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Tribuna libre

Irak como premonición de la guerra en Irán

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Vendrán tiempos duros para los norteamericanos porque saben ganar batallas, pero se muestran incapaces de ganar guerras.

En vísperas de la ocupación de Irak por parte de EEUU, en Rusia a menudo se contaba este chiste: «Un estadounidense le comenta a otro: ¿cómo se escribe correctamente el nombre de ese país? ¿Irak o Irán?».   Sospecho que, hoy en día, la mayoría de los habitantes de los Estados Unidos saben con total certeza dónde se encuentran sus soldados, y también adónde es muy posible que se dirijan dentro de nada. La guerra de Irak ha devenido una especie de premonición de la guerra en Irán. La similitud no está en la proximidad geográfica de los dos países, ni tampoco en lo parecido de sus nombres, sino en la actitud que la Casa Blanca mantiene, bajo la dirección de Bush hijo, cuando se trata solucionar problemas políticos complejos: la doctrina del ataque preventivo contra todo adversario, sea real o potencial.   Porque si en el caso de Irak, bastó la sospecha de que Bagdad tenía armas de destrucción masiva para lanzar la invasión; en el segundo, EEUU llama a emplear la fuerza contra Irán sin haber demostrado debidamente que el régimen de Teherán representa una amenaza objetiva para el mundo, ya que la OIEA, el organismo más entendido en la materia, de momento nada puede decir al respecto.   Son similares también las fases psicológicas de preparación para la campaña militar, el cruce de declaraciones belicosas. Saddam Husein se comportó como si fuera Arnold Schwarzenegger jactándose de su masa muscular; ahora, Ahmadinejad no pierde ocasión de lanzar palabras acerbas contra Washington, exhibe el poderío militar de su país en el Estrecho de Ormuz, amenaza con destruir Israel y se vanagloria de haber enriquecido uranio. Y de poco sirve que los especialistas en energía nuclear y misiles consideren que la mayor parte de lo declarado por el presidente iraní es una tomadura de pelo que nadie, salvo los propios iraníes, puede creer. Por su parte, Washington también actúa según un esquema viejo: moldea la opinión pública mundial mediante mensajes que intentan convencerla de que estamos ante el enemigo más pérfido de la humanidad, al tiempo que exige adoptar sanciones en Naciones Unidas y pide unidad en las filas de sus aliados y demás miembros del Consejo de Seguridad.   De momento, la posibilidad teórica de evitar la guerra existe, pero va disminuyendo conforme pasa el tiempo. Curiosamente, en principio, todas las partes implicadas coinciden en que para convencer a Teherán de la necesidad de actuar con circunspección es necesario que las potencias que con el gobierno iraní negocian hagan gala de una inquebrantable firmeza. Sin embargo, al poco surgen contradicciones porque Washington intenta imponer su propio concepto de unidad, a saber: la cohesión de todos los grandes países en torno a su postura. A este respecto resulta representativa la reciente declaración, publicada en el periódico español La Vanguardia, del General Anthony Zinni, ex Comandante de las Fuerzas Norteamericanas en Oriente Medio: si la comunidad mundial no se muestra solidaria con respecto a Irán y las acciones de éste gozan de suficiente apoyo por parte de Rusia y China, la situación se complicará enormemente, y aumentará la probabilidad de una operación militar.   Y es de suponer que esa operación militar se desarrolle siguiendo el mismo esquema que en Irak, y que a la larga, “el Schwarzenegger iraní” también sea vencido. Pero luego vendrán tiempos duros para los norteamericanos porque saben ganar batallas, pero se muestran incapaces de ganar guerras. Ahora mismo no saben qué hacer con el pueblo de Irak... Los rusos tienen a este respecto un chiste:   «—Tío, cacé un oso. —Qué bien, tráelo. —Es que no se deja...»   Ahora mismo, Irak tampoco se deja... Y llegado el caso, Washington puede verse frente a un problema insoluble: ¿qué hacer con un Irán ocupado?   Por otra parte, no conviene ignorar que hay diferencias entre los casos iraquí e iraní. En esta ocasión, la Casa Blanca, escaldada por la amarga experiencia, hará todo lo posible para convencer a la ONU y a sus aliados europeos de que no hay otra salida sino lanzar una intervención contra Irán, objetivo en aras del cual ya se han iniciado acciones enérgicas. Máxime teniendo en cuenta que, dado el desarrollo de los acontecimientos en Irak, muchos políticos occidentales (y de Moscú y Pekín ni hablamos) de momento no quieren ni oír hablar de una nueva campaña militar. Igual que en el caso de Irak, antes de la intervención se deberían adoptar medidas preliminares, fundamentalmente sanciones contra Teherán por parte del Consejo de Seguridad de la ONU. Pues bien, Moscú, por boca de su ministro de Asuntos Exteriores, ya ha hecho constar lo absurdo de tales propósitos y, junto con Pekín, insiste en seguir sosteniendo negociaciones.   En cualquier caso, no me cabe la menor duda de que en Washington se dan perfecta cuenta de que las sanciones no van a resolver el problema: desde su punto de vista, sirven sólo para demostrar quién lleva razón. Y, una vez aplicadas, para dejarles las manos libres y lanzar una operación militar.   Todo eso se lee claramente entre las líneas de lo recientemente declarado por Condoleezza Rice: «El Consejo de Seguridad de la ONU tiene aquello de lo que el OIEA carece: la capacidad para asegurar por vía de apremio y mediante el Capítulo VII de la Carta de la ONU, el cumplimiento de la voluntad del sistema internacional por un país miembro de la ONU». Lo único de lo que aún no ha hablado la señora Rice es de que el capítulo de la Carta por ella citado prevé, entre otras cosas, emplear fuerza armada contra el «renegado».   En resumidas cuentas, parece que EEUU ya ha girado otra vez el reloj de arena. Falta por saber si esta vuelta será la última...