Miércoles 20/09/2017. Actualizado 01:00h

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Tribuna libre

Lección del dolor

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A Pedro lo tenían atado a una camilla, desde los pies hasta la frente. Y lo alimentaban con pericia y paciencia, mientras en su locura trataba de patear todo aquello que tenía alrededor.

A Pedro lo tenían atado a una camilla, desde los pies hasta la frente. Y lo alimentaban con pericia y paciencia, mientras en su locura trataba de patear todo aquello que tenía alrededor. No descansaba ni un minuto en su empeño por revolverse sobre sí mismo. Y a la hora de comer, el ritual de siempre, salvaje e irracional. Como era de los veteranos, todos sus compañeros conocían sus peculiares costumbres y ya no se asustaban al verlo.

En aquellos pabellones la luz del sol entraba en diagonal, regando el suelo de contrastes y sombras. Los techos, altísimos, amplificaban cada grito, y los llantos y las risas se enredaban formando una tormenta de ecos. Casi todo estaba roto, rayado, o gastado, pese al empeño de los responsables del centro por cuidar aquellas instalaciones. De cualquier habitación salían voces de sufrimiento o de alegría, como si un mundo al margen del resto creciera en cada esquina. Los pasillos eran interminables y las puertas de cada sala, muy anchas, lo suficiente como para que pudieran pasar las camillas y sillas de ruedas que circulaban sin descanso por esta residencia de niños abandonados, con transtornos psquiátricos y físicos.

Jaime, de cuatro años, arrastraba una tristeza en la mente y otra en el corazón: la de no haber conocido a sus padres. Estaba solo, sentado en el suelo acolchado, junto a la ventana. Lo cuidaban día y noche para que se integrase, pero él, a diario, sólo quería rodar un rato su aro y volver a perder la mirada en el infinito cielo gris de su mañana. Sentía desinterés incluso por el propio desinterés. Una ventana a la nada, al fin y al cabo, porque todo cuanto podía esperar en este mundo estaba dentro de aquel recinto. Lo sabía, pero quizá no era consuelo suficiente. Al otro lado de esos muros no había nadie dispuesto a ayudarle a tratar su enfermedad, ni su tristeza. Demasiado joven para entenderlo y entenderse.

Yo pasé buena parte de la mañana con Saulo, un chico delgado, de piel muy tostada, que rondaba los cinco años. Estaba recostado en una silla de ruedas con respaldo regulable. Durante los primeros instantes no comprendía por qué llevaba tantos cinturones de seguridad. Al menos, uno en las piernas y otro en la cintura. De pronto, cuando apenas había comenzado a hablarle, su cuerpo comenzó a sacudirse, se estiró violentamente y se endureció como una tabla. Su mirada se volvió blanca, y perdió la consciencia. Al poco rato, como si nada, sus músculos volvieron a la normalidad y su mirada recobró vida. Le sucedía constantemente. En ocasiones se quedaba inmóvil, y en otras convulsionaba con violencia. Pregunté a la gente del centro y en seguida me explicaron que Saulo sufría estos espasmos cada pocos minutos.

Luego estaba John, que corría con un objeto en la mano como si estuviera a punto de apuñalar a alguien. Estaba loco, pero nada más. No era peligroso. Se pasaba todo el día corriendo sin descanso por los inmensos pasillos del sanatorio, persiguiendo y amenazando a algún enemigo imaginario. Y también estaba allí Sofía, que sufría una avanzada enfermedad degenerativa, que le obligaba a vivir junto a alguien que pudiera hacerlo todo por ella.

Todo esto era en Portugal a mediados de los 90. Y pese a aquel estremecedor panorama de aullidos desesperados, llantos agonizantes y ataques epilépticos, en el ambiente no se respiraba ni un poquito de tristeza. Sino una alegría que a veces, incluso resultaba algo molesta, por inoportuna.

A la hora de la despedida, Saulo, en uno de los pocos minutos de consciencia que me regalaba entre convulsión y convulsión, centró su mirada en mis ojos y, me disparó una gran sonrisa. Le brillaron los ojos como si quisiera agradecerme en un sólo gesto, en un intenso segundo, aquella mañana tan divertida que estábamos pasando. Al minuto, su sonrisa se congeló, sus ojos se nublaron, sus piernas, sus brazos y su pequeño cuerpecito volvieron otra vez a la rígidez. Entonces, vinieron a llevárselo para comer. Corrí junto a él hasta la puerta del comedor, y allí en el umbral de nuestra despedida, recuperó la consciencia, y pude tenderle la mano a toda prisa para agradecerle la lección.

Desde entonces no he olvidado la punzante paradoja. La única tristeza que había aquella mañana en el centro infantil la traíamos nosotros dentro. Los del mundo perfecto.

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