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Tribuna libre

Geografía sentimental del Madrid político

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La amplitud del verano encuentra su correspondencia en el ritmo caudaloso de las novelas más largas. Estas horas inmóviles nos ayudan a vivir en el cortijo de los Maias o a sufrir con la pobre Karenina o con la alocada Bovary. Por el momento, uno lee Fortunata y Jacinta con gran retraso vital, y piensa melancólicamente en Galdós.

La amplitud del verano encuentra su correspondencia en el ritmo caudaloso de las novelas más largas. Estas horas inmóviles nos ayudan a vivir en el cortijo de los Maias o a sufrir con la pobre Karenina o con la alocada Bovary. Por el momento, uno lee Fortunata y Jacinta con gran retraso vital, y piensa melancólicamente en Galdós.

Abandonar el altar de Galdós por el altar de Clarín es algo que sucede tras abusar de Borges sin bicarbonato. En cualquier caso, Galdós nos lleva a Madrid como Balzac nos remite a París, y las guías turísticas aún hablan de ese aire galdosiano que resiste la tipografía hiriente de las cajas de ahorros y las agencias de viajes. Son calles de nombres sustanciosos: Cava de San Miguel, Concepción Jerónima, Ave María, donde abrían puesto esas dinastías de merceros que tanto atraen a Galdós.

Más allá de las genealogías comerciales, Galdós tuvo la pluma rápida para trazar la vida de un Madrid que estrenaba el edificio del Congreso. La ciudad era entonces un nido confuso que acogía a republicanos, cantonalistas y unos pocos monárquicos dubitativos. Desde esta distancia nos sorprende su eterno retorno.

El callejero se vuelve un mapa político del Madrid de aquellos años, y vemos cómo a tres manzanas del Retiro se dan la mano Odonell y Narváez. No lejos de allí, el príncipe de Vergara tiene su calle, su escultura y su estación de metro, y nosotros podemos emprender un paseo por el XIX con paradas en Diego de León o Ríos Rosas. A todos los ilustres de antaño los ha mezclado el tiempo igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches, con la nota común de estar más muertos en el olvido que Fortunata o Jacinta. Cuando la avenida Aznar haga esquina con la glorieta del Presidente Zapatero, nuestras pasiones pasajeras serán pasiones pasadas.

Hemos visto transcurrir cien años de honradez para que el PSOE cambie el Valdepeñas de Casa Labra por el smorgasbord socialdemócrata del Hotel Suecia. Los populares favorecen el menú democristiano y alemán de Edelweiss, y los diputados de IU acuden a Hylogui, un restaurante popular e incluso proletario en todo salvo en los precios. Los vascos, por su parte, vuelven a Vasconia al entrar en Errota-Zar. Uno cree que habría que teorizar sobre estas costumbres como Galdós teorizaba sobre los mantones de Manila.

El nuevo Madrid de los políticos se reúne en bares y restaurantes, quizá porque los diputados tienen tanto trabajo que deben despachar mientras almuerzan. Labordeta y Puigcercós conviven aquí generosamente, pero el Madrid político es una cámara estanca que sólo se comunica con el Madrid pijo de los émulos de Agag. Hablamos de los cadetes de la política, y un Larra vuelto en sí vería en ellos más ambición que ideal. Galdós, por su parte, atendería con la misma amplitud de alma al Madrid etílico de los estudiantes Erasmus o a los barrios coloridos de la inmigración andina. Si echamos de menos a estos cronistas es porque nos hacen falta.

En el Madrid político, las conspiraciones descansan de julio a septiembre, y este desproporcionado periodo de silencio administrativo nos confirma que ser diputado es ante todo una suerte. En estos momentos los becarios asaltan las redacciones y los periódicos pierden peso y descuidan la puntuación. Como cada año, volvemos a descubrir que el verano español es algo perfectamente serio.

Algunos ministros se creen nacidos para ser ministros, y hay otros que sin ser ministros se consideran merecedores de cinco estrellas en todo momento. Son los que avanzan Castellana arriba en coche oficial, con una cierta sensación de omnipotencia. Extraña poco que la política capitalina sea algo que se trama en la rotonda del Palace o sobre las alfombras del Ritz. Los bolsillos secretos para comidas y copas de cordialidad carecen de fondo y no aceptan reclamaciones.

Sin ser un habitué de Horcher, parece que el Madrid de la hostelería se va confundiendo con el Madrid de la Restauración. Se trata aquí de las pequeñas novelerías de una ciudad que, pese a todo, ha sido siempre muy viva y muy feliz. García Vinuesa redecora Club 31, mientras que Pascua Ortega se encarga de los ministerios, y todo significa una vuelta al placer civilizado y cotidiano.

Los que no somos nada seguiremos frecuentando esas casas de comidas y esos menús del día a ocho euros. Ahora que es verano predomina la ensalada mixta, pero en invierno nos enfrentamos a un plato de garbanzos que nos lleva de nuevo a aquel buen garbancero que fue Galdós. Son las correspondencias secretas que la literatura tiene con la vida.