Sábado 03/12/2016. Actualizado 01:21h

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Tribuna libre

Legislar las fantasías eróticas

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El invento del concepto de “ley natural” ha servido de base para la elaboración de una teoría que han utilizado los poderes fácticos de este mundo para tratar de justificar los dogmas que convienen en cada momento. Desde la Iglesia hasta el Gobierno de Zapatero, tratan de imponernos sus ideas amparándose en lo que es supuestamente natural a la condición del ser humano.

 

Concretamente, el concepto de “matrimonio” como célula primigenia de la sociedad, como ámbito elemental de la socialización del individuo, se ha asentado tradicionalmente sobre dos dogmas: hombre y mujer, y por lo consiguiente, dos personas.

 

El Proyecto de Ley de Reforma del Código Civil aprobado la semana pasada en el Congreso modifica dicho ordenamiento jurídico en 16 artículos. Básicamente los cambios se traducen en la sustitución de las palabras “marido” y “mujer” por “cónyuges” y las palabras “padre” y “madre” por progenitores. Hasta aquí no se plantea ningún problema.

 

El dogmatismo de esta reforma se basa en la ampliación del artículo 44 con la siguiente coletilla: “El matrimonio tendrá los mismos requisitos y efectos cuando ambos contrayentes sean del mismo o de diferente sexo”. He aquí la falacia que intenta colarnos el gobierno socialista: “ambos”. ¿Ambos? ¿Por qué sólo dos?

 

Como se ve, los instigadores de esta reforma parten de un dogma, de un concepto de matrimonio preestablecido: el matrimonio es cosa de dos. Con el mismo argumento que los socialistas acusan a las fuerzas más reaccionarias de este país se le puede sacudir a nuestro Ejecutivo. Si realmente no existe un orden natural que predefina el concepto de matrimonio, y por tanto, se trata de algo coyuntural el hecho de que sea entre un hombre y una mujer, ¿por qué se nos impone ahora que tiene que ser cosa de dos como una premisa estructural?

 

No veo que esta reforma siga una lógica consecuente, si nos decidimos a “liberalizar” el concepto de matrimonio, si apostamos por arrancarle todo el lastre dogmático que esta institución arrastra, no comprendo por qué mantenemos como un hecho incontestable la segunda premisa: es cosa de dos.

Hay que ser coherentes con la lógica que mueve nuestras acciones, con el discurrir de los razonamientos que nos llevan a legislar de una determinada manera, si no, recaeremos una y otra vez en tradicionalismos y rancios prejuicios.

 

El mismo Consejo General del Poder Judicial ha señalado en su informe que “la heterosexualidad es un elemento constitutivo esencial del propio concepto de matrimonio: el matrimonio o es heterosexual o no es”. El Gobierno ha criticado la afirmación “elemento constitutivo esencial” desde la que razonan los jueces, pero ellos han caído en la misma trampa al presuponer otros “elementos constitutivos esenciales”.

 

El Ejecutivo podrá decir que “los tríos o más” no son una demanda social, pero se llevaría de nuevo a engaño: si consultamos a Lorena Berdún puedo asegurar que tendrá datos estadísticos fehacientes que demuestren que un importante porcentaje de españoles tienen fantasías eróticas de prácticas de sexo en grupo. Además, muchos lo practican, añadiría nuestra prestigiosa doctora si se le preguntase.

 

Hay que escuchar las demandas de la sociedad, por lo que no me parece democrático que se hagan reformas a medias. Seamos consecuentes: si nos cargamos el concepto de matrimonio tradicional hagámoslo de verdad, para siempre, eliminando todo tipo de cortapisas. Si no hay orden natural, ¿con qué autoridad pueden imponernos la dualidad?

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