Domingo 11/12/2016. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Impugnemos en la calle

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Sorprende que de las varias respuestas posibles al desafuero de Ibarreche no se haya planteado aún en serio la convocatoria de una movilización masiva en la calle. Se conocen las posturas que sobre el proyecto del lendakari han adoptado los diferentes partidos, el Círculo de Empresarios Vascos, la Conferencia Episcopal y otras instancias representativas, pero falta por dar un cauce visible, multitudinario, a la exasperación de esa gran mayoría de ciudadanos españoles que se siente violentada por el fondo y la forma del plan separatista, y que se remueve inquieta por la sospecha de que acaso no se esté actuando con la suficiente determinación para desactivarlo. Al pesimismo taciturno de quienes creen que esta protesta en realidad no serviría para nada práctico, cabe oponer al menos tres razones de principio, no por ello desdeñables: Serviría en primer lugar para devolver la vista a algunos ciegos. Zapeando el martes por la noche, topé con ese programa de culto que se llama Las Cerezas. Ante un primer plano de Maragall y el contraplano de Julia Otero en embeleso, decidí cambiar de cadena para no indigestarme. Con el dedo ya en el mando, vi que también estaba en el estudio Esperanza Aguirre. Lo dejé. Quitando hierro a la coyuntura, el presidente catalán dijo en un momento determinado que no veía a la gente de la calle preocupada por lo de Ibarreche, que no percibía esa supuesta irritación. Si saliéramos por millones para demostrárselo, a lo mejor se le corregían las cataratas... o se le moderaba el cinismo. Sería también este acto colectivo una demostración de dignidad. Dignidad sobre todo para las víctimas del terrorismo, que al dolor han de sumar ahora el oprobio de que sus verdugos pretendan determinar en el Parlamento autonómico, con la aquiescencia del tripartito gobernante, el rumbo de la soberanía de todos los vascos. Ellos deben sentir, nosotros debemos ser capaces de transmitirles, que en esta hora triste estamos sin fisuras a su lado. Y dignidad es asimismo la de todos, como ciudadanos con voto pero también con voz: con derecho a proclamar cuánta repugnancia nos produce el hecho de que semejante inmoralidad sea siquiera sometida a debate. Otro motivo para echarnos a la calle podría ser además el mero encuentro cívico, apartando a un lado las ideologías, para la reafirmación de los valores que nos han brindado libertad y progreso durante los últimos veintitantos años. Como en aquella marcha que organizó la plataforma ¡Basta Ya! el 13 de diciembre de 2003 en San Sebastián, poco después de que el lendakari presentara su texto articulado, deberíamos desfilar por todas las ciudades de España enarbolando banderas nacionales e ikurriñas sin dilema, sin conflicto, imbricadas y hermanadas, tal como se deriva del texto constitucional y de texto estatutario, frente a quienes pretenden dividirnos. Quienquiera que comparta estas razones, quien considere que merece la pena salir a la calle pacíficamente a defenderlas, convóquenos. Convóquenos y de buen grado acudiremos.

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