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El raro camino de J. K. Huysmans - Noticia e invitación del más peculiar de los conversos

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En el caso de Huysmans, Barbey d’Aurevilly dejó dicho que tuvo que elegir entre la pistola y la cruz (...) Al final, Huysmans tomó esa vía angosta de lacruz con la misma entereza con que pudo haber tomadola pistola.

Las vetas de intenso dramatismo que recorren la vida y la literatura de Joris-Karl Huysmans (1848-1907) vienen a sacudir por contraste un arquetipo de hombre postmoderno de cuya vida ha desaparecido toda dimensión dramática. En buena parte, la noción de la vida como drama íntimo aboga con fuerza total por el valor y la trascendencia de lo que hacemos, la no banalidad de nuestros actos, la significación profunda de esas elecciones que nos convierten en aquello que somos conforme pasa el tiempo. El drama nutricio de toda vida moral implica concepciones de lo justo y de lo bueno y –para el creyente- cobra una repercusión de eternidad: algo, en definitiva, muy alejado de un hedonismo moral intransitivo, sustentado en su propia inercia sin raíces, según es tan frecuente en este día.

En el caso de Huysmans, Barbey d’Aurevilly dejó dicho que tuvo que elegir entre la pistola y la cruz y ahí se puede entrever un extremo tan invasivo para la conciencia que sólo podía exigir un caudal muy determinado de sinceridad y convicción. Al final, Huysmans tomó esa vía angosta de la cruz con la misma entereza con que pudo haber tomado la pistola. Definida como un examen de conciencia en cuatrocientas páginas, En el camino narra el iter de una conversión que llegó mediante un proceso de decantado natural, sin iluminaciones súbitas ni caídas de caballo; un proceso que avanzó de la desesperación a la fe, del sacrilegio a la piedad, del pecado a la virtud y de la corrupción hecha y vivida a una inocencia renovada. Según un crítico de su tiempo, es la historia más extraña de la más extraña de las conversiones. Es también una vivencia de la gracia, por más que este término figure ya como palabra vacía en todos los glosarios.

Un escepticismo de sustancia frívola y ligera ha apartado en las últimas décadas el hondón de lo religioso en la literatura, y ahí Huysmans opone el valor de haber sido siempre apasionado –siempre dramático- y nunca escéptico. En términos editoriales, Huysmans tiene el sabor de los frutos más extraños y suscita la apetencia de los happy few, en parte por el matiz de esnobismo que tiene la literatura cuando se convierte en malditismo esteticista y no en el paulatino desvelarse de las verdades de la vida. Piezas mayores del decadentismo literario, Là-Bas y À Rebours –traducido como Contra Natura por pueril vocación de escándalo- mantienen un brillo caliginoso que sin embargo debería completarse con las novelas católicas de Huysmans para que el perfil del autor no sea sesgado. Mantener la obra católica de Huysmans en la vergüenza y el silencio es de una intención torticera justamente en virtud de la cualidad de ciclo y las transparencias personales que constituyen la escritura huysmaniana. Al cabo, resulta más injusto que inexplicable el que haya habido que esperar un siglo para que En el camino aparezca en español. Característicamente, la razón puede ser que se quisiera mantener a Huysmans en la condición de raro sin darle la condición de grande.

Cualquier cristiano de crianza o convicción antigua tendrá que sentir alivio al ver lo que a él se le ahorró y Huysmans, en cambio, tuvo que pasar. Vitalmente, Huysmans permaneció en un puesto funcionarial de gran opacidad durante treinta años. Tanta grisura le alcanzó la Legión de Honor por méritos civiles pero ante todo le valió para hacer literatura desde un despacho de confort anónimo. En aquel París de la segunda mitad del XIX ostentaban muy señeramente el sumo sacerdocio de las letras Émile Zola y Guy de Maupassant. Era la eclosión del naturalismo literario, tan criticado entonces y ahora, visto por lo general como resumen de una literatura de lo feo, de una escritura sin piedad, con personajes “incapaces de inquietudes superiores”. Huysmans venía de la crítica de arte y no tardaría en sobrepasar a sus maestros, menos en fama que en la capacidad de escribir sin contemplaciones. Ahí están Marta, historia de una joven y Las hermanas Vatard, sus magníficos Croquis parisienses y la inclusión de un cuento suyo en ese manual del naturalismo que fue Las veladas de Médan, donde Maupassant editó Bola de sebo para su buena fama.

Huysmans, sin embargo, hubiera sido un párrafo menor en la historia de la copiosa literatura francesa del XIX de no haber escrito À rebours, breviario de la decadencia según la formulación de Arthur Symons. À rebours, traducido con fidelidad como A contrapelo y con más libertad como Al revés, narra la historia estática de un barón des Esseintes, trasunto en parte exagerado del propio Huysmans y afectado como él de la misma extravagancia y neurastenia. Lejos del mundo, lejos de todo, des Esseintes se encierra en su casa, en un ambiente de sensualidad enfermiza, extremada; un breve cosmos de dolor imaginario, poblado de febriles sinestesias, donde leer a los poetas latinos más tardíos o acariciar con voluptuosidad fría una tortuga en cuyo caparazón incrustó piedras preciosas porque así lo quiso un momento de capricho. Des Esseintes hace más real que nadie la concisión de Schopenhauer al afirmar que la vida del hombre es un péndulo oscilante entre el dolor y el sufrimiento. Des Esseintes y el señor de Phocas de Jean Lorrain serían las flores del mal de una literatura decadente que, pese a todo, y en el caso de Huysmans, no cierra la puerta a no sé qué anhelos de infinito que subsisten embrionarios en la corriente siempre idéntica del ennui vital. En Là-bas, Huysmans investigaría la historia de sangre de Gilles de Rais, mariscal de Francia y asesino de degeneración incomparable, posteriormente hecho leyenda en Barba Azul. El paso que media entre des Esseintes y Gilles de Rais es el paso que media entre la belleza artificiosa, los placeres extraños, el encanto de lo insólito y la sensualidad mórbida y, por otra parte, el satanismo directo, el trato con el diablo, las Misas negras, los íncubos y súcubos, esas investigaciones ocultistas y sacrílegas que un Huysmans más mayor y más calmado, ya converso, definiría como las letrinas de lo sobrenatural. Fue a partir de estas simas casi irrecuperables que Huysmans inició la vuelta a casa, el camino de la fe, con el suplemento de mérito de que de tales cosas no suele salirse en balde. Desde luego, la temperatura espiritual de Huysmans nunca fue reblandecida por el don salvífico del humor. En Là-bas, se llega a la conclusión no insensata de que Dios existe porque existe el diablo. Blasco Ibáñez sería algo más llano: “¡Extraña manera de convertirse!”

Quizá las prospecciones psicológicas pertenezcan ya a la literatura de otro tiempo pero las primeras críticas de En el camino le otorgan el valor de una visión espiritual de honda y completa cercanía. Durtal viene de protagonizar Là-bas pero en En el camino será con mayor verosimilitud la réplica de des Esseintes: en todo caso, el propio Huysmans otra vez, protagonista por fatalidad literaria de la generalidad de sus novelas, donde quiso plasmarse con tanta valentía y desnudez. Durtal es el escritor de alma atribulada, de larga experiencia viciosa, conciencia encallecida, raros desfallecimientos físicos y constantes apetitos de soledad. Para esta soledad no encuentra mejor esparcimiento que largos ratos comparando las iglesias de París, de Nôtre-Dame a Saint-Sulpice, casi siempre en aquella margen izquierda del Sena donde Huysmans vivió por entender que allí habitaba la libertad para aquel espíritu suyo un tanto desharrapado, ácrata y errante. Huysmans había ejercido de crítico-matarife de arte durante muchos años y tenía a la mano sus gustos, sus obsesiones, sus manías: las mismas que tendría el áspero Durtal de En el camino. Entre sus categorías estéticas indudables está el arte medieval, el gótico y el románico como expresión anónima y no superada de un encuentro entre el arte y la fe. Es un arte nacido como emanación natural de un fervor que es anónimo precisamente por su coralidad. Como ostensión de lo invisible, la liturgia le pone a Durtal poco a poco en el tránsito de la conversión, y la música, el canto llano eclesial, será –para resumirlo con las palabras de Benedicto XVI- la manera de unirse a ese culto a Dios que todas las cosas pregonan. Durtal, diletante de la literatura ascética y mística, no dudará en criticar al catolicismo urbano, autosatisfecho y pequeñoburgués: tal vez haya aquí un matiz acerbo exagerado pero es que Durtal, como Huysmans, buscaría respuestas en la radicalidad de la vida monástica al ingresar de oblato en una Trapa. Huysmans, por otra parte, no deja de simbolizar una libertad de espíritu que quiere someterse a los dictados de la Iglesia.

La Trapa real de Huysmans edificaría su conversión como un Egipto del alma, si bien el escritor antaño maldito no dejó de lamentarse, típicamente,  del canto de los pájaros, ni de echar de menos los puestos de los buquinistas cabe el Sena. A la Trapa de En el camino acude Durtal por prescripción de un sacerdote, para una temporada de retiro que iba a condensar, en palabras del protagonista, veinte años en diez días. En infrecuente rasgo cómico, Durtal incluye por cautela en su maleta todo género de golosinas, chocolates y tabaco que al final le dejarían fumar por no haberse previsto nada al respecto en la Regla de San Benito. En las páginas de la Trapa tiene Huysmans toda la paz y toda la inquietud, la confesión y los escrúpulos de conciencia, el tormento de la tentación; cierto conocimiento, también, de las dulzuras de Dios, que se posan sensiblemente en su alma para poner en olvido aquel contemptus mundi que lo llevó a su actual apartamiento. Lejos de la gruesa caricatura anticlerical, Huysmans anota con piedad y estimación insólitas en él la vida de unos monjes macerados en mortificaciones, lejanísimos del mundo, entregados a la gloria de Dios según esa liturgia de las horas que da un ritmo de santidad al día. No falta, en la figura del hermano porquero Simeón, el conocimiento superior que por rara lógica divina tienen las almas cándidas, ajenas a la ciencia o directamente asimilables a la figura del loco de Dios o del santo idiota. Tampoco falta la tutela sabia de la dirección espiritual, una vivencia de la noche oscura, tantos párrafos de acercamiento a la realidad de unos monjes que sufren las sacudidas del diablo y –por las teorías de la sustitución-, asumen en su cuerpo los pecados y los dolores del mundo para expiarlos. Durtal se separaría de la Trapa con el desgarro interior de los exilios, melancólico de dudar si ya era más monje que hombre de letras o al revés. En el fondo, es la conversión de un intelectual, el camino de vuelta de quien tuvo al menos el mérito audaz de postergarse a sí mismo en favor de la verdad, para pasar de la blasfemia a la alabanza a través del arte. En el caso de Huysmans, sería de justicia incluir, junto al escritor maldito, al escritor piadoso, dramático, católico converso: ese escritor que escribió En el Camino y que no es peor ni más raro que el escritor de Al Revés.

* Prólogo a En Camino / Joris Karl Huysmans; Bibliotheca Homo Legens, 2007.