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Lapsus calamitoso

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Tras ser liberado de prisión por los jueces de la Audiencia Provincial de Barcelona, Mohamed Kamal Mustafá, el tristemente célebre imán de Fuengirola, prometió evitar en lo sucesivo cualquier otro «error de pluma» al traducir los textos sagrados del islam. Es decir, que la justa indignación causada por su pedagogía del maltrato sin dejar señales y la sentencia condenatoria a un año y tres meses de cárcel se debieron, simple y tontamente, a lo que en lingüística se conoce como lapsus cálami, pifia textual sin importancia mayor, por lo común, que la que tiene una manchita de aceite en la corbata. Por lo común, recalco. Fue Oscar Wilde quien entre sus muchos lapidarios ingeniosos nos legó uno a este respecto. Tenga usted cuidado –aconsejaba– al consultar un libro de medicina: podría acabar muriendo de una errata. Otras veces, por contra, al «error de pluma» podríamos atribuirle el mismo beneficio que tuvo el vino para Lázaro de Tormes, que lo que le enfermó, luego le sanaba. Tal podría atestiguar Ana Rosa Quintana, cuya incursión en la narrativa surgió de un megalapsus cálami operado por su ordenador. A causa de un virus rarísimo, en vez de borrársele el disco duro le acabó saliendo una novela. En ocasiones resulta difícil no creer en alguna suerte de inteligencia demiúrgica que orientase en una dirección determinada la errata y el error. Uno tiende a pensar que estos fenómenos son azarosos, fruto de la premura o de alguna deficiencia, bien en el dominio del idioma, bien en el conocimiento cabal sobre lo que se escribe. En el caso del imán de Fuengirola, se le podría haber ido el tiro textual por otros derroteros. El error podría haber consistido en especificar que no se golpease a las mujeres o que, ya puestos, se les dejase marcas bien visibles y notorias. Pues no: enseñaba a pegarlas sin rastro delator. Gran casualidad. Por lo menos ahora este Don Limpio de la Mezquita, este caballero que tras la refriega no deja ni huella, admite la posibilidad de haberse equivocado. Es un avance, porque cuando se dictó la sentencia, antes de su ingreso la cárcel llegó a afirmar que su confinamiento se debía al mero hecho de haber traducido las palabras sagradas del Corán. Allí ha permanecido sólo veintidós días de los más de cuatrocientos cincuenta a que estaba condenado. Los jueces sabrán por qué. Y quizá no estén exentos de toda responsabilidad si este sujeto vuelve a incurrir en otro lapsus cálami de los suyos, que no sé si por pura coincidencia o por esa misteriosa fuerza demiúrgica, se parece mucho a lapsus calamitoso.