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Inocentes

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La estela que dejan los inocentes, desde su cercana ausencia, es la gran cicatriz que ensombrece la dignidad humana. La vergüenza de nuestra modernidad.

Sus ojos nos miran desde lo alto y nos preguntan por qué. No miran, tiernos, confusos, serenos. Llorosos. Su mundo ya no es el nuestro y el nuestro no es nada al lado de su eternidad. Se fueron sin querer, sin avisar, sin despedirse, sin tiempo para soñar. Se fueron y nos dejaron con las manos vacías de cariño, de talento, de alegría y tal vez de mucha sabiduría. Más que irse, partieron de aquí violentamente obligados al destierro, y nadie les dio unos minutos para poder despedirse de aquellas personas a las que amaron, o a las que habrían podido amar con los años. Nunca podremos saber qué habría sido de sus vidas si no se hubieran dado esas trágicas circunstancias. Nunca podremos saber qué hubiera sido de ellos si esas manos salvajes, revestidas de repugnantes banderas y libertades que son cárceles, no hubieran puesto su iniquidad al servicio del más reprobable de los males, del dolor y de la sangre. Se fueron silentes sin pintar su futuro. Se fueron miles, se van millones.

La estela que dejan los inocentes, desde su cercana ausencia, es la gran cicatriz que ensombrece la dignidad humana. La vergüenza de nuestra modernidad. La prueba de la farsa de nuestro progreso, que tantas veces es regreso. Los inocentes chillan en silencio cada noche y podemos oírlos en nuestro interior. No chillan ya de dolor, sino suplicando que ablandemos nuestro oído, que abramos las puertas de nuestro corazón al sentido común, que demos la cara para que su memoria sirva para evitar otros crímenes. Nos recuerdan que nuestro silencio siempre es cómplice, y que aunque es cierto que las autoridades de la tierra pueden dejar impune cualquier atropello, no sólo de la tierra vive el hombre. Nos gritan y tal vez no queremos escuchar sus voces.

Los inocentes son los eternos niños de esta sociedad, llena de palabras pero enferma de ideales. Los inocentes son los desprotegidos, los despreciados, los que pagan las palabras vanas de unos, la ineficacia de otros, y los que han de soportar, finalmente, la absurda depravación de sus verdugos. Nos miran, como digo, en silencio y podemos oírlos: ¿Qué haréis ahora? ¿Qué haréis por mí, por nosotros? ¿Nadie responde?

A algunos les han hincado una tijera en el cuello, mientras trataban de agarrarse a la vida desesperadamente, dando los últimos manotazos con sus manos tamaño aceituna, intentando madurar a toda prisa entre sollozos. A otros los han envenenado, o aspirado brutalmente, o asfixiado. En tan sólo unos segundos, los que dure la pelea en el quirófano de la muerte, reposarán inmóviles sus diminutos cuerpos, cargados de proyectos, de amigos, de sonrisas, de luchas, de goles, de ilusiones, de ideas, de gestas valerosas y divertidas huidas, de amores, de suspensos y aprobados, de perdones, de risas, de vida. Porque son vida. Son vida siempre, incluso muertos. Por eso aún miran. Yo creo que los inocentes nunca se mueren del todo.

Después, sus cuerpos son desterrados de nuevo por cualquier desagüe, tras el nauseabundo trámite de la trituradora. Ni siquiera un puñado de tierra, una oración y una flor silvestre. Lo mínimo. Nada. Más tienen los perros cuando mueren que estas criaturas diminutas a las que no se les ha dado ni la oportunidad de decir a sus padres -como ese bello grito adolescente de libertad- que sus vidas no les pertenecen. Por eso los miran desde arriba ahora, con la pena de no haber merecido ni un poquito de su amor, por llegar en mala hora, en plena crisis económica, por no avisar o por llegar enfermos después del viaje de la eternidad a la vida. Y en la eternidad reposan, donde sí los aceptan con sus taras, con sus imprevisiones, con su divertido defecto de la falta de puntualidad. Desde allí miran y contemplan y tratan de entender lo que nadie puede explicar. Sus vidas no han sido abortadas, ni interrumpidas, sino liquidadas. Y sus cuerpos, yacen abandonados en la peor cuneta, la del desagüe o la del contenedor de deshechos humanos.

No es necesaria ni una fe, ni un catecismo, para comprender la barbarie del asesinato y oponerse a esta miseria. Es verdad que hay gente muy intoxicada ya, por culpa de este siglo tan mediático y tan enfermo de relativismo, gente que ha perdido toda conciencia natural, que ya no logra distinguir lo humano de lo inhumano. Pero tú, que aún te estremeces viendo las imágenes de los desagües humanos de las clínicas abortistas, que aún tiemblas al contemplar la cara desencajada de la joven viuda de un guardia civil, que aún crees en algo más que en la violencia, el egoísmo y el odio… ¿Qué haces para evitarlo? Créeme que te lo preguntarán serenos e ilusionados cada día de tu vida, mirándote desde su ausencia con esos ojos enormes y alegres que ni las bombas, ni los disparos, ni los venenos, ni los punzones han logrado entristecer ni entornar. Porque desde su retiro, en ese mas allá tan presente, sólo resbala alguna lágrima por sus caras cuando ven que tú –que eres de los suyos- les traicionas con tu silencio.