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¿Gobernar al gusto de los obispos?

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Se acerca el momento en que el Gobierno de Mariano Rajoy tramitará su anunciada reforma de la ley del aborto y los ánimos se van encrespando.

Se acerca el momento en que el Gobierno de Mariano Rajoy tramitará su anunciada reforma de la ley del aborto y los ánimos se van encrespando. El ministro Alberto Ruiz Gallardón había asegurado que la propuesta del Gobierno estaría lista antes de final de marzo. Los grupos pro-vida, que salieron a la calle para celebrar el Día Internacional de la Vida, no dejaron de echar en cara al Ejecutivo el reiterado incumplimiento de los plazos que él mismo había ido fijando. Por fin, en declaraciones a la cadena SER, el ministro en persona asegura que no debe haber ninguna duda de que el Gobierno cumplirá el compromiso electoral de reformar la ley del aborto, según el criterio del Tribunal Constitucional. La reforma culminará en el momento en que concluya el trabajo que están elaborando el Ministerio de Justicia y los expertos que le ayudan.

La respuesta de la oposición no se hizo esperar. Elena Valenciano, vicesecretaria general del PSOE, disparaba la artillería pesada en el desayuno del Foro de la Nueva Economía el 16 de abril: "Los obispos y el PP se han vuelto a poner de acuerdo para cercenar la libertad de las mujeres... No vamos a consentir que a estas alturas los obispos sigan imponiendo su moral al conjunto de la ciudadanía, y mucho menos que limiten de nuevo la libertad de las mujeres...".

Decía el viejo tópico que los españoles siempre habían ido detrás de los curas, con el cirio en la mano y en actitud servil, o con el garrote y en actitud agresiva. Va siendo hora de encontrar una vía media, más civil, que evite los extremos de "muerte a los curas" y de "los curas al mando". De todos modos, cuando el PSOE resucita ese periclitado discurso, no hace justicia a la realidad actual: no se puede decir que el PP sea la longa manus de los obispos. Precisamente, en el mismo momento en que el presidente Rajoy se entrevistaba con el Papa Francisco, el cardenal Rouco manifestaba con toda claridad su disgusto por la política del Gobierno en asuntos de gran relevancia moral: aborto, matrimonio homosexual, familia, educación.

Como es obvio, la Iglesia proclama su doctrina para los fieles y para todo aquel que quiera escuchar, como hacen tantos otros actores sociales. La doctrina social católica ha encontrado acogida en los más diversos ambientes culturales y políticos. Sus pastores no quieren ni pueden imponer nada a nadie: la verdad se ofrece, se propone debidamente argumentada y debe ser aceptada con libertad. Es tarea de los ciudadanos y políticos católicos vivir su compromiso ciudadano de forma coherente con su fe.

Para subrayar la ausencia de seguidismo por parte del PP hacia la línea episcopal, Alfonso Alonso, portavoz del grupo popular en el Congreso, afirmaba a continuación: "Seguramente haremos una ley de aborto que no gustará mucho a los obispos. Los obispos opinan, pero las leyes las hace el Parlamento. El PP cumplirá con el compromiso de devolver la Ley del aborto a la senda de la doctrina constitucional".

España se enfrenta a formidables retos demográficos a medio y largo plazo. Según las previsiones de la ONU y de la UE, en 2050 será el país más envejecido de la Unión. Tenemos la esperanza de vida más alta, lo que constituye un dato positivo. Nuestro Estado del bienestar no alcanza las cotas de los países nórdicos o centroeuropeos, pero ofrece prestaciones más que dignas. El envejecimiento de los vivos y la bajísima natalidad determinan un futuro sombrío: por ejemplo, será imposible mantener las pensiones. Además, la escasez de talento juvenil se notará en los más diversos ámbitos de la vida social: faltarán ideas nuevas y espíritu de iniciativa, se resentirá la productividad del sistema económico, la vida tenderá a languidecer.

La persona humana es lo más valioso del universo y merece un respeto incondicionado, lo que se facilita si sabemos ver en ella una representación del Absoluto. Hablar de fraternidad humana sólo tiene sentido si somos hijos de un Padre común. La mera solidaridad biológica entre miembros de la misma especie no garantiza una convivencia verdaderamente humana, no impide una consideración utilitaria del otro y de la sociedad en su conjunto. Poner coto a la terrible plaga del aborto sería un paso decisivo en orden a construir una sociedad a la altura de la persona.

Alejandro Navas es profesor de Sociología de la Universidad de Navarra.

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