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Leyendas doradas – Flores de santidad – Breves ejemplos de los santos

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Las vidas de santos eran un ‘exemplum’ fabuloso, siempre a medio camino de lo divino y de lo humano, con su humor y su piedad, con crueldad y dramatismo y la exageración de la literatura.

Algún día habrá rave parties en las catedrales como ya hay spas en los monasterios y unos pocos hombres corajudos tendrán que huir a la Patagonia a refundar una Europa basada en la convicción y no en el eco-esnobismo. De momento, los niños del mañana no sabrán el nombre de los ríos y alguien les quitará el viaje de la imaginación que era pronunciar ante el atlas el exotismo de las capitales más remotas. Les sustraerán la música de Rubén Darío, la toma de Granada que cerró España. Les apartarán de la Historia Sagrada, el lenguaje del Génesis, los sueños de José, la terrible voz de los profetas; el maná, cada mañana, sobre las arenas del desierto, con puntualidad divina. Tal vez subsista la paloma de la paz, en su edición laicista. A cambio, la educación para la ciudadanía les hará repasar una y otra vez la vida de San Manuel Azaña y Santa Rosa Luxemburgo, tan irrelevante ante Santa Rosa de Lima. Es mucho lo que se pierde.

Es mucho lo que se pierde, ante todo en educación sentimental: no hace tanto, cualquier casa tenía su ejemplar de Quo Vadis o Fabiola, una Biblia para niños, el misal del abuelo, un devocionario, un florilegio de las vidas de los santos. Todo puede parecer un poco naïf, al menos en comparación con los videojuegos donde dan puntos por atropellar ancianas y apalear inmigrantes. Las vidas de santos, por el contrario, eran un ‘exemplum’ fabuloso, siempre a medio camino de lo divino y de lo humano, con su humor y su piedad, con crueldad y dramatismo y la exageración de la literatura. Entre los santos hubo emperadores y reyes, duques y pastores, señoritos, mendicantes, viajeros y guerreros, cancilleres y porteras, vírgenes y prostitutas –más bien exprostitutas-, sabios del mundo y locos de Dios, vencedores todos de la ironía que es la vida. Por haber, ha habido incluso canonistas. Al final, casi todos se parecen en esa magna tertulia que es el cielo donde, sin embargo, esperamos que se nos ahorre la presencia de ciertas bellísimas personas que de seguro estarán allí, etc. Santos habrá hasta el final del tiempo porque si no, el mal mundo dejaría de sostenerse. Por la televisión, por ejemplo, hemos visto a Juan Pablo II, a Teresa de Calcuta. Hay muchos más, están entre nosotros, ocultos pero activos como agentes de la CIA, peligrosísimos espías del cielo, con poderosos ejércitos de ángeles, aliados a perpetuidad de lo invisible. En buena parte, la fisonomía de Europa es la historia de sus santos, capaces de cambiar el mundo en un gesto de determinación o de extinguirse, poéticamente, sin que nadie sepa nada.

De los Reyes Magos se dijo que son el mejor ejemplo del saber humano: según sus cálculos científicos, pierden la estrella, llegan tarde al portal, avisan a Herodes para que este degüelle a cientos de Inocentes; finalmente, ofrecen a Jesús regalos de inutilidad perfecta. Casi todos los santos sienten en algún momento el humor de Dios, como aquel predicador que, regocijado tras echar su fervorín, se recoge ante el Crucifijo para que este le diga: ¡qué bien he predicado hoy!, o el Cristo que asiente ante san Juan Gualberto. Para atraer a los indios a su prédica, san Francisco Solano se servía del violín. Santo también musical, allá en el Perú, Toribio de Mogroviejo quiso que se cantara el In te, Domine, speravi en la hora de su muerte. Seis meses antes de la muerte de san Nicolás de Tolentino, cada noche, a la hora de maitines, le daban música los ángeles, mientras él intuía así la vecindad de su final. A San Juan de la Cruz le leían fragmentos de tremendo terror y pidió, poeta hasta su agonía, que leyeran el Cantar de los Cantares. Su cuerpo desprendía olor de santidad, similar, según se dice, a un intenso aroma de violetas.

La humildad, el anonadamiento, la capacidad de negarse a sí mismos que tuvieron los santos es algo admirable, al menos muy capaz de inspirarnos paciencia en horas de culto al cuerpo en el gimnasio. Todos fueron hombres de carácter. A san Buenaventura, no sin motivo apodado Doctor Seráfico, le llegaron los honores cardenalicios mientras fregaba la vajilla del convento: adujo que tenía las manos grasientas y que colgaran el capelo de la rama de un árbol. Indigno de morir como su Maestro, san Pedro pidió, piadosamente, ser crucificado boca abajo. Simeón el loco, tal vez el más clown del santoral, buscó la compañía de la sociedad desharrapada, mendigos, rufianes, rameras, al tiempo excéntrico y sublime: es muy común que a los santos, el parecer del mundo les importe una higa, y son de menor solemnidad de lo que se suele creer: el sacerdote san José Oriol afirmó preferir que la muerte le sorprendiera con una mujer antes que con una moneda en el bolsillo. San Pascual Bailón –Bailón es apellido- terminaba de ordenar la cocina, se recogía en oración y de pronto balbuceaba de alegría, se agitaba, bailaba ante una imagen de la Virgen. Atento a las contingencias de lo humano, un taumaturgo como san Pedro Regalado apaciguó con su bendición a un toro bravo que ponía pavor en la vía pública. Tras saber de las cornadas de la vida, la mayor certeza es que hay que creer en los milagros.

La literatura piadosa ha exaltado la condición única de los santos, de modo que han sido frecuentes las exageraciones bienintencionadas en materia de penitencias, milagros, asechanzas diabólicas y demás. Al cura de Ars, hombre de santidad patentísima, el diablo –“somos como viejos camaradas”- le movía la cama para no dejarle dormir. Al Crisóstomo, el diablo, irritado, llegó a volcarle el escritorio. De entre las maravillas singulares aunque mínimas puede citarse el caso de la campesina Notburga, a quien su capataz le revocó el permiso para rezar el Ángelus, momento en el cual la hoz que sostenía la santa quedó por milagro suspendida en el aire. Otra exageración tuvo por objeto a san Juan de Mata, tan precoz en la piedad que ya en su lactancia ayunaba cuatro días por semana, sin acudir al pecho más que una vez en día de ayuno. Santa Lidia o Lidwina fue famosa por penitencias humanamente repugnantes, que atrajeron al escritor Huysmans, católico al final pero bizarro siempre. Por mi parte, tengo vivas simpatías por Jonás, aquel profeta que siempre anduvo a la greña con Dios y que, enviado a Nínive, decidió encaminarse a Tarsis –Tartesos, España- allá en el fin del mundo, para luego indignarse porque el Dios terrible no descargó su ira contra los ninivitas. También es atractiva la imagen del archiduque Carlos, beatificado por Juan Pablo II, que supo llevar con tanto amor de Dios la pérdida del Imperio austro-húngaro, más o menos como perder la herencia familiar. Necio divino, San José de Cupertino se llamó a sí mismo y fue llamado Fray Asno: hombre del todo inútil pero humilde, expulsado de todas partes, singularmente manazas, dotado sin embargo del don de levitar al oír el nombre de Jesús o de María. De San Simeón Estilita también se cuenta que volaba como un pájaro –es decir, que volaba pero volvía a posarse en su columna. Desde allí aconsejaba a quien se lo pidiera, incluidos los monarcas de la tierra. Cojo, sordo y ciego, Pacífico de San Severino no valía para nada. Fue un ángel de bondad –de bondad no melosa, oreando en el silencio.

Santa Perpetua, en pleno martirio, aún tuvo tiempo para recogerse el pelo y no parecer desgreñada, símbolo de luto y de tristeza. De entre las tentaciones a los santos, las tentaciones a la castidad han sido famosas, y fueron resueltas con enorme contundencia: santo Tomás de Aquino echó a una cortesana de su cuarto antorcha en mano y, en el mismo trance, san Guillermo de Vercelli se tendió entre las llamas, invitando a la mujer a que yaciera con él. Al ver que las llamas respetaban al santo, la pecadora se convirtió. Santa Teodora fue también pecadora singular: cierto joven la embrujó para que cediera a sus impulsos y, una vez vuelta en sí, se disfrazó de hombre y se fue a un convento, donde se hizo famosa por sus mortificaciones. Acusada falsamente de ser padre de un niño, a Teodora no le quedó más que huir con su afán penitencial a la paramera del desierto. Terminó negra como un negro de Etiopía. San Juan de Egipto, en cambio, cedió ante una mujer fantasmal y, al ir a abrazarla, todo se disipó en un estruendo de alaridos y carcajadas de diablos, mientras el gran asceta se sumía en tremenda confusión. Santa Pelagia, cortesana y actriz, tiene por símbolos un espejo y una sarta de perlas. Santa Inés, en cambio, fue llevada a un lupanar y, por puro milagro, el pelo de su cabeza se extendió por todo el cuerpo. Poco antes del siglo XX, un buen número de jóvenes congoleños prefirió el martirio al lujurioso desorden de su rey.

Obviamente, entre los santos no ha habido grandes comilones, aunque san Macario fue confitero, pero se recuerda con cariño la obesidad del Aquinate y de Santa Isabel, ya no sé si de Hungría o Portugal, y es muy reseñable y nada azaroso el gran número de santos que ha habido entre clases menestrales y hosteleras. De algún modo, la gente que cocina para los demás ya parece medio santa.

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