiene no sólo por el temor que infunde, sino también porque muchos cubanos creen sinceramente en la infalibilidad de su guía. Pero esa fe no se transmite por herencia, ni siquiera al hermano del comandante. Para la mayoría de cubanos Fidel sigue siendo intangible, mientras que Raúl es un simple mortal; además, no es mucho más joven que su hermano. Por todo ello, el régimen cubano se parece cada vez más a la agonizante etapa gerontológica de la historia soviética, pues en el decenio próximo también a Cuba la esperan grandes cambios.   La contradictoria era de Fidel Castro termina. Ha terminado ya. Aunque, al parecer, el propio protagonista no quiere darse cuenta. 

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