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Francia en llamas

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Los temperamentales periodistas franceses ya llaman "guerra civil" a lo que está sucediendo últimamente en los alrededores de París y en otras muchas ciudades del país. Oficialmente, los policías locales y aquellos individuos que han quemado centenares de automóviles ajenos, prendido fuego a tiendas, farmacias y escuelas, y atracado a personas inocentes (incluidos turistas rusos) tienen una misma ciudadanía, pero no por ello se debe mentar la guerra civil. Si los franceses han olvidado qué es un conflicto fratricida, que se lo pregunten a españoles o rusos, que todavía tienen reciente su recuerdo. Lo que sucede en Francia no es sino uno de los numerosos episodios de la guerra de las civilizaciones que se libra desde hace mucho con resultados desiguales. La civilización occidental, más fuerte en los aspectos económico y militar, suele triunfar, pero ni mucho menos lo consigue siempre; mientras la opuesta, que tiene otras nociones del bien y el mal y otra filosofía, también golpea fuerte. En tales guerras, la ideología política está presente en las banderas de las partes de manera puramente formal, la esencia del conflicto es mucho más profunda: ¿en qué consiste el sentido de la vida, a dónde ir y en qué creer? Precisamente por ello, la retirada de Gran Bretaña de la India, la fuga de Francia de Argelia, la derrota de la URSS en Afganistán y el revés sufrido por EE UU en Vietnam forman parte de una misma secuencia histórica. Las medidas más rigurosas surten sólo un efecto provisional: Churchill proponía abrir fuego contra las muchedumbres hindúes desde aviones, pero la guerra fue ganada por el pacifista Gandhi; los estadounidenses quemaban Vietnam con napalm, pero ese país sigue en su lugar. En nuestros días, los estadounidenses entraron con facilidad en Iraq, pero están sufriendo allí derrota tras derrota. La democracia de plástico estadounidense superpuesta a las ruinas de Fallujah se parece a esos cosméticos baratos que se deshacen bajo la lluvia: Iraq seguirá siendo Iraq a pesar de todo, pues tiene su noción de futuro. Desde mediados del siglo pasado y especialmente a comienzos del presente, se hizo claro que las civilizaciones llamadas hasta hace poco "tercer mundo" por los politólogos habían pasado a la ofensiva. En ciertos lugares lo hicieron casi imperceptiblemente. Así se realizó, por ejemplo, la reconquista de la parte meridional de EE UU por parte de los latinoamericanos, quienes no sólo han recuperado ya las tierras que su vecino septentrional arrebatara antaño a México sino que han ido más allá, al corazón mismo de EE UU. Pero en otras tierras el fenómeno sucedió en medio de incendios, con estruendo y sangre derramada, y sucedió a manos de aquellos a quienes la bonachona anciana Europa, movida por las más humanas consideraciones, permitió entrar en casa para pernoctar e incluso prohijó: hoy día, en todos los países europeos hay mezquitas musulmanas y suburbios poblados de árabes y africanos. A diferencia de Rusia, donde las comunidades pertenecientes a diversas confesiones coexisten pacíficamente, para lo cual se necesitaron siglos de adaptación mutua, Europa en la segunda mitad del siglo pasado abrió de par en par sus puertas con demasiada rapidez, y la afluencia de advenedizos resultó ser excesiva. Por consecuencia, los recién llegados y los europeos no dispusieron del tiempo necesario para buscar la mutua comprensión. Además, Europa cifró demasiadas esperanzas en los bienes sociales con que agasajó a los ex forasteros, creyendo que eso garantizaría su lealtad. Según mostraron las explosiones que sacudieron Londres y Madrid –y muestran los actuales sucesos en Francia, cuyos protagonistas son los "nuevos europeos"–, ni siquiera aquellos que llevan en Europa bastante tiempo se han integrado, no han llegado a ser “uno de los nuestros” (uno de los suyos), en el pleno sentido de esta expresión. Su mentalidad, sus sentimientos y su visión del mundo son los de antes, los que trajeron de su país de origen. La adaptación se realizará dentro de un tiempo, no tengo la menor duda, pero han de pasar no años, sino generaciones. LevTrotsky observó sabiamente en una ocasión que, en política, los auténticos problemas comienzan cuando se confunde el tiempo presente con el futuro. Se le puede dar crédito, a él, que en más de una ocasión actuócomo un adelantado a su época. Ahora, Europa corre jadeante. Como una niña insensata, cada día abre un poco más la puerta que la conduce a un mundo ajeno e incomprensible. No debe consolarse con la falsa ilusión de que lo que está sucediendo en Francia es un brote de emociones fuertes, como aquellos que ya se dieron antes en más de una ocasión en "distritos problemáticos". No da impresión de serlo. La policía ya ha descubierto un laboratorio donde los cócteles incendiarios se fabricaban dos semanas antes (!) de que los desafortunados adolescentes se metieran en la caseta del transformador donde se quemaron, dando con ello un pretexto para comenzar las operaciones de combate. Cuando en el país se restablezca el orden y se creen condiciones para investigar con tranquilidad lo sucedido, habrá sorpresas, estoy seguro. Como seguro estoy de que si la UE no cambia su política, dentro de medio siglo el mundo recordará las llamas de París como un simple festival pirotécnico para niños. En Dinamarca, y según dicen quienes allí lo han visto, unos "daneses que no se parecen mucho a los daneses" inspirados en los sucesos que se desarrollan en Francia, ya están gritando: "¡Esta tierra es nuestra!". El siglo XXI promete ser caliente.

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