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Tribuna libre

Juguetes sexistas

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Tal vez jugar a indios y vaqueros enseñaba poco buenismo pero a cambio inculcaba valores como competitividad, tenacidad, justicia y liderazgo.

Quizá tengamos todos una culpa remota que expiar porque la felicidad de nuestra infancia fue jugar a indios y vaqueros y no a cooperantes de oenegé. Con el tiempo, es posible que surjan otros juegos, más acordes con el Zeitgeist: fachas y okupas, por ejemplo, o médicos y enfermeros en vez de médicos y enfermeras. La corrección política es una entidad flotante sobre la cabeza de los niños, difícilmente supervivientes a la insania buenista y experimental del gremio de los pedagogos. Las campañas en pro de juguetes no sexistas, por ejemplo, han causado depresiones a tantos padres de progreso que de pronto ven que su hijo celebra el gol de España, prefiere mancharse en el barro que aprender punto de cruz y una vez dijo que a las niñas no hay quien las entienda. Extirpar arraigos y certidumbres es, sin motivos muy claros, una de las batallas del zapaterismo, como si la propia deriva de este tiempo no los hiciera aún más necesarios. Eso se ha visto en una política de muy escasa simpatía hacia la familia. En realidad, ya los ritmos propios de la sociedad aceptaban que una niña se diese de codazos al perseguir un balón.

Un afán reglamentista caro al socialismo lleva a considerar a la infancia como dominio del buen salvaje sólo hasta el punto en que se puede convertir al niño en homúnculo de progreso. De pronto el niño es cruel y se pega con otros niños y el buen salvaje, en realidad, tenía pecado original. En cuanto al sexismo, se opta por entender que uno es un lienzo en blanco cuando el trabajo del tiempo y la naturaleza ponen las cosas en su sitio y todo artificio es peligroso. Hoy por hoy no tiene la mejor consideración de la moda pero un entendimiento de lo natural con todas sus volubilidades será mejor –incluso en términos muy pragmáticos- que el juego frívolo con la identidad. Ahí es harto curiosa la insistencia de la vida en ser sexista y eso tal vez no sea un azar.

Una estirpe de tanto socialismo como la de Antonio Machado le planteó una infancia de héroes clásicos pero ahora el socialismo en educación ha degenerado en pintar una y otra vez la paloma de la paz. La educación para la ciudadanía, como efecto traumático, será peor que haber recibido unos azotes: primeramente, se hizo una generación de hombres incultos y luego llega una generación de hombres del todo desarmados de criterio. En cuanto al juego, el homo ludens se instaló en las concejalías de modo que la cultura es participación, la familia no es la familia, los niños son buenos, los inmigrantes son mejores que nosotros y el sexo es una modalidad del atletismo. El hombre, sin embargo, no puede vivir sin los gozos de la culpa y aún rigen en occidente dos pecados: fumar cigarrillos y comer hamburguesas. La mayor diferencia es que al progresismo le basta con las culpas ajenas. Respecto a los juegos sexistas, tal vez jugar a indios y vaqueros enseñaba poco buenismo pero a cambio inculcaba valores como competitividad, tenacidad, justicia y liderazgo. Las muñecas, como se sabe, sirven para que las niñas las acunen y los niños las sofalden. Hay cosas que no puede cambiar ni el socialismo.

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