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Tribuna libre

En la muerte de Liu Xiaobo, defensor de la libertad en China

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Un viejo amigo, entre conservador y ácrata, suele lamentarse de que la derecha, en los países occidentales, no cesa de copiar lo peor de la izquierda.

Un artículo de...

Salvador Bernal
Salvador Bernal

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Lo contrario sucede en China, donde el férreo sistema impuesto por el partido comunista impulsa el bienestar económico a través de un capitalismo más bien salvaje. Lo confirma la experiencia de Hong Kong cuando acaba de cumplirse un nuevo aniversario de la retrocesión, a la que me referí recientemente. Y explica la prevención de su arzobispo emérito, el cardenal Zen, ante un posible acuerdo de Roma con Pekín.

Más grave es la muerte de Liu Xiaobo, a quien el régimen de Pekín ha castigado con una severidad que debería hacer meditar a las potencias occidentales, infectadas de un triste espíritu de Múnich respecto de China. Ante intereses económicos o estratégicos inmediatos, no se calibra la responsabilidad respecto de los derechos humanos.

Se repite estos días, con razón, que occidente ha dejado solo al Nobel de la Paz, fallecido unos días después de la última cumbre del G-20 en Hamburgo, con presencia del máximo líder chino Xi Jinping. Nadie le ha reprochado nada en materia de libertades, o al menos no ha trascendido a los medios de comunicación.

Con la expresiva creatividad italiana, se ha escrito estos días que Liu habría recibido un trato muy distinto, en China como en occidente, si hubiera sido un oso panda: referencia intencionada al regalo de Xi Jinping a Angela Merkel en su reciente visita a Alemania.

La indiferencia de occidente no se sostiene en un mundo globalizado. No hay guerra fría que imponga medidas prudentes como ante los procesos de Hungría de 1956, o la represión por los tanques soviéticos de la primavera de Praga. En aquella época se producían graves contrastes en el modo de juzgar –con dureza o relativa comprensión- a las dictaduras de derechas o a las comunistas. Sólo hubo quizá una lucha decidida, casi unánime, contra el apartheid de África del Sur, y en defensa del futuro presidente, entonces preso, Nelson Mandela.

Estos días se recuerda que Liu Xiaobo y sus compañeros se inspiraron, tras la esperanza suscitada por los Juegos Olímpicos de 2008, en el disidente checoslovaco Vaclav Havel y sus amigos, para promover tras la olimpiada una iniciativa semejante a la célebre Carta 77: la carta 08, manifiesto a favor de la democracia en China. Pero el PC chino ha aprendido la lección de la caída del Muro de Berlín y de la URSS, para no ceder ni un milímetro en materia de libertades. Un año después, el disidente ingresaba en una prisión del noreste de China, condenado a once años. Ningún otro premio Nobel había muerto sin libertad, desde el pacifista Carl von Ossietzky, que falleció en 1938 en un hospital de la Alemania nazi.

Justamente por todo esto, parece más necesaria que en otros tiempos la presión de los gobiernos de países democráticos. Algo se ha hecho ahora, pero poco y tarde: el régimen chino se ha limitado a permitir que el gran disidente no muriera en la cárcel, sino en un hospital, con posibilidad de ser acompañado por su familia, en concreto, su esposa, Liu Xia, en arresto domiciliario por mera decisión gubernativa. Pero no le permitió salir de China para ser atendido por médicos más competentes, si es que había aún tiempo. Y está por ver si se mantendrá la presión para que la viuda, poeta, goce al fin de libertad.

El diario Le Monde se escandalizaba, en su editorial del día 15, de que, en la conferencia conjunta de Donald Trump y Emmanuel Macron, con motivo de la visita del primero a Francia, elogiasen a Xi Jinping al responder a un periodista de la cadena de Hong Kong Phoenix TV. El presidente de EEUU no escatimó elogios: “un amigo”, “un gran líder”, un “hombre bueno”, que “quiere hacer lo mejor para China”; para Macron es “uno de los grandes líderes de nuestro mundo que está en trance de dirigir una reforma extremadamente importante y ambiciosa de China, tanto de la sociedad como de la economía”. Ni una referencia a la muerte del premio nobel de la paz tras ocho años de cautiverio.

Pekín no aceptó nunca la concesión de ese premio. Consideraba que el Comité del Nobel había traicionado el objetivo de ese galardón. Y sigue rechazando las críticas de los países occidentales, mientras censura en Internet cualquier referencia al disidente. Pero el presidente del Comité, Berit Reiss-Andersen, manifestó claramente su repulsa en un comunicado difundido el 13 de julio: “El gobierno chino tiene una gran responsabilidad en su muerte prematura (...). Nuestros corazones están llenos de gratitud hacia Liu Xiaobo por sus esfuerzos monumentales y sus importantes sacrificios para hacer avanzar la democracia y los derechos humanos. Era un preso de opinión, y no ha podido pagar mayor precio por su lucha tenaz. Estamos seguros de que no ha sido en vano. Liu Xiaobo representa las ideas compartidas por millones de personas en el mundo, incluso en China. Sus ideas no pueden ser encarceladas y no morirán”.

Sigue vivo, para la actual generación, el gran reto de Liu: sustituir pacíficamente un sistema basado en la mentira por un régimen de veracidad. Ojalá su muerte un revulsivo, como lo fue entre nosotros el asesinato de Miguel Ángel Blanco hace veinte años.

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