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Israel vota por la paz

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Si fracasa el proceso de paz, los palestinos tendrán muy pocas coartadas para convencernos de que son ajenos a toda culpa.

Desde su constitución como Estado en 1948, Israel permitió al pueblo judío descolonizarse de una metrópoli sin fronteras dibujadas en los mapas, puesto que su dolosa cartografía se hallaba sólo en las mentes movidas por el odio. Pogromos, caricaturas infamantes, cristales rotos, estrellas amarillas y una «solución final» explícitamente genocida fueron las gestas gloriosas de esta metrópoli carente de límites temporales, territoriales y, sobre todo, morales. Antisemitismo. Para muchos, una patria sin bandera.   Mas el sueño de construir sin sobresaltos un hogar nacional en tierras seculares, Eretz Israel, se truncó de inmediato. Como una nueva manifestación del sino adverso que desde el Antiguo Testamento ha marcado a los descendientes de David, ya en el mismo comienzo de su andadura el Estado judío hubo de enfrentarse a siete ejércitos como siete plagas –los egipcios, esta vez, se tomaban la revancha– para defender su mero derecho a existir. Por mucho que después se haya enmarañado el conflicto, nunca debe olvidarse que en su origen se halla el incumplimiento unilateral por parte de los países árabes de una resolución de la ONU muy clara en sus términos. ¿Acaso menos que otras que han venido después?   Casi sesenta años más tarde, y habiendo atravesado por muy diversos avatares, la situación política en la zona es significativa. La práctica inmediatez de los procesos electorales que se han celebrado en Palestina y en Israel permite un enfoque sincrónico de ambos, sin distorsiones creadas por inercias o por circunstancias en trance de superación. Mientras los palestinos otorgaron su confianza mayoritariamente a un movimiento islamista que niega todo tipo de legitimidad al Estado de Israel, justifica el recurso a la violencia para liquidarlo y considera sin validez alguna los acuerdos alcanzados hasta ahora, el pueblo israelí se ha decantado por dar el poder a dos partidos, Kadima y Laborista, que coinciden en su intención pacificadora.   Así pues, frente a la marea de banderas verdes que por las tierras de Gaza y Cisjordania se despliegan en son de guerra, el nuevo Gobierno de Jerusalén seguirá con el plan ya establecido por Sharon de retirada paulatina de asentamientos en los territorios ocupados. El arrinconamiento del Likud de Netanyahu y la alta abstención en los comicios –síntoma de que no existe una gran movilización contra la política de quien ha sido ganador previsible, Ehud Olmert– indican que los israelíes han votado por la paz. Dadas las circunstancias, si fracasa el proceso, los palestinos tendrán muy pocas coartadas para convencernos de que son ajenos a toda culpa. Y no sería la primera vez.

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