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Tribuna libre

Frito no, lo siguiente

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Disponemos de una amplia gama de recursos para designar lo más de lo más en lo tocante a cualidades.

Nos gusta aderezar las conversaciones informales con superlativos absolutos, porque si no parece que la anécdota queda sosa. Puede que se trate de un reflejo, en la lengua, del extremado carácter nacional. Que algo sea simplemente algo nos parece poco: tiene que ser algo en su grado máximo. Así, disponemos de una amplia gama de recursos para designar lo más de lo más en lo tocante a cualidades. Está el sufijo latino de toda la vida: Joaquín se ha puesto pesadísimo; Ay, qué vida misérrima. También tenemos los elementos prefijales de origen clásico, bastardeado hoy su linaje para un uso que bordea —si es que no incurre en— lo ridículo: A mi ex la he visto supergorda, ultramaquillada, megateñida... Hiperchunga, vaya. Función similar, aunque más templada, cumplen diversos cuantificadores: Es tremendamente lista; Se ha vuelto de lo más suspicaz, el mamón.

Muy interesantes por su expresividad son otros procedimientos basados en un circunloquio que a su vez contiene una hipérbole. Aquí es donde el genio del idioma da lo mejor de sí. Vengan unas pocas muestras: Alipio es feo, pero feo, hasta decir basta (feo insoportablemente: basta, por caridad); Toño se ha comprado un coche que te caes de espaldas (potentísimo, carísimo, lo que sea, hasta el punto del desvanecimiento); Buah, las películas de Kaurismäki son raras que te mueres (verbo este último conmutable por otros verbos y locuciones verbales de tipo excremental que no mencionaré, dado que la competencia lingüística del lector puede evitarme el delicado trance); Tú lo que tienes es una jeta como una catedral de grande (no escasa cantidad de desvergüenza); La buena señora se embauló un bocata calamares que no se lo salta un gitano (con perdón de las minorías étnicas, pero es ponderación en castellano del de siempre).

En la línea del superlativo con circunloquio, aunque en este caso libre de hipérbole, se ha puesto de moda desde hace poco tiempo —¿dos?, ¿tres?, ¿acaso cinco años?; creo que no más— una fórmula que al principio podía tener su gracia, pero que ya cansa de puro repetida. La emplea sobre todo gente joven o gente que, sin serlo, asimila su habla a la de ese grupo definido por la edad y por una jerga propia. Me refiero a esta afirmación estereotipada, con estructura machacona, en la que solo cambian el sujeto y el atributo o el predicativo: Mi suegra es... agarrada no, lo siguiente; Las entrevistas de trabajo lo ponen... frenético no, lo siguiente. Insisto, la primera vez que se pronunció, y hasta la segunda y la tercera, sonaría original, fresca, innovadora, pero eso quedó atrás. Sufre claramente de esclerosis, lastra más que aporta, y sin embargo no hay día en que no se la oiga utilizar a alguien. Por eso —y disculpen la incoherencia— a mí ya me tiene... frito no, lo siguiente.

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