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Tribuna libre

Inquietantes extrarradios de París

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Bajaban a París por la Fiesta Nacional y a veces también por la Nochevieja, con una ostentación de zapatillas nuevas y chándales blancos, gafas de sol, colgantes de oro, peinados raciales y un aire de violencia de barriada. Con ellos siempre había jóvenes sumisas y atentas a la epifanía del macho a través de la fuerza. Del extrarradio a la ciudad, los “beurs” ponían miedo en los vagones de cercanías y asustaban con su potencialidad atlética al burgués de tipo pícnico cuando los fuegos de París eran sólo la huella de un cohete por el aire. Desde las calles del Sena o de los Santos Padres se diría que en Francia la dulce no hay un solo magrebí: habitan las afueras de las afueras, una arquitectura de espíritu brutal, sin ley ni orden, con estupefacientes, pintadas, mezquitas sospechosas en garajes y, en general, toda la norma escenográfica de la degradación suburbana. Es una civilización tendente a cero, antonímica de la ciudad, menos habitable que una selva, donde tienen su patria todos los delitos, sin familia ni escuela, sin arraigo. Allí la policía siempre ha de perder porque lleva muchos años sin entrar. Cuando los morenos pobladores del departamento 93 llegaban a París, la reacción era pasar la tarde en casa o huir al campo, como una táctica de los cinismos que nos permiten convivir. Ha habido cinismos peores y se ha afirmado la naturalidad del delito siempre que fuera algo ajeno y menor, lejano de las graves competencias del Elíseo. Hay que pulsar todos los resortes del lenguaje que puedan expresar apocalipsis aunque apenas sepamos si estas noches de fuego resultan de una larga cocción o tienen la condición efímera de un soufflé. La realidad es que en Francia hay una generación perdida, comprada por el sustento mínimo del paro y una permisividad paternal para que el país perviva como oasis. Ahí se incubaron juntamente el rap aljamiado y el vandalismo a modo de sistema, con los efectos de una profecía funesta para Europa, de Lille a Noisy-le-Grand y de Melilla a El Ejido. Hablamos de franceses de nacimiento que silbaron la Marsellesa como una demostración de que ni siquiera aceptaban un país cuya bandera fuese “Black, blanc, beur”; más tarde vendrían el antisemitismo y los incendios hasta la pira final. Entre la argumentación de la rabia y la fiesta de la destrucción, el pensamiento es que la violencia es un humus y se pierde su consideración como voluntad: lo siguiente en perderse es la noción salvadora del imperio de la ley. De ahí que contra el delito se proponga con urgencia e inocencia la construcción de bibliotecas y centros deportivos, quizá para que los vuelvan a quemar. Los casos más graves aprenderán en un reformatorio técnicas de relajación, composición floral y masaje shiatsu. En la terraza del Flore, mientras tanto, todo el mundo se sonríe entre peonías y bebe largas flautas de champán aunque los bárbaros llamen a la puerta para iniciar la trama del fuego contra Francia. Nunca pasa nada en el oasis.

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