Jueves 08/12/2016. Actualizado 01:00h

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Fumar sin desengaño

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Fumar tiene todavía el prestigio de un placer, más allá de la insuficiencia respiratoria, la bronquitis, los tremendos agolpamientos arteriales, el sombreado en amarillo de los dientes o ese ahogo congestivo después de un tramo de escaleras. El veneno lento de la nicotina escarba en los alveolos pulmonares y escuchamos pavorosamente las arritmias de un corazón que es sólo un músculo: si falla la bomba de riego de un jardín, tiene más lógica que falle un corazón. Pese a todo, la omnipotencia del cuerpo es ilusoria como la juventud y cuando no nos duele nada al levantarnos es porque estamos ya muertos. Con o sin tabaco seremos un álbum de gusanos, con químicas fosforescencias de los huesos, poblados de entidades inferiores. A partir de esta verdad, la vida sería más amable si se prohibieran también la estupidez, los malos modales o el hilo musical de algunas librerías. “Fumar es un inicio de amistad”, “fumar ayuda a cuadrar las frases”, “fumar consuela al afligido y confirma al animado”: he ahí algunas alternativas para la tipografía de esquela con que últimamente se ensucian los paquetes de tabaco que han sido obras perdurables del diseño. “Fumar es el mejor disimulo”, “fumar engrasa las conversaciones”, “fumar es la puerta del romance”: también era una de las mejores arbitrariedades de la sociedad, que propició el hallazgo sartorial de los esmóquines para que uno tuviera paz respecto al propio cuerpo sujeto a las pesadumbres de la física. Hombres y mujeres se separaban con la civilizada excusa del tabaco: lejos de la promiscuidad de hoy, este era un entendimiento agradable de una condición sexuada cuya mayor incidencia es que hombre y mujer se miren de reojo. —“Perdona, ¿tienes fuego?”: han comenzado así grandes historias, hasta que la gente deja de fumar por las arrugas, la economía o la halitosis y no por una constricción ministerial. Tal vez la próxima ley nos obligue —por nuestro bien- a desayunar copos de avena, mientras se pierde ese interés que el tabaco ponía en las inflexiones de voz de las mujeres que fuman. Como rito de paso en los años de atolondramiento que separan la infancia de la juventud, los primeros cigarrillos parecían más aceptables que el afilado de los dientes en algunas tribus o la circuncisión por métodos tajantes. Hoy crece el consumo de cocaína y los jóvenes pagan y guardan cola por conseguir escarificaciones en la piel, al modo amazónico. Todo queda muy lejos de la libertad deliciosa del tabaco, del intercambio continuo de la cortesía: el patrón aceptaba el tosco cigarrillo del obrero para generar cinco minutos de igualdad espontánea y amigable. En el escaso atavío ideológico de las izquierdas figura que fumar es de derechas cuando el ingenio tropical de un buen habano no ha sido igualado por el hombre todavía. Esto es algo que aceptan con gesto de humildad los mejores bodegueros de Borgoña. Por parques y jardines, algunos hemos de pasearnos en las tardes tibias del otoño-invierno para aspirar el humo mezclado a la exhalación dulce de las hojas muertas: fumarse un puro —con un sentimiento de redondez y perfección- es la actividad humana menos expuesta al desengaño. Vetar el tabaco en los restaurantes parece una decisión de extensiones abusivas porque esta era materia regulada por la sociedad. La consecuencia es que hay restaurantes para cualquier manía pero hay pocos restaurantes para no fumadores. La norma crea el conflicto en un momento en que se pierden demasiadas cosas que nos hacían amigos de la calma y facilitaban la hora beata de la digestión. El suave hedonismo del tabaco era propio de una edad más indulgente y refinada, con mejor sentido de la ceremonia, lejana del absolutismo del bien. Entonces quizá predominaba la lección clásica de que la libertad puede ser más preciosa que la vida. Ahora la política obliga a buscarle nueva compañía al armagnac.