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Gobernantes en huelga

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Lo que ha ocurrido en el aeropuerto de El Prat es una prueba del desgobierno provocado por la dejadez de la clase política o, por mejor decir, por sus “otras preocupaciones”.

La forma de hacer política que estamos “sufriendo” en España, supone que los gobernantes están más pendientes de la política de partido y, por supuesto, de sus interminables y constantes campañas electorales en detrimento de la gobernación normal y habitual del país.   Lo que ha ocurrido este fin de semana en el aeropuerto de El Prat de Barcelona es una buena prueba de ese desgobierno provocado por la dejadez de la clase política o, por mejor decir, por sus “otras preocupaciones”.   Con independencia de la adscripción política de los ministros del actual Gobierno, la falta de previsión, la inoperancia y la ineptitud en la toma de decisiones, han provocado un auténtico caos, posibles conflictos de orden público e innumerables perjuicios a los ciudadanos que comenzaban sus vacaciones o simplemente hacían un viaje desde o hacia uno de los destinos más importantes de Europa.   Los intereses –más o menos plausibles- de un colectivo y sus reivindicaciones –más o menos justas- no suponen una patente de corso para provocar la situación que se ha vivido en la Ciudad Condal.   Se está pidiendo a gritos una ley que conjugue el derecho a la huelga de cualquier ciudadano y el derecho del resto de los españoles a viajar, a comer, a divertirse e incluso a trabajar si así lo desean.   Una ley de huelga no es fácil de poner en pie y lo demuestra el hecho de que sean varios los Gobiernos que han mirado para otro lado en esta materia. Se supone que los intereses de los propios partidos, de los sindicatos e incluso de grupos más o menos fuertes e influyentes en la vida laboral tendrían algo que decir a la hora de legislar.   Estos son los casos en los que el consenso de las fuerzas políticas y de los grupos de presión –que nadie se asuste de su existencia- se hace más necesario y en donde se demostraría la categoría de nuestros gobernantes y su capacidad para ordenar la sociedad.   Lo que ocurre es que los intereses de la clase política van por caminos muy distintos a los de los simples gobernados. Una gran paradoja que tiene difícil solución y menos cuando nos acercamos a períodos electorales.