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Juan Pablo II

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Juan Pablo II ha dejado a la Iglesia, a los católicos y a todos los hombres de buena voluntad un legado impagable

Ha pasado un año desde que Juan Pablo II “regresó a la casa del Padre”. Un año que ha servido para agigantar su figura y para corroborar tres de las impresiones que transmitía –en vida- su figura: estamos ante una de las personalidades más importantes del siglo XX; ha sido uno de los Papas más grandes de la historia de la Iglesia y es un santo que pronto, Dios mediante, estará en los altares.   Además, puede hablarse de él como el Papa mediático, el Papa de los jóvenes, el Papa que sabía cómo llegar a las multitudes, el Papa actor que modulaba a la perfección sus gestos y su voz y –en los últimos años- el Papa del dolor. El enfermo que dio un ejemplo impagable a quienes sufren en lo físico y a quienes deben llevar, de cerca, una enfermedad.   Pero es ahora, pasado un año -cuando mucho de aquel “folklore” que acompañaba al Papa polaco se ha difuminado en el tiempo-, el momento en que se agiganta la figura del filósofo, del pastor, del padre y del Papa que supo guiar a la Iglesia tras los pasos marcados por el Concilio Vaticano II.   Es ahora cuando emerge la figura del Arzobispo de Cracovia como uno de los impulsores más conspicuos del Concilio y como uno de los defensores más aguerridos de lo que el Vaticano II ha supuesto para la Iglesia.   Es ahora cuando las etiquetas de conservador en lo moral y avanzado en lo social resultan ridículas.   Es ahora cuando sus viajes alcanzan toda su dimensión pastoral, desde la Cuba de Fidel Castro hasta el África profunda, pasando por MéjicoFátima o su Polonia natal.   Es ahora cuando sus estancias en España cobran sentido y jornadas como las de Cuatro Vientos, la plaza de ColónÁvila o Santiago de Compostela llenan de recuerdos y vivencias a jóvenes y no tan jóvenes.   Es ahora cuando el poeta de la Sixtina o el escritor romántico del matrimonio en el “Taller del Orfebre” se sitúa como el gran filósofo cristocéntrico entregado por completo al estudio del hombre en su dimensión más trascendente.   Juan Pablo II ha dejado a la Iglesia, a los católicos y a todos los hombres de buena voluntad un legado impagable. Parte de ese legado, y no la parte menos importante, es - que nadie lo olvide- su sucesor. Benedicto XVI, con sus características personales, pastorales e intelectuales, es el sucesor por antonomasia de Juan Pablo II y esa sucesión, con independencia de la ininterrumpida desde San Pedro, es uno de los tesoros más incalculables que Juan Pablo II ha dejado a la Iglesia.