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Tribuna libre

Frank Sinatra y un minuto de silencio en los casinos - No tocar antes de la medianoche

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Hay muchas horas de gozo al oír a esos crooners que cantaban con corbata y no reivindicaban más que la luz de luna, el romanticismo tolerable y el derecho tan humano a empaparse en la mejor coctelería.

Cualquier antología de Frank Sinatra estará bajo la signatura de privilegio de ‘no tocar antes de la medianoche’. Queda como un buen paso en el malvado siglo XX. Ahora se publica una biografía de quien fue el ‘tender tough guy’, nacionalmente amado en su país, hasta el mayor duelo por su muerte y el minuto de silencio en los casinos. Pasó de la juventud delgada y andrógina a cantar con ‘gravitas’, como un adulto que cantaba para adultos, quizá más para madres que para hijas. Murió y resucitó varias veces y –más importante- sobrevivió a Elvis Presley. Antes, sin embargo, había sido el primer ídolo adolescente: le seguían las niñas con faldas de mucho vuelo, merceditas y calcetines al tobillo. Eran las bobby soxers, hoy octogenarias.

No sé quién dijo que Sinatra era cualquier cosa menos el chico de al lado: el gusto musical tiende a ser una irresponsabilidad feliz pero esa sofisticación tan fácil de Sinatra queda lejos de los cantantes barbudo-melenudos o del ‘chill-out’ que nos sigue a todas horas y a todas partes para probar nuestra capacidad de alienación. Más allá del pastiche o del hastío, hay muchas horas de gozo al oír a esos crooners que cantaban con ‘black tie’ o con corbata y no reivindicaban más que la luz de luna, el romanticismo tolerable y el derecho tan humano a empaparse en la mejor coctelería. Frank Sinatra redime la espera en la sala del dentista, amplifica el confort de una sala vip, nos catapulta a la barra del bar de un hotel que todavía tiene pianista negro y no una pantalla de plasma o un arpista. Gustar de Sinatra no es tanto recauchutar los gestos de una belleza antigua como el agradecimiento por esa sonrisa que es la música ligera, por ese momento de swing que parece reordenar los planetas hacia su conjunción más benéfica, fluidez de un gozo no se sabe si como posesión o sanación.

Su voz llenaba los ámbitos, con un fraseo inconsútil, portento parejo en tristeza y elación, con dicción poderosa y –al mismo tiempo- de cesuras imposibles, aplomado y seguro siempre al afinar. Exquisitamente complicado, se dice que fue Ava Gardner quien le enseñó a cantar canciones de amor. Así cualquiera. Fue el varón inmortal que tuvo a Grace Kelly entre sus brazos y casi cada día al otro lado del teléfono. Ella era tanta belleza que no necesitaba la elegancia. Con el Rat-Pack, Sinatra conoció días de vino y rosas, de rubias y martinis, en flirteo con la mafia y el Camelot kennedyano aunque más tarde y más sabio apoyó a Ronald Reagan. Murió vetusto, última resistencia antes del ‘pop’, último gusto que hermanó al vulgo y a las elites, tan capaz de emoción sin perder la contención, con voz de un temple que sabía adelgazarse y hacerse voluta o arabesco hasta dejarlo todo en la suspensión perfecta, en el momento de incertidumbre que revela el arte. La mercadotecnia musical no logró después tanto carácter. Es legítimo preferir al gran Dean Martin siempre que a Sinatra se le dé una cierta preeminencia en el orden ontológico. Ahí está Sinatra para que cualquier ejecutivo japonés con media botella de Hennessy imite en karaoke las canciones de la dulce América, para narrar el destino de los que no se conocían al principio de la noche. Es la hora pequeña y las luces se amortiguan: Frank Sinatra suena para perdonarnos cualquier estupidez. Por ejemplo, te quiero.