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Imágenes para una Nochevieja

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El día elegido, el último del año, miramos hacia la popa de nuestra memoria, sin temer, por una vez, que nos sorprenda en proa el temporal del eléctrico presente.

Se escapan los años como caen las manzanas de un árbol en una noche de vendaval. Se tronchan sus ramas y vuelan sus frutos, senda abajo y campo a través, por el camino del olvido, con la urgencia de quien no puede volver atrás. Se van, nocturnos, y deciden no volver al alba. Rodando y saltando con prisa. Y se van en blanco y negro. Se van viejos y mayores, enfermos y sanos. Porque hay años para todos. Algunos hemos querido verlos partir antes de tiempo, otros nos hubiera gustado estirarlos hasta romperlos. Pero el tiempo, artero juez de nuestra carne, falaz guadañero de risas y sonrisas, pasa página, al final, el mismo día y a la misma hora. Tras los cuartos y las campanadas. Caigan o no las manzanas del árbol. Sople o no sople el viento del sur.

El día elegido, el último del año, ineludiblemente, miramos hacia la popa de nuestra memoria, sin temer, por una vez, que nos sorprenda en proa el temporal del eléctrico presente. Aunque contemplamos con la mirada desenfocada, por la imparcialidad de la cercanía en el tiempo, extraemos las primeras conclusiones de las muchas horas de latidos y suspiros, de aplausos y ladridos, de sonrisas y lágrimas que el último año nos ha dejado vivir. Después, como niños buscando siempre el parangón de oro, viajamos atrás, más atrás que atrás, cada uno a su razón, hasta donde la ficción se confunde con lo ocurrido, donde nuestro relato personal se entreteje con la historia de la humanidad.

En el día de examinar la añada, en esas últimas horas, en muchos, lucen los tiempos difíciles pero hermosos, escritos con pluma y tinta negra en gruesos papeles. Brilla en la memoria el comienzo del progreso, el estreno del camino hacia la urgencia, aquel que se iniciaba con paso perezoso. Los rostros que se ha llevado el tiempo y sus gestos, sus frases, que hoy descansan en la lejanía de lo desconocido. Fotografías que han inmortalizado momentos, que han congelado miles de recuerdos. Y así, poco a poco, entre flores y bombardeos, entre condecoraciones militares de antaño y amores evocados, entre goles con esos balones pesados y anaranjados, y transistores a todo trapo, van recorriendo los años hacia atrás, recordando todo aquello hasta donde el hollín de la memoria permite llegar.

Otros viajan a puertos más cercanos, sorteando aún las heridas sin cerrar y los éxitos sin digerir. Cicatrices que el tiempo dibuja en la piel, pero que casi siempre termina limpiando alguna tormenta. Y ven, con mayor nitidez que otros, los años de escuela, las caras de la inocencia ociosa, vacía de vanidades y ambiciones. Las almas blancas e inmaculadas, los pantalones cortos, los gritos y el olor de cada uno de nuestros maestros. Las promesas infantiles, muchas rotas por imposibles, y las amistades indisolubles finalmente dispersadas por el insensible juez del reloj. Los goles bonitos, las buenas notas, las fiestas más entrañables, las fantasiosas ilusiones que se hacen presentes. El primer trabajo y su sueldo, y la primera firma trascendente librada con grandeza y solemnidad sobre algún papel institucional. Pero también aterrizan en el corazón presente las primeras pérdidas, el adiós nunca asumido y algún resbalón tempranero que ha perdido gravedad, que ya no es tragedia sino comedia.

Algunos viajan más cerca, para contemplar mejor, mientras otros amplían menos los recuerdos, para ver desde más lejos. Otros huyen del peligro de las cosas del sentimiento y analizan con pragmatismo sus horas, sus éxitos y fracasos. Hendiendo el alma sin mesura en las brasas de la memoria, con la certeza de caminar siempre rectos, en la buena dirección.

Así, unos y otros, nos sumergimos en todas estas imágenes, reales como el aire que respiramos. Así, cada Nochevieja, en los destellos de las luces de la calle, aunque nos las cambien cada año, podemos ver su antiguo brillo. Con la mirada desenfocada en rojos, blancos y verdes, los edificios del fondo, el humo de cualquier chimenea, el olor a chocolate en la cafetería, la soledad fría del parque y hasta los vecinos que pasean la acera nos parecen los de ayer, como nos parecerán los de mañana. Todo está y es, como es y seguirá estando ahí fuera, tantos siglos como viaje la tierra por su inabarcable galaxia. Pero dentro de nosotros el niño ya no es niño, los sueños son gustosas pesadillas, y el devenir de los días es ahora una puerta hacia el sentido de la existencia.