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Irán: dos potencias frente a frente

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La hipotética confrontación entre EE.UU. e Irán no convendrá a nadie. Pero, ¿desde cuándo eso es un impedimento para la guerra?

Si decimos las cosas como son, el largo proceso de intento de arreglo del problema iraní recuerda a la lucha carente de perspectivas entre el individualismo irracional y el no menos irracional colectivismo. Por un lado, dos individualistas, Irán y EE.UU., no hacen más que impugnar todas las variantes de solución del conflicto, salvo la militar; por otro, el “raciocinio colectivo” de los intermediarios se ve enfangado en sus propias contradicciones, lo que no guarda relación alguna con un “intento racional” de resolver el grave problema.

Podríamos pasar por alto el intercambio de declaraciones y evasivas pacífico-protocolarias de Teherán y Washington: se enfrentan dos intereses egoístas que se anulan mutuamente, siendo de notar que, en realidad, el problema atómico, ampliamente debatido ahora, en modo alguno es principal.

De hecho, lo principal para Teherán es el reconocimiento internacional de Irán como potencia regional que lleva la voz cantante en el Gran Oriente Próximo. El arma atómica equivaldría a los galones de general en el nuevo uniforme, así como más prestigio en cualquier juego político. Al mismo tiempo, hay que comprender que las ambiciones de Teherán no han surgido de la nada. Irán es consciente de que ya tiene al alcance de la mano el desempeño de un papel más importante y de que el abandono del rumbo actual frenará en muchos aspectos su desarrollo. Por esto precisamente defiende con rabia su política.

Por su parte, para EE.UU. el arma nuclear iraní es indudablemente un factor indeseable, pero no principal. Procede señalar que a Washington no le irrita el estatuto de potencia nuclear que posee Paquistán. Lo principal es la aspiración que Irán alberga de convertirse en potencia regional, lo que contradice los intereses norteamericanos en la zona. Por consiguiente, la superpotencia no está interesada, ni en lo más mínimo, en compartir la capacidad de influencia con Teherán.

Por último, EE.UU. se da cuenta de que la transformación de Irán en potencia regional no viene acompañada de cambios internos radicales en el país. Nadie ha suprimido el régimen de los ayatollahs en Irán y, por esta razón, desde la óptica estadounidense, permitir que Irán incremente su poderío equivale a conceder libertad de desarrollo al peligroso enemigo potencial. Y, ¿quién, estando en sus cabales, se va a crear dificultades a sí mismo? Por ello, la Casa Blanca quisiera solventar el inevitable problema cuanto antes y con las menores pérdidas posibles, en el convencimiento de que el paso del tiempo no hará sino empeorar su situación. 

En cierta medida, el pulso político de Teherán y Washington se asemeja al demencial reto de dos conductores que lanzan sus vehículos a una carrera enloquecida. El choque será inevitable, a no ser que uno se desvíe; pero el que lo haga, perderá. Claro, que si se produce el choque, perderán ambos.

La guerra hará que Irán deba renunciar durante mucho tiempo a su sueño más querido: predominar en la región, sin hablar ya de la creación del arma nuclear. Para EE.UU., las consecuencias de un conflicto armado no serían tan trágicas, pero sí dolorosas especialmente en el contexto de los actuales problemas insolubles que afrontan en Iraq.

Si el enfrentamiento no ha estallado aún es porque Washington no olvida la reacción de la comunidad internacional ante la guerra iraquí. Ésa es la razón por la que no escatima esfuerzos en aras de demostrar a todo el mundo que su deseo es resolver el problema por la vía de la negociación, a través de la ONU y con ayuda de intermediarios. Está claro que se trata de un paripé; además, el plazo asignado a esta manifestación de respeto al derecho internacional toca a su fin.

Teherán tampoco es sincera, y cambia de posición hasta tres veces al día. Pero tampoco su gobierno podrá maniobrar infinitamente. En opinión de algunos analistas, intentan aprovechar el tiempo que les queda antes de las elecciones presidenciales en EE.UU. Es una opinión que no comparto. Los iraníes se dan perfecta cuenta de que en muchos aspectos las actuales consignas pacifistas en Estados Unidos obedecen a la situación preelectoral y, naturalmente, se producirán cambios en la política exterior a raíz de las elecciones, pero la élite washingtoniana —indistintamente de su militancia en tal o cual partido— interpreta casi del mismo modo los principales intereses norteamericanos en Oriente Próximo. De esta manera, los problemas para Irán permanecerán, independientemente de quién sea el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Además, el plazo de Bush no caduca mañana.

No voy a demostrar que la paz es mejor que la guerra. Pero he de decir que por sí solas las peroratas sobre la paz no la garantizan, y que la irracionalidad florece no sólo en los países que he dado en llamar “individualistas”. Antes de tratar de persuadir a alguno de los “contendientes” potenciales, los numerosos intermediarios deberán hallar un lenguaje común, tarea en la que no siempre tienen éxito. En lo que respecta al problema iraní, el “sexteto” de intermediarios sólo ha podido formular una sola oferta importante: propuso a Irán enriquecer uranio en territorio extranjero bajo la supervisión de la OIEA. Irán declinó esa propuesta verdaderamente razonable, formulada por la parte rusa. Y ya está.

Bien es cierto que, en esencia, es irracional el mero intento de reconciliar a EE.UU. e Irán y ello por el problema que considero de segundo orden, el nuclear, no por el relativo al enfrentamiento entre la creciente potencia regional y la superpotencia vieja. Por último, parece absurdo que un actor del conflicto, Washington, sea al mismo tiempo parte interesada e intermediario. Por esto no es de sorprender que el “sexteto” no pueda llegar a un acuerdo.

Naturalmente, la hipotética confrontación entre EE.UU. e Irán no convendrá al Gran Oriente Próximo, ni a la ONU y menos aún a la gente sencilla. Pero, ¿desde cuándo eso es un impedimento para la guerra?